06
oct
OkDiario

Hace ahora 86 años, daba comienzo la mal denominada Revolución de Asturias. La literatura mayoritaria al respecto recoge este evento como una insurrección obrera de tintes cuasi románticos, pero nada más lejos de la realidad. Lo que en realidad se intentó fue un auténtico golpe de Estado orquestado por la anarquista CNT junto a la UGT y el PSOE; un ataque contra el orden constitucional que ha de considerarse un preámbulo de la (última) guerra civil española.

El 4 de octubre de 1934, se formó un nuevo Ejecutivo presidido por Alejandro Lerroux, en el que se integraron como ministros tres miembros de la conservadora CEDA. Eso constituyó el detonante último para que, al día siguiente, diese comienzo una huelga general en toda España, como primer acto de un golpe de Estado socialista. Este fracasó a los pocos días, excepto en Cataluña, que rápidamente declaró su independencia, y en Asturias, donde los golpistas resistieron durante dos semanas, asesinando a más de mil personas.

Pues bien, los paralelismos de entonces con la situación que vive España actualmente resultan evidentes, aunque la violencia de aquellos momentos contraste fuertemente con la paz, que no la armonía, que rige hoy en nuestro país. Entonces, igual que ahora, los socialistas estaban absolutamente radicalizados. Largo Caballero (el “Lenin español”) hozaba abrazado al bolchevismo más recalcitrante mientras que, por la vía de los hechos, el PSOE de hoy es bien cautivo, bien cómplice, de una izquierda radical bolivariana que poco tiene que envidiarles a aquellos que se levantaron contra el orden constitucional. Entonces, igual que ahora, el objetivo de la izquierda pasaba por subvertir el orden establecido a través de un golpe de Estado. Pues no nos engañemos, como algunos venimos advirtiendo desde hace más de un año, lo que estamos contemplando se trata de un cambio de régimen en toda regla que pretende liquidar el consenso de 1978. Un consenso que, con sus virtudes y sus defectos, indiscutiblemente trajo consigo el mayor periodo de paz, concordia, prosperidad y libertad de nuestra historia reciente.

Como señaló ayer el expresidente Aznar, el Gobierno de coalición socialista-comunista (que no social-comunista, pues “sociales” son todos los partidos, como no podía ser de otra forma) está logrando su propósito a través de la vulneración de la separación de poderes y de la deslegitimación de instituciones como la monarquía constitucional. Entonces, igual que ahora, ante la debilidad de las instituciones, en las que cada vez menos gente confía, aquellos que quieren romper España aprovechan para avanzar su causa. El nacionalismo independentista catalán constituye quizá el mejor ejemplo, pero tampoco hay que olvidar el vasco, que estos días pide la “republicanización de la Monarquía” y que la refrende una consulta ciudadana.

Hoy, la izquierda puede prescindir del uso de la fuerza, pues gobierna en España, ocupa las instituciones, y se relame ante una ciudadanía en estado vegetativo y unas fuerzas de la oposición demasiado atareadas en destruirse mutuamente. La izquierda fracasó en octubre de 1934, y lo hizo de nuevo en abril de 1939, en ambos casos porque tuvo quien le plantó cara. Hoy, sin embargo, se halla cada día más cerca de su objetivo. Y todo ello sin disparar un solo tiro.

Debemos alzar la voz y actuar; actuar para proteger todo aquello que nuestro país representa y que merece la pena conservar, como recordaremos una vez más el próximo 12 de octubre. Como reza la frase (erróneamente) atribuida a Edmund Burke, “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada”. Aunque incorrecta, la cita recoge un mensaje fundamental que haríamos bien en no olvidar. Al igual que esto otro que sí señaló el pensador irlandés: “Cuando los malos se unen, los buenos deben asociarse, de lo contrario, caerán uno a uno, un sacrificio impío en una lucha despreciable”. Si el régimen del 78 cae, todos seremos responsables.


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