18
mar
Panam Post

Señalaba en mi último artículo que el Covid-19 puede estar avivando sentimientos nacionalistas por todo el mundo. Sin embargo, entendido como una doctrina política que reivindica el derecho de una nacionalidad a la reafirmación de su propia personalidad mediante la autodeterminación política, el nacionalismo puede no tratarse más que de un subproducto de la crisis que vivimos, y limitado a algunos países y contextos. En cambio, podemos estar seguros de que lo que sí está reafirmándose es el estatismo. A la actualidad política me remito.

Y esto sucede, como también apuntaba, por dos motivos fundamentales. Por un lado, porque la arquitectura internacional (y europea) en la que muchos habían depositado sus esperanzas vuelve a resquebrajarse ante una situación adversa, poniendo de relieve su fragilidad, ineficiencia, o pura y simple inoperancia. Por otro, por lo efectivo de la respuesta de cada país en lo relativo a la adopción de medidas ad hoc encaminadas a plantar cara y vencer a la pandemia.

Este risorgimento del Estado-nación ha tenido una espectacular acogida por parte de una amplísima mayoría de la población, al margen de su color político o su sesgo ideológico. En líneas generales, el abrazo a las medidas intervencionistas de cierre de fronteras, etc., por parte de la izquierda se ha visto con gran normalidad, así como el protagonizado por la derecha, pues está escrito en su ADN. Sin embargo, el apoyo de conocidos pensadores y estadistas liberales ha recibido fuertes críticas, las cuales aspiraban a denunciar la incongruencia del argumentario liberal, que, habitualmente, aboga por relegar el Estado a umbrales ínfimos y, en cambio, cuando las circunstancias apremian, reclama el auxilio estatal. No obstante, digo “aspiraban”, dado que lo único que han puesto de manifiesto ha sido su ignorancia sobre aquello que pretendían reprobar.

Y es que, del pensamiento liberal clásico (no así del ideario de otras tribus liberales) se puede extraer alguna conclusión de cara a lidiar con una pandemia como la que nos asola. No parece evidente, quizá, y eso habla del problema de centrarnos casi siempre en la libertad económica, dejando de lado muchos otros aspectos de este riquísimo legado teórico-político. Así, desde la óptica liberal clásica, el Estado ha de existir, principalmente (algunos dirán que en exclusiva), para defender la vida, la libertad y la propiedad privada de sus ciudadanos, en ese estricto orden.

En este sentido, la actuación estatal para combatir el Covid-19, igual que en el caso de un ataque extranjero, se enmarca bajo el derecho (y deber) del Estado a ejercer la violencia o la fuerza para garantizar la protección de la vida de las personas. Porque, si ni siquiera de esto es capaz, ¿de qué sirve? Esto no quita, todo sea dicho, que convenga ahondar en la cuestión concreta de la gestión de una crisis como la actual desde la perspectiva liberal; tanto en el plano teórico como en el de las políticas públicas. A priori, no parece que el virus invasor esté activando una respuesta estatal antiliberal per se. ¿Democracia, dictadura? Hay diferencias superlativas, no cabe duda. Pero, a fin de cuentas, el Estado es el Estado.

No obstante, sí hay motivos de preocupación en tanto y en cuanto dichas actuaciones dañan (de facto o en su legitimidad) a las democracias liberales de las que tanto nos enorgullecemos. No en vano, las draconianas medidas implementadas en numerosos países no distan mucho de las que ha adoptado la siempre denostada China. Es más, en ocasiones, resultan idénticas. Quizá, el mejor ejemplo se encuentre en el confinamiento al que muchos países han llamado (u obligado por ley) a sus ciudadanos. Un confinamiento no solo individual, sino también nacional, dado que se ha complementado con un cierre generalizado de fronteras para impedir la circulación de personas y mercancías. Por no hablar de la famosísima solidaridad europea, que parece hallarse también en cuarentena. Y esto último, que da fe de la anárquica respuesta internacional a la que hacía referencia al inicio, denota que, si algo está en crisis, se trata de un orden liberal que no era tan global como globalista, controlado por una minoría elitista que ahora se refugia en sus respectivos países pidiendo auxilio. En ese sentido, el coronavirus puede constituir el punto final del orden liberal internacional como lo conocemos. Una estructura que, como señala el célebre historiador escocés Niall Ferguson, no es, ni ha sido nunca, ni ordenada, ni liberal, ni internacional. O al menos, no plenamente. ¿Lo será el que emerja de esta crisis?


    Miguel Lopez de Silanes
    Buen artículo Juan Angel. No obstante, discrepo de algunos puntos. Creo que la crisis, como todas las crisis, sacan lo mejor y lo peor de cada uno. Estoy de acuerdo que el corona virus generará un mayor sentimiento nacionalista y patriótico, no es vano el virus es una amenaza real para toda nuestra Sociedad. Pero discrepo que la crisis hará del Estado mas protagonista. El Estado ya era supuestamente protagonista, y ha tristemente mostrado muchas limitaciones a la hora de responder a la crisis. Faltas de previsión, negligencias, improvisación, negación, impersonalidad.... lo hemos visto todo y sólo estamos al principio. Las personas se lo echarán en cara tarde o temprano, seguramente cuando no se vean protegidos por ese mismo Estado cuando la crisis económica y financiera que vienen se manifiesten con fuerza y persistencia, afectando a todas las personas. Como consecuencia de todo esto los Estados perderán fuerza a favor de entes más pequeños y cercanos a la gente, se ahondará la descentralización (no necesariamente vía las autonomías, que también son entes lejanos e impersonales) y la Gobernanza global se basará más en nuevos procesos de abajo arriba /bottom up. La crisis se resolverá no por el Estado, sino por grupos sueltos de héroes por doquier, médicos, transportistas, polícias, voluntarios, etc en una primera oleada, seguidos de autónomos, empresarios, trabajadores, asilos, y otros miles de grupos que trabajarán con denuedo día a día para sacar a nuestro país adelante. Siempre ha sido así, y ahora no será diferente. El Estado pondrá lo suyo, faltaría más, pero estará tan exigido y colapsado que no será un ente protagónico, sólo gracias al vountarismo y generosidad de los españoles es que este gran país saldrá adelante. Por tanto, creo que la crisis justamente será una oportunidad para reivindicar los valores del liberalismo, incluida la libertad, que permite expresar a todos lo mejor de cada uno, la responsabilidad e iniciativa individual y grupal, sin dirección o imposición alguna desde arriba, y la generosidad para con el prójimo. La crisis nos hará más fuertes como nación y más confiados en el futuro, como siempre ha sido, y se generarán cambios de enorme calado que liberarán la energía y creatividad de todas las generaciones que harán aún más grande este país. Un abrazo
    Miguel Lopez de Silanes - 21 mar.RESPONDER

      Juan Ángel Soto
      Hola Miguel, gracias por tu crítica, que me parece muy bien argumentada. No dudo de que la solución pase por una mayor descentralización y coincido en el amateurismo y falta de previsión y eficiencia del Estado para solucionar ciertas crisis. No obstante, debemos pasar del argumento normativo al positivo. Del deber ser, al ser. Y lejos de lo que fuera deseable encontrarnos actualmente, lo que observamos es un resurgimiento del Estado, independientemente de su calificativo (democracia liberal, antiliberal, dictadura, autocracia), que adopta medidas peligrosamente parecidas. Como dices, el Estado "supuestamente era el protagonista". Como digo yo, el Leviatán ya estaba ahí, pero ahora ha despertado. Defiendo esta tesis en un reciente artículo que puedes encontrar aquí: https://civismo.org/es/el-despertar-del-leviatan/ Espero que te guste. Podemos seguir la discusión allí. Un abrazo.
      Juan Ángel Soto - 05 abr.RESPONDER

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