15
oct
Republica.com

Los que hemos vivido algún tiempo en Estados Unidos sabemos que somos dos sociedades occidentales con muchos puntos de contacto y… con profundas diferencias.

Tomemos el debate de la noche del martes entre los candidatos demócratas a la Presidencia de Estados Unidos y del que Hillary Clinton salió reforzada ante los militantes de ese partido. Hay aspectos que serían impensables, o casi, en nuestro país. Para comenzar, los cinco participantes oyeron respetuosamente el himno nacional que se interpretó antes de que se enzarzaran en su discusión. ¿Sería eso aquí comprensible? ¿Se imaginan a la señora Colau o al señor Iglesias participando en un debate que arrancase con el himno nacional oído con unción? No lo veo, o se negarían o escucharían el himno con un lenguaje corporal inequívoco que podría incluir una sonrisa condescendiente a lo Artur Mas.

En un momento del debate, salió el nombre de Snowden, el soplón que ha puesto en evidencia a los servicios de seguridad estadounidenses y su intromisión en la vida de los ciudadanos. Los participantes fueron poco benévolos con el espía huido. Hillary Clinton resultó especialmente dura al decir que Snowden podría haber obtenido la protección especial de las personas que lanzan una señal de alarma, no lo hizo sino “que robó informaciones importantes, que ha caído en manos no adecuadas. Debería regresar a Estados Unidos y sufrir las consecuencias”.

El más a la izquierda de los contendientes, el senador Sanders, después de afirmar que Snowden cuenta con la atenuante de que ha educado a los americanos sobre temas graves, “ha violado la ley y debe ser castigado”.

Menos clemente ha sido O Malley, gobernador de Maryland: “Snowden ha puesto en peligro la vida de numerosos americanos, violó la ley y una persona como él no se fuga pidiendo la protección de Putin”. El único disidente fue Lincoln Chafee, veterano político de Rhode Island, él haría regresar a Snowden pero “es el gobierno el que ha actuado de forma ilegal”. Chafee no está en sintonía con la opinión pública, sólo 1% de los demócratas votarían por él. En España, el porcentaje de los que exculparían a un Snowden sería mucho mayor.

El debate tuvo otros momentos insólitos. Sanders, el único que en alguna encuesta local va delante de Clinton y es, en consecuencia, su principal rival, no vaciló en echarle una mano de oro a la candidata en un tema que ella no ha aclarado y por el que tiene que declarar ante el Congreso: “nuestros ciudadanos están ya hasta el gorro de la cuestión de los correos oficiales que usted envió a través de su teléfono privado”. Sacar gratuitamente a Hillary ante las cámaras de un pozo turbio en el que está metida hace pensar o que Estados Unidos es un país completamente diferente o que Sanders se está reservando para atacarla duramente en otros temas en los debates posteriores.

No menos chocante es que el progresista Sanders, el que brama contra las grandes compañías, fuera el que tuviera que defenderse por sus frecuentes votos a favor de los fabricantes de armas y rifles, polémica candente en Estados Unidos por las frecuentes atrocidades cometidas por alguien que posee, sin mayores problemas, una o varias armas con los resultados que sabemos. La justificación de Sanders de su pasada conducta es que ha venido representando a un estado muy cazador y cuyos residentes quieren poseer armas. Es otro mundo. Aquí, el alegato no sería suficiente.


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