03
mar
OkDiario

La del coronavirus es una historia que se ha repetido con bastante frecuencia en las últimas décadas. El parecido quizá no es tanto con la dimensión como con el esquema que sigue, caracterizado eminentemente por la reacción, que es peor que la propia enfermedad. Así, se observan implicaciones económicas que auguran un desastre mayor que el sanitario. Por lo pronto, las previsiones de crecimiento para numerosas economías (entre otras, la española) se están reduciendo rápidamente por parte de los principales organismos internacionales.

Sin embargo, además del impacto económico del COVID-19, y la reacción de la sociedad, deberíamos observar con atención la respuesta de las autoridades, pues estas, en ocasiones, están llevando a cabo actuaciones que rayan lo autoritario. Numerosos medios han alertado de cómo la paranoia causada por el coronavirus puede llamar a reacciones o discursos autoritarios por parte de populismos de diversa índole. Sin embargo, se aprecia que esta deriva autoritaria está produciéndose también en democracias liberales cuasi canónicas, como es el caso de Francia. Allí, Emmanuel Macron ha anunciado ya que el Estado requisará todas las mascarillas almacenadas y la producción pendiente para combatir el brote. Italia, por su parte, hace ya tiempo que delimitó amplias zonas de cuarentena y aislamiento para decenas de miles de personas. Y este tipo de decisiones, ante situaciones de crisis o emergencia sanitaria o incluso de orden público, nos han de llevar a preguntarnos por la adecuada reacción de las autoridades dentro de los sistemas de derechos y libertades en los que tenemos la fortuna de vivir.

No cabe duda de que el autoritarismo es instrumento eficacísimo para construir hospitales a velocidades insólitas o aislar a millones de personas en sus domicilios casi inmediatamente, como ha sucedido en China. Sin embargo, aunque podemos (pues la capacidad fáctica está ahí), no debemos ser China. Occidente es diferente, y no sólo diferente sino superior, pues no es casualidad que haya alcanzado cotas de derechos, libertades y prosperidad como nunca a lo largo de la Historia. Por este motivo, si aceptamos sin cuestionar siquiera procedimientos de este tipo como dados o correctos por el mero hecho de que las autoridades así lo estiman oportuno, la señal que damos al resto del mundo es, además de la histeria colectiva y la psicosis en el ámbito económico, que, cuando las circunstancias llaman a actuar, el Estado es igual de autoritario e intervencionista como cualquier otro régimen no democrático. Y esto sin contar el atropello, consciente o inconsciente por parte de la ciudadanía, de la libertad de las personas.

No hay peor virus que el del autoritarismo, que se contagia por la histeria y el frenético afán por una falsa sensación de seguridad y protección que hace que la sociedad se desprenda incluso de su bien más preciado, que no es su salud, sino su libertad.


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