15
oct
El Economista

Tras varias semanas de quinielas sobre quién o quiénes se llevarían este año el Premio Nobel de Economía, finalmente la Academia Sueca se ha decantado por una tríada de economistas formada por los profesores Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer, los cuales ejercen su docencia e investigación en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, conocido como MIT.

Tal como comentábamos el sábado en estas mismas páginas, la elección del Nobel de Economía 2019 se iba a debatir entre dos bloques muy claros: por un lado, el de los economistas teóricos y, por otro lado, el de los economistas prácticos, incluso aquéllos que llegan al gran público a través de ensayos y divulgación. Esto es, precisamente, lo que se ha producido. Por parte del jurado, se ha ponderado más la investigación aplicable y los resultados que ya a día de hoy se están haciendo notar en algunos países y en diferentes momentos del tiempo.

Su trabajo y descubrimientos principales tocan lo que para un economista es la “piedra de toque”: la pobreza. Con la creación del Poverty Action Lab (la cual recibió el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Cooperación al Desarrollo en su primera edición), estos economistas han dedicado su obra a hacerse numerosas preguntas e intentar encontrar algunas respuestas comenzando por la cuestión con la que nacieron los economistas clásicos: ¿por qué una sociedad es pobre? Sabiendo que éste es el estado natural del ser humano como bien señalaba Adam Smith. Dicho de otra forma: lo raro no es la pobreza, sino la riqueza.

En primer lugar, estos científicos sociales iniciaron sus investigaciones en torno a la pobreza dando completamente la vuelta a la literatura existente y buscando a través de la investigación empírica nuevas evidencias que cambiaran las tradicionales relaciones de causalidad y cómo se entendía el fenómeno de la pobreza. En este sentido, la primera teoría desmontada en casi su totalidad fue la “estructuralista”, sobre la que se basaba un instrumento financiero tan poderoso pero que acababa casi en su totalidad en manos corruptas, como la Ayuda Oficial al Desarrollo. La pobreza no es un problema de falta de ahorro, como aseguró durante décadas Jeffrey Sachs, sino que responde a otras problemáticas más profundas, que hunden sus raíces en las instituciones e incentivos.

Por ello, en segundo lugar, la experimentación descubrió varios elementos interesantes, como la introducción de incentivos en facetas cotidianas de la vida de forma natural, es decir, entendiendo “de abajo a arriba” por qué se encontraban en una situación de pobreza. Esto choca frontalmente con las políticas topdown que promueven los Gobiernos, forzando a los países pobres a consumir o invertir en elementos que no le son de utilidad y que, incluso, pueden agravar su situación. La historia del desarrollo requiere la combinación de instituciones políticas y económicas fuertes que sirvan como bases sólidas para crecer y, a partir de ahí, en función de las ventajas competitivas de cada sociedad, potenciar el crecimiento. En cada lugar, las instituciones son de una forma determinada y ello lleva a la construcción de las políticas públicas, la empresa y el mercado.

En tercer lugar, por tanto, la reducción de la pobreza tiene mucho de política microeconómica más que de decisiones macroeconómicas, cuya mayor parte han acabado fracasando época tras época. No es igual la pobreza de una provincia de un país asiático cuasi-continente como India que el nivel del que parten los habitantes de Centroáfrica o incluso los países menos desarrollados del sureste europeo. Cada situación requiere de soluciones concretas locales y no de “remedios globales”, como han sido planteadas a lo largo de los años la mayor parte de políticas de desarrollo potenciadas por la ONU o recientemente el llamado “Plan Marshall” para África de iniciativa europea.

Así surgió uno de los principales frutos como es el manual de Banerjee y Duflo, denominado Pooreconomics (Economía de la Pobreza), referencia para Angus Deaton, Doughlas North o Daron Acemoglu en materia de entendimiento del fenómeno del desarrollo y cuáles son sus causas y consecuencias en la sociedad moderna. Precisamente, esta bibliografía complementa y sostiene algunos de los puntos débiles de los recién premiados con el Nobel de Economía, como es la falta de hincapié en la importancia de la calidad institucional como causa principal del desarrollo y, por ende, de la lucha contra la pobreza. Todas aquellas políticas educativas o sanitarias que promulgan los autores necesitan de un respaldo de instituciones formales e informales que propicien su efectividad, neutralicen los incentivos a la corrupción y propugnen una distribución racional de la renta.

En suma, el Nobel premia lo más importante de lo que debe preocuparse un economista: la pobreza. Es una magnitud objetiva, con una medición ciertamente precisa y en la cual hemos presenciado a lo largo del último siglo una reducción espectacular, conforme los principios de la economía de mercado se han impuesto sobre las fórmulas colectivistas.


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