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oct
Actualidad Económica

La estratagema del titular de Sanidad de registrar como fallecidos por coronavirus únicamente a los previamente sometidos al test es impropia de un ministro que respete la inteligencia de los ciudadanos. Nadie se puede creer que tan solo haya habido 33.000 decesos, pues esta cifra choca con el exceso de mortalidad que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) mediante el recuento de los datos de los registros civiles.

Así, este año han muerto 59.000 personas más respecto al año pasado, lo que supone que nuestro país supera las 125 defunciones por cada 100.000 habitantes. Esta proporción supone que se trata de la nación del mundo en la que el covid ha provocado más óbitos, si exceptuamos San Marino.

Tanto la contabilización del INE como la análoga del Instituto Carlos III constituyen la denuncia más contundente de la gestión de la pandemia. Los familiares de los fallecidos, y especialmente los de los sanitarios que perecieron por tener que trabajar sin equipos de protección individual, debieran acudir a los tribunales nacionales y europeos, para que los responsables no queden impunes.

Hay dos libros indispensables para valorar la actuación del Gobierno ante el virus. Los de Francisco Mercado, Una pandemia de errores, e Iñaki Ellakuría y Pablo Planas, Manual de incompetencia. Ambas publicaciones bordan la gestión del Ejecutivo para combatir al coronavirus y describen con precisión cómo la Moncloa desoyó los múltiples llamamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y cometió graves negligencias. Una de las primeras consistió en la destitución del jefe de Prevención de Riesgos Laborales de la Policía, el comisario José Antonio Nieto, cuando, siguiendo las recomendaciones de la OMS, difundió un informe para que dotaran de mascarillas y guantes a los agentes fronterizos. No hay duda de que prevalecieron los criterios políticos sobre los sanitarios, al no liderar la situación un comité de expertos independientes de prestigio, tal como ocurrió en el resto de Europa.

Fuentes: Registros municipales

Hoy, el ranking analiza las muertes por covid y la evolución de los contagios en la segunda oleada de la pandemia, y se hace en función de las grandes concentraciones de población urbanas, al ser estas metrópolis las que sufren las nuevas medidas de confinamiento. Quebec destaca con 1.025,2 defunciones por cada 100.000 habitantes; le siguen Bruselas (786), París (372,4) y Madrid (299,7). En el extremo contrario figuran Seúl (0,5) y Tokio (4,57), cifras muy reducidas que responden a la eficacia gubernamental de los tigres y dragones asiáticos.

La segunda ola coronavírica demuestra cómo una guerra que ya estaba ganada se puede volver a perder si no se establecen controles. La ciudad con peor resultado en esta coyuntura es Lima, con 929 casos por cada 100.000 habitantes, seguida de Bruselas (759) y Viena (676). Sin embargo, a pesar de que España cosecha los peores datos de muertos totales en el conjunto nacional, Madrid (459) y Barcelona (269) se hallan en la zona media de la clasificación de contagios en la segunda ola. Por último, no sobra añadir que, en el caso de nuestro país, aparte del descalabro que muestran las predicciones económicas, se está generando también un gran desprestigio internacional por las actuaciones de nuestro Gobierno, una pérdida de imagen que ahuyentará las inversiones.


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