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ABC

Angustiados por los efectos económicos de la pandemia, muchos vuelven la vista a la Gran Depresión de los años treinta. Principalmente se trata de ver qué lecciones podemos sacar del New Deal o «Nuevo Contrato Social» de Roosevelt para salir de la grave situación en la que nos encontramos. Siento gran simpatía por Roosevelt, pues consiguió que los Estados Unidos encabezaran la alianza de las democracias contra los mortales enemigos de la libertad, hasta vencerlos. Sin embargo, la política económica que aplicó para rescatar a su país de la Gran Depresión estuvo plagada de errores. Lo último que debemos hacer es inspirarnos en ella.

El folclore de la izquierda estatista da por sentado que el New Deal fue un milagroso programa que permitió rescatar a los Estados Unidos de la sima económica y social en la que habían caído. Se suele decir que el presidente americano aplicó las teorías de Keynes. Pura leyenda. Roosevelt ocupó la Presidencia en marzo de 1933. La Teoría general de Keynes no se publicó hasta marzo del 36. Entre los dos había coincidencias, pero no mucha influencia. Ambos creían que el remedio de la recesión era más obra pública y menos comercio exterior. Los dos fueron incapaces de ver las posibilidades de una política monetaria más expansiva. Además, no hubo milagro: en 1937-38 intervino una segunda recesión y Roosevelt tuvo que dar marcha atrás, especialmente en su política de salarios altos y fomento de grandes monopolios. Hubo que esperar a 1941 y al esfuerzo del rearme en la preparación de la II Guerra Mundial para que la economía americana volviera por sus fueros. En suma, la depresión duró diez años.

La depresión se había iniciado bajo el anterior presidente, el republicano Hoover, un ingeniero falto de instinto para lo económico: sólo sabía aplicar medidas intervencionistas. El índice Dow Jones, que había alanzado en septiembre de 1929 los 381 puntos, se desplomó tras la semana del «martes negro» -el 29 de octubre de 1929- hasta colocarse en el 50 al llegar el traspaso de poderes. La economía real también se despeñó bajo su mandato: en 1933, la producción de Estados Unidos se había reducido nada menos que en un 30 por ciento respecto del nivel anterior de la crisis. El empleo sufrió una caída semejante: mientras en julio de 1927 el paro era sólo del 3,3%, en 1933 alcanzó el 23 por cierto; y a lo largo de todo el decenio de 1930, se mantuvo, con una brevísima excepción, por encima del 15 por ciento- y no había seguro de desempleo.

Lo que nadie supo ver, como luego mostraron Milton Friedman y Ana Schwartz en 1961, es que la Reserva Federal tuvo gran parte de la culpa: su falta de respuesta ante las quiebras de bancos llevó a la desaparición de depósitos y la consiguiente contracción de la cantidad de dinero en más de un tercio en los últimos tres años y medio de la presidencia de Hoover.

La figura de Roosevelt.

Roosevelt entró en la Casa Blanca en marzo de 1933. El nuevo presidente, amplia sonrisa seductora, boquilla de fumador apuntando hacia el cielo, ilusionista que escamoteaba su silla de ruedas, era un maestro de la retórica política, especialmente en la intimidad de sus charlas semanales por la radio. Ofreció un New Deal al pueblo americano. Durante los primeros «cien días» de su mandato (otra expresión de su cosecha) volcó sobre el país un turbión de medidas, continuando a lo grande lo que pusiera en marcha Hoover. Recortó aún más la oferta monetaria, decretando una semana de vacaciones bancarias. Mantuvo el arancel Hawley-Smoot de 1930, salvajemente proteccionista e intentó suavizarlo con tratados de comercio, que tanto enmarañan los intercambios. Creó la faraónica Tennesee Valley Authority, cuyo objeto era represar los ríos de esa inmensa cuenca fluvial para producir electricidad subvencionada y transformar la agricultura de siete estados sureños- una triste historia bien contada por Amity Shlaes-. Creó una Seguridad Social cuyas pensiones y servicios de salud están hoy virtualmente quebrados. Invadió la actividad hipotecaria del crédito y, durante su tercera presidencia, creó la reaseguradora Fannie Mae, que finalmente quebró en 2008. Con la «National Industrial Recovery Act» buscó reducir la competencia fomentando grandes trust industriales, imponiendo el salario mínimo y extendiendo el sindicalismo. ¿Les suena¿

El populista Roosevelt escondía un centralizador irredimible: expansión del poder de la Presidencia, destrucción de los frenos y contrapesos de la Constitución, castración del Tribunal Supremo, animadversión a la empresa privada, pasión por las obras públicas, empujón de precios y salarios al alza. No es de extrañar la admiración que sintieron los New Dealers por Mussolini. Nuestros izquierdistas de hoy se reconocerán en Roosevelt como en un espejo.

En conclusión: ahora debemos hacer todo menos imitar a Roosevelt. Aparente de ayudar temporalmente a quienes han perdido su trabajo o ven en peligro su empresa, deberíamos reaccionar reduciendo impuestos, dando pasos hacia el equilibrio presupuestario, ahondando en la reforma laboral, iniciando la capitalización de las pensiones y todo lo que exige el reconocer que, tras la pandemia, somos más pobres y hemos de poner manos a la obra.


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