23
sep

Desde que somos pequeños aprendemos que las cosas no siempre son como imaginamos. A medida que van pasando los años, uno puede comprobar cómo algunas que, en un principio, parecían intuitivas y evidentes no lo eran tanto. El problema está cuando los años no añaden sino que restan escepticismo respecto a la propia intuición.

No es que esta se trate de algo despreciable, ni mucho menos. Pero sí debemos aspirar a más. La mayoría estaría de acuerdo en no dejar todo nuestro futuro a merced de la sensación que nos produzca esto o aquello. Al fin y al cabo, no permitiríamos que nuestro vecino condujera un coche con nosotros dentro si sabemos que no tiene carné y que se guía por pura intuición. Menos lo haríamos con un avión. Parece obvio y, sin embargo, a veces se nos olvida.

Y ocurre justamente cuando vamos a tomar una de las decisiones más importantes de todas a las que nos enfrentamos: el voto. Y no es que un partido ame los datos y la búsqueda de la verdad y los demás no y, por el contrario, se guíen puramente por la intuición y por lo que ellos consideran «sentido común». Es que ningún partido parece tener el más mínimo compromiso con la razón, con una realidad independiente de la percepción del mundo de cada uno. La ideología se trata de un filtro que tapa la verdad en su forma más plena, y no permite verla con claridad. Pero no nos confundamos, si nuestra clase política no se preocupa por demostrar sus afirmaciones en cuestiones tan importantes como la economía, hemos de rastrear la causa en aquellos a quienes se dirigen: los votantes. 


La ideología es un filtro que tapa la verdad en su forma más plena y no permite verla con claridad


Cuando se ponen encima de la mesa propuestas como bajar impuestos para aumentar la recaudación, o subir el salario mínimo para incrementar los salarios, la mayoría de electores no hacen el mínimo esfuerzo por comprobar que tales fines se puedan realizar con los medios prometidos. Parece de sentido común que subir el salario mínimo engrosa los sueldos de quienes los cobran, pero la realidad resulta más compleja. Numerosos estudios en este caso, por ejemplo, afirman que esta medida puede reducir el empleo en los mercados laborales más competitivos y aumentarlo en los más concentrados. Ciertamente, los votantes no pueden buscar información tan exhaustiva sobre cada medida que plantea un partido, menos todavía de todos ellos. Pero sí hay remedios a esta falta de información clave.

La educación constituye un gran motor de cambio. Cuando uno sabe, por ejemplo, lo dañino de alimentarse todos los días a base de galletas y rosquillas, se lo piensa dos veces antes de llevar una dieta tan poco equilibrada. Si bien es verdad que no podemos cambiar todo aquello que nos molesta con la educación, pues no resulta factible introducir 50 materias más en el horario escolar, podrían darse ciertas asignaturas realmente relevantes a la hora de votar, aquellas en torno a las cuales giran principalmente las propuestas de los partidos políticos. De esta manera, los futuros electores serían capaces de juzgar, al menos ligeramente, las afirmaciones de los partidos, y estos se verían obligados a aproximar más sus palabras a la realidad.

A fin de cuentas, nuestros gobernantes son nuestro espejo y, a la vez, una de nuestras mayores influencias. Permitirles continuar con esta aversión a la verdad nos saldrá caro, pues faltar a ella siempre se paga. Estamos a tiempo de cambiar esta dinámica y formar a los votantes del futuro para que, el día de mañana, contemplen una política que se centre en la búsqueda conjunta de soluciones y no en rentabilizar la mentira.


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