21
oct

El estado de alarma se trata de un arma de doble filo. Eso demostró el último que se aplicó y con el que deberíamos haber aprendido la lección.  En marzo de este mismo año, se implantó en España el estado de alarma para confinar a la población. La mayoría de ciudadanos, al principio, lo apoyó. Sin embargo, cada vez más fueron desmarcándose de su posición inicial para comenzar a criticar con dureza las medidas tomadas por el Gobierno. Según gran parte de estos detractores, el Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez estaría utilizando las medidas impuestas para alcanzar un poder que, de no haberse producido esta desgraciada situación, no podría lograr de forma rápida ni sencilla.

En el otro extremo se encontraban quienes respaldaban el estado de alarma y aplaudían las medidas, mientras echaban en cara a sus críticos que aprovecharan un momento como el que vivimos para conseguir un beneficio político. 

La polarización en España ahora mismo es máxima. Sin duda alguna, resulta triste ver cómo la política se ha reducido a poco más que el ataque directo al rival y no a lo que propone, sin ofrecer una argumentación fundamentada sobre sus fallos. Lo que debería unir a los españoles por un objetivo común (en este caso, evitar más muertes de compatriotas por la covid-19) los ha separado más que nunca en trincheras opuestas y ha terminado de hacer de la política una lucha de tribus irracionales. Así pues, ¿qué actitud tendríamos que adoptar ante un nuevo estado de alarma?


No está bien que un gobierno ejerza el poder sin control alguno, pero tampoco desobedecer las medidas que se han demostrado eficaces


No está bien permitir que un gobierno, sea del signo que sea, ejerza el poder sin control alguno, ni tampoco justificar cualquiera de sus actos con el pretexto de proteger a los ciudadanos de un enemigo como el coronavirus. Tampoco es correcto considerar que, por el hecho de que el Ejecutivo se extralimite en el uso de sus poderes en una situación excepcional, estemos legitimados para desobedecer las medidas que se han demostrado empíricamente eficaces para combatir la pandemia de covid-19, como el obligatorio uso de mascarilla o el confinamiento de la población. Se puede poner de ejemplo a Suecia, sí, pero eso obvia un concepto clave: el coste de oportunidad. El país nórdico no impuso una reclusión obligatoria y, en cifras brutas, parece tener menos muertos que otros que, como el nuestro, sí han aplicado duras medidas de distanciamiento social. Sin embargo, esto no prueba en momento alguno que no confinar a la población sueca haya constituido un acierto, sino tan solo que, sin hacerlo, los fallecidos han sido tantos. Ahora bien, ¿qué habría ocurrido de lo contrario? Se habría registrado una tasa de contagio un 75% menor, y una mortalidad un 25% menor, que alcanzaría el 29% en el caso de las personas mayores, según un estudio publicado en la revista científica The Econometrics Journal. Así pues, no hay que creer a la ligera a quienes muestran dos datos sueltos y descontextualizados y a partir de allí construyen un relato.

¿Resulta censurable el uso de la trágica situación actual causada por la covid-19 para obtener rédito político? Por supuesto, y en ambas direcciones, si es que aún existe tal eje. La política se ha transformado en una simple escenificación del rencor que siente una parte de la población contra otra por no estar de acuerdo con sus postulados. El ciudadano crítico no debe permitir que esta corriente le lleve por delante, y tener en cuenta, sobre todo en el estado en el que nos hallamos, que la realidad, a pesar de lo que diga el político de turno, no suele ser blanca o negra, sino gris, y no hay solo una, sino muchas tonalidades de grises. ¿Aprenderemos en esta ocasión? Quién sabe, el ser humano es un experto en cometer el mismo error no dos, sino multitud de veces.


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