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jul
Expansión

Cuando, en 1957, se firmó en Roma el tratado constituyente de la Comunidad Económica Europea, estaba en vigor el sistema monetario internacional diseñado en Bretton Woods. En él los tipos de cambios eran fijos -con posibilidad de ajustes lo que permitía bastante estabilidad en los cambios de las divisas de todos los países miembros. Pero, al desaparecer el sistema en 1973, las monedas quedaron flotando unas frente a otras. En Europa, se estaba construyendo a buen ritmo en aquellos años el mercado común y había preocupación con respecto a los problemas que en él podría plantear la inestabilidad de los tipos de cambios de las monedas europeas.

Este fue el origen del Sistema Monetario Europeo (SME) que, tras numerosas vicisitudes acabaría dando origen a la actual Unión Monetaria. En un mundo de cambios flexibles, los países europeos se comprometían a mantener estables los tipos de cambio de sus monedas frente a las restantes divisas europeas. Creado formalmente en 1979, el SME se encontró con muchos problemas casi desde el momento de su fundación. En 1981 Francois Mitterrand fue elegido presidente de Francia y, en sus primeros años de mandato, intentó aplicar una política expansiva que tuvo, entre otros resultados, un crecimiento de la inflación. En el SME el marco alemán y el franco francés tenían un tipo de cambio fijo. Pero la tasa de inflación alemana era inferior a la francesa.

La pregunta es: ¿puede mantenerse un tipo de cambio fijo cuando las políticas monetarias de los dos países son significativamente diferentes? Y la respuesta es, claramente, no. En estos casos, el país con mayor inflación pierde competitividad internacional; y la forma más sencilla de recuperarla es devaluar moneda. Y esto fue, lógicamente, lo que ocurrió con el franco francés. En otras palabras, tipos fijos exigen políticas monetarias coincidentes, una lección importante que tuvo que aprender la Unión Europea. No empezó bien, por tanto, su andadura el SME.

Pero los ajustes que en las políticas monetarias se realizaron en la segunda parte de la década de 1980 permitieron una mayor estabilidad. En la década de 1990, sin embargo, volvieron los problemas; y los años 1992-1994 fueron críticos con nuevos ajustes y devaluaciones. Por fin, siguiendo las líneas marcadas por el Tratado de Maastricht de 1992, se optó porque los tipos de cambio fijos se hicieran “irrevocablemente fijos”, lo que equivale a adoptar una moneda común. Y esta moneda es el euro, que empezó a funcionar como unidad de cuenta en 1999. Por fin, en 2002 los billetes y monedas en euros entraron en circulación. Y hoy son ya 19 los estados miembros de la Unión Europea que tienen el euro como moneda propia.

¿Ha funcionado bien el euro? Es difícil encontrar una respuesta unánime a esta pregunta. Los problemas por los que la moneda europea ha pasado estos últimos años han sido muchos. Y no somos pocos los economistas que pensamos que sus efectos negativos han sido mayores que los positivos. Pero esto no significa que tenga sentido plantear una vuelta atrás. Abandonar el euro hoy tendría, sin duda, muchos más costes que beneficios. Y la situación sería especialmente preocupante para países como España que, seguramente, nunca llegarían a tener una moneda más sólida que el euro. Pero no cabe duda de que la gestión de la Unión Monetaria puede -y debe- mejorar. Y la primera regla debería ser que los países miembros se comprometieran a respetar los acuerdos que en su día firmaron… Lo que no todos han hecho hasta la fecha. 


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