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may
OkDiario

Hace tres semanas, publicaba The Economist un editorial titulado “The 90% economy”, en el que señalaba que, aunque en muchos aspectos el 90% de algo está bastante bien, para una economía resulta del todo insuficiente. China, señalaba el artículo, constituía un buen ejemplo de cómo la reactivación de la economía era infinitamente mejor que la reclusión, pero estaba lejos de llegar a “lo normal”. El gasto en restaurantes no superaba el 40% al comenzar su desconfinamiento en febrero, los desplazamientos en tren y en vuelos internos equivalían a apenas un tercio de lo habitual, etc. Y ese mismo fenómeno comienza a observarse ahora en nuestro país, con la entrada en la fase 1 de las comunidades más rezagadas, más por motivos políticos que sanitarios.

Así, Madrid estrenó el lunes esta etapa de la desescalada, pero lo hizo a medio gas. Tan solo abrieron el 50% de las tiendas y el 5% de los bares… No todos quieren o pueden, por dos motivos principalmente. En primer lugar, en el lado de la oferta, porque muchos negocios, los afortunados o previsores que han sobrevivido al Gran Encierro, andan escasos de dinero y observan una demanda más testimonial que real, pues los consumidores tampoco se han lanzado en tropel a las calles, sino que muchos siguen asomándose por las ventanas a ver el tiempo pasar. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, vivimos un clima de gran incertidumbre, ante un Gobierno embustero y errático en su toma de decisiones, que aplica, replica, enmienda y remienda sin cesar, lo que ahuyenta la confianza de oferta y demanda por igual.

En el lado de esta última, los bolsillos de gran parte de los españoles van vaciándose rápidamente. La pandemia ha afectado a millones de trabajadores en nuestro país y en los de nuestro entorno. Los Estados sostienen ya, por un mecanismo u otro, a más de 30 millones de personas más en las cinco mayores economías europeas. Las ayudas podrán ser generosas o no, pero se desconoce lo que durarán. Solo tenemos una certeza: que el precio lo pagarán aquellos que hayan mantenido su puesto de trabajo. Esto en el caso de las prestaciones que se estén abonando debidamente, al contrario que en nuestro país, donde miles de personas llevan mes y medio esperando para cobrarlas. Solo en España, como señala el estudio de la Fundación Civismo “Los ERTE en cifras”, el número de trabajadores afectados por un ERTE asciende ya a los 3,4 millones de personas, una cuantía que, en contraste con el número de parados oficial, iguala a la tasa de desempleo del país. Así, esta, de contabilizarse los sometidos a ERTE como parados, se situaría en más del 30%. No obstante, dado que la conversión de personas que van a pasar del ERTE al paro no es íntegra, la tasa que, en este caso, prevé el Banco de España se sitúa en el 22%.

Retomando el artículo de la prestigiosa revista británica, en la era post-Gran Encierro, los países desarrollados, acostumbrados a todo tipo de comodidades, sufrirán las consecuencias de una economía al 90%. No obstante, este porcentaje sería para España un “bendito problema”, dada la espantosa perspectiva económica que nos espera en el corto y medio plazo, salvo que dejemos a un lado, y cuanto antes, la política cargada ideológicamente, y volvamos a la senda de la ortodoxia económica. Lo que España necesita son gestores y no oradores.


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