11
oct
Forbes

El panorama asolador que ha creado el izquierdismo recalcitrante en algunos países como Venezuela ha supuesto que la izquierda se haya ganado una cierta mala fama en Latinoamérica los últimos tiempos. El paupérrimo desempeño de este bloque como gestor económico y garante de derechos y libertades ha sido utilizado por todo el subcontinente por sus rivales ideológicos para provocar golpes de timón político bien desplazando al partido en el poder, bien transformándolo internamente —véase el caso de Ecuador.

Ante el retorno de políticas —que no siempre políticos— liberal-conservadoras en Latinoamérica, cabe preguntarse si queda espacio para una suerte de socialdemocracia latinoamericana, entendida ésta como un sistema más allá de la concepción original europea —fruto de una coyuntura histórica y socioeconómica de posguerra mundial. Pues bien, quizá el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) sea en la actualidad el mejor ejemplo de voluntad política firme hacia la consecución de una mayor igualdad social y económica. Sin embargo, hasta la fecha no ha sido más que un intento fallido.

Mucho se ha criticado a AMLO por no tener un plan económico definido para México, pero esto no es así. Existe un plan. El problema es que no funciona. Y no lo hace por un problema de concepción y otro de ejecución.

El problema en su concepción es que cae en la trampa de la amplia mayoría de democracias socialdemócratas, centrándose en la redistribución de la riqueza sin prestar atención a su previa creación. Craso error. Hace un mes, el presidente pronunciaba este non sequitur sin tapujos, señalando que era preciso acabar con la obsesión por el crecimiento económico y marcar como prioridad “la distribución equitativa de la riqueza”. Sin embargo, no se puede redistribuir lo que no existe o no se crea. Y México cada vez tiene menos que redistribuir, con un estancamiento de su economía muy preocupante, al registrar un 0% de crecimiento del PIB en el segundo trimestre de este año, muy lejos del 2% que pronosticaba el Ejecutivo para este año.

Las políticas sociales de AMLO tienen mucho que ver en esta desaceleración (y casi recesión) de la economía mexicana; más que la coyuntura económica global, guerras comerciales y precio del crudo, entre otros factores. El estancamiento se debe a un error made in México.

Pero además del problema de fondo, está la cuestión de la ejecución del modelo que AMLO pretende instaurar. Por ejemplo, destaca el fuerte contraste entre las recetas socialdemócratas de AMLO con la política de austeridad que ha marcado su política económica desde que alcanzó la presidencia, reflejando una toma de decisiones ciertamente errática en ocasiones. Ni que decir tiene, la austeridad ha de celebrarse frente al despilfarro que han llevado a cabo presidentes anteriores. El problema, en el caso de México, es que en ocasiones se ha confundido la austeridad y el intervencionismo —algo frecuente, dicho sea de paso, en la mentalidad socialdemócrata dominante—, sin considerar las consecuencias no intencionadas de ciertas políticas y, en definitiva, haciendo más daño que bien.

Así sucedió, por ejemplo, con la medida de prohibir sueldos públicos superiores a los del presidente, lo que provocó despidos masivos y una pérdida incalculable de capital humano para el sector público —que, además, tuvo que rebajar los requisitos de contratación. Un ‘techo’ salarial que trae a la mente el ‘suelo’ salarial del salario mínimo en esa y otras latitudes. Los dos destruyen empleo y capital humano; dañando el primero a los más cualificados y el segundo a los que menos lo están. ¿El resultado? Una administración pública peor preparada y, por ende, más ineficiente, contribuyendo a la aparición del mayor obstáculo para el desarrollo cualquier democracia liberal —y para cualquier socialdemocracia: un tejido institucional débil.

Nada parece indicar que esta tendencia, errática y errónea a la vez, de la política de AMLO para México vaya a cambiar, hasta que se produzca un nuevo cambio de timón político o los mercados dobleguen al actual Ejecutivo, obligándole a adoptar unas políticas que no sólo sean moralmente más conciliables con la libertad económica, sino que, sencillamente, funcionen. Hasta entonces, el futuro de la economía mexicana estará en vilo.


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