19
may

A pesar de que no es nuevo, con la crisis sanitaria y económica derivada del coronavirus, el debate sobre si existe una verdadera correlación entre descentralización y crecimiento económico se ha reavivado. Determinarlo resulta arduo. Hay múltiples papers que ponen de manifiesto una clara conexión entre un poder repartido entre diferentes núcleos y el crecimiento económico. Al mismo tiempo, otros apuntan que, de no diseñarse bien, la burocracia y las duplicidades que de la descentralización pueden derivarse no entrañan más que dificultades y trabas. A lo largo de este artículo, estableceremos 1) a qué nos debemos referir al hablar de crecimiento económico y 2) de haber tal vinculación, qué factores de la descentralización redundarían en aquel.

El crecimiento económico

Parece inútil intentar conectar la variable independiente ‘descentralización’ con la dependiente de ‘crecimiento económico’ sin previamente definir a qué nos estamos refiriendo con este último. Es más, es frecuente que este concepto se pervierta y se vacíe, consecuentemente, de significado.

Muchos estudiosos y “opinólogos” consideran que este tiene que ver, única y exclusivamente, con crecimiento del PIB. Cuando gozamos de bonanza económica (esto sí lleva aparejado un aumento del PIB), muchos no dudan en aseverar que la economía está creciendo. Pues bien. Puede que sí y puede que no. A saber, el crecimiento económico está íntimamente relacionado con la producción de bienestar y, por tanto, se da cuando con él resulta posible satisfacer las necesidades de las personas.

De la anterior conclusión, podemos afirmar que la producción de más bienes o servicios no tiene que traer consigo un verdadero crecimiento económico. Si fabricamos millones de sillas de cinco patas, sin mayor utilidad que la que poseen las de cuatro, no estaremos incurriendo en un verdadero crecimiento económico. Pues 1) no se han cubierto en mayor medida las necesidades de la población; más bien, al contrario, pues consumiríamos unos recursos limitados que perfectamente se podrían destinar a la producción de bienes o servicios que, de facto, atendiesen esas necesidades y 2) seguramente, esas sillas ni siquiera tendrán salida en el mercado. Hemos producido. El PIB ha crecido. Pero la vida de las personas no se ha visto mejorada por la satisfacción de su inexistente necesidad de sentarse en sillas de cinco patas.

El crecimiento, en resumen, consiste en maximizar la economía. Esto es, maximizar su función principal: cubrir las necesidades de los individuos. En este sentido, una variable que perfectamente se puede -y se debe- correlacionar con el crecimiento se trata de la productividad (que conlleva un previo ahorro), ya que implicará una mayor capacidad de cumplir los deseos pero, también, de hacerlo de una forma más barata. Es más, el incremento de la productividad y la consecuente bajada de precios no solo permitirá previsiblemente acrecentar la satisfacción sino, además, acrecentársela al colectivo más desfavorecido: el de los salarios bajos.

La política y sus efectos sobre el crecimiento económico

Resulta obvio que la política está profundamente relacionada con nuestra variable independiente, la descentralización. Pero, también con el crecimiento económico.

La actuación de la “mano política” en la economía acaba por desviar la actuación de la “mano invisible” del mercado. La política crea ganadores, al limitar el acceso de nuevos participantes a la competencia (verbigracia, a través de las licencias), y perdedores, al hacer una redistribución post-mercado y terminar por beneficiar económicamente a los beneficiados políticamente. Así, limita la generación de valor y distorsiona su distribución, por lo que esta desigualdad provocada por el aparato estatal no favorece al conjunto social.

Ergo, la política, en muchas ocasiones, acaba por impedir tal crecimiento económico: se restringe el acceso a la satisfacción de necesidades de unos en aras de primar el de otros; se coarta, por tanto, la mayor capacidad para satisfacer los deseos. En un mundo en el que no se pusiera en liza a empresarios y trabajadores, sino más bien al contrario, en el que se potenciasen sus relaciones, se podría alcanzar una sociedad más eficaz y eficiente, en la que ambas partes saldrían ganando, al producir valor para otros. El crecimiento económico, por consiguiente, resultaría factible en todo su esplendor.

La descentralización y sus “ventajas”

Hasta ahora, hemos conceptualizado el crecimiento económico y lo hemos interrelacionado con la política, una variable común en la descentralización. Recordemos que, tal y como aseguraba la profesora de Economía Aplicada Maite Vilalta Ferrer, “el objetivo principal de la descentralización de los Estados no es, precisamente, el crecimiento económico […] Los Estados descentralizados lo son por otros motivos, generalmente, políticos”. Y ya hemos visto que, en la mayor parte de los casos, política y crecimiento económico no van de la mano (excepto cuando la política interviene en fuertes economías de escala y posibilita la cobertura de necesidades que, de otra forma, no se podrían atender).

Partiendo de esto, cabe destacar que, si las aspiraciones de los nacionalistas que, en la mayoría de los casos, son los que pugnan por procesos descentralizadores (o, en su último extremo, de secesión), se cifran en alcanzar Estados -o núcleos de poder- más autosuficientes, la descentralización no se tratará de un buen aliado. Para que resulte efectiva, se debe tener en cuenta lo siguiente:

  • La autosuficiencia económica no constituye una posibilidad, ni tampoco un motivo que justifique tal pretensión de separarse de otro territorio soberano, o de aumentar el núcleo de poder. A pesar de que, durante una temporada, un territorio descentralizado o escindido -máxime cuando tiene una mayor extensión- puede subsistir de forma autárquica, con el paso del tiempo, al ser proteccionista, se empieza a quedar rezagado respecto al resto del mundo que, presumiblemente, participa del comercio internacional. De esto se deduce que 1) si la descentralización lleva aparejado un proteccionismo, hay evidencias históricas (como la que arrojó la Teoría de la Dependencia del s. XX, la cual postulaba que los países se podrían hacer más ricos e independientes reduciendo el comercio exterior) y empíricas de que tal proceso conllevará una merma del crecimiento económico y 2) que los países más pequeños tienen que estar más abiertos al comercio internacional que los grandes. En este sentido, Gary Becker dice que “las naciones de los centros comerciales están proliferando porque las economías pueden prosperar produciendo bienes y servicios especializados para los mercados mundiales”. Así, los países que se descentralicen o los Estados que se independicen deben saber que el crecimiento económico estará fielmente correlacionado con su capacidad de sumarse al comercio exterior y de alcanzar una mayor integración política con el resto del orden mundial. Por desgracia, tras muchos procesos de descentralización y de secesión se esconden intereses nacionalistas, que llevan implícitas ansias de proteccionismo, lo que choca frontalmente con el crecimiento económico.
  • Una de las ventajas que se puede derivar de la descentralización y que sí beneficiaría al crecimiento económico reside en el hábito de reducir la carga fiscal y la regulación de los países más pequeños o autónomos para competir con los más grandes. Tal y como dice el doctor Miguel Anxo Bastos, la mejor época de Europa se vivió cuando no estaba unida, pues las naciones competían entre sí y, al no estar sujetas a una autoridad común, innovaciones como la Revolución Industrial pudieron desarrollarse y no verse vetadas ante un poder poco favorable a los cambios. Las actuales descentralizaciones también pueden originar ese clima de competición, que perfectamente es susceptible de desembocar en un crecimiento económico. Las naciones más pequeñas, sobre todo, tienden a recortar los impuestos y minimizar la regulación para atraer capital y negocios extranjeros. Varias investigaciones avalan esta tesis y señalan que los tipos impositivos sobre el capital en los países de la UE están positivamente relacionados con sus dimensiones[1]. En este sentido, tipos impositivos más bajos pueden propiciar que capital extranjero se invierta en determinado país, favoreciendo su crecimiento económico e incentivando a los nacionales a emprender (aprovechando las oportunidades que el mercado brinda y contribuyendo a la creación de riqueza).

Una de las ventajas de la descentralización que beneficiaría el crecimiento económico es el hábito de reducir la carga fiscal y la regulación


  • Asimismo, hay pruebas empíricas que señalan que los Estados pequeños logran una mayor eficiencia a la hora de gestionar sus recursos y, por tanto, pueden lograr tasas de crecimiento más elevadas, que conllevan una mejora de los niveles de vida. Tal y como se puede comprobar, desde 1950, el PIB real (es decir, el obtenido tras aplicar el deflactor) ha aumentado más rápido en los países con un tamaño menor que aquellos con uno mayor[2]. En este caso, todo indica que una dimensión reducida facilita la división del trabajo y, por tanto, una mayor productividad, que redunda en un mayor crecimiento económico.
  • Si nos centramos en el caso español, hay que recalcar que el modelo autonómico conllevó un evidente incremento de los contrapesos que limitan el poder central. En este sentido, resulta notorio que la tenencia de un Estado cuasi federal imposibilita al Gobierno central para llevar a cabo su plan homogeneizador, que podría derivar en una reducción del crecimiento económico. No es de extrañar que País Vasco y Navarra (regiones forales) lideren el crecimiento económico en España (lo que comporta un aumento del bienestar, riqueza y renta per cápita). Gracias a este sistema foral, los respectivos gobiernos autonómicos recaudan y gestionan sus propios recursos financieros al margen de la autoridad central y del resto de comunidades. En ambos territorios se generan una gran cantidad de incentivos fiscales y otro gran número de políticas públicas que acaban por beneficiar a empresarios (y, consecuentemente, a trabajadores), permitiendo el citado crecimiento económico. Por ello, España no debe eliminar el foralismo, sino extenderlo a todo el país.
  • La descentralización implica el acercamiento de las autoridades a los ciudadanos y simplifica, así, la praxis política. Tal proximidad permite la aplicación de políticas públicas más eficientes, accesibles y adaptadas a los habitantes de ese territorio. Esto enraiza con la competición anteriormente explicada: si la autoridad regional -o local- no favorece el desarrollo económico y la mejora de la vida de las personas, estas perfectamente se podrán desplazar a otras comunidades para disfrutar de, por ejemplo, unas condiciones fiscales más benignas. ¿Quién mejor que un gobierno cercano a los ciudadanos para tomar las resoluciones que les afecten? Un Ejecutivo que decida sobre un menor número de personas podrá conocer mejor el territorio en el que residen, su idiosincrasia y, en fin, las ventajas y desventajas que presenta.

Conclusión

Hay abundante literatura que señala que la descentralización comporta crecimiento económico y, sobre todo, una mayor eficacia de las políticas públicas. Sin embargo, para que lo logre, esta tiene que ser efectiva, es decir, debe posibilitarse el mercado con el exterior (y no aplicar políticas autárquicas), y no han de ponerse ningún tipo de trabas a la movilidad o al comercio entre regiones de un mismo país. Con ello, se potenciará el clima de competición y la verdadera autonomía política de las regiones descentralizadas (para que dispongan de autonomía fiscal o la capacidad de implementar políticas que incentiven a empresas y fortalezcan el tejido productivo).


[1] Ricka, F. (2012) The right-wing power of small countries. Working paper nº 153. Recuperado en https://www.ebrd.com/downloads/research/economics/workingpapers/wp0153.pdf

[2] Becker, G. The Economics of life. p 282.


Deja un comentario