23
jun
OkDiario

Una de las principales características de la postura posmarxista dominante en la actualidad es la compartimentación de la sociedad en colectivos que parecen impulsados por la confrontación. El modus operandi incluye primero la atomización que, curiosamente, tanto critica la propia teoría marxista, pues, antes de la creación de colectivos, resulta preciso romper los vínculos naturales que los preceden.

El trabajo y la producción conducen, según Marx, a la atomización de la vida social, lo que, irrevocablemente, lleva al enfrentamiento entre las personas, pues cada cual perseguiría, según esto, su propio interés. De esta forma, como plantea en su Tesis sobre Feuerbach, el ser humano no puede realizarse como tal si no es a través de la cooperación orgánica con los demás individuos.

En un momento histórico convulso como el actual, observamos cómo el movimiento Black Lives Matter ha derivado (o degenerado) en la última manifestación del proceso de revisionismo histórico que la izquierda ha venido impulsando en los últimos setenta años. Hay periodos en el que este se encuentra de forma más latente, y otros más intensos, como el último lustro, en el que la vorágine de relecturas parece absolutamente desatada, hasta el punto de doblegar a las autoridades políticas y acallar cualquier voz disidente.

Este revisionismo constituye un paso más en el proceso permanente de destrucción y construcción simultánea de ese marxismo parasitador de nobles causas, como la de la igualdad ante la ley entre hombres y mujeres, la defensa del medio ambiente, etc. La destrucción afecta a vínculos naturales, como los de la familia o el sexo biológico. Y la construcción se predica respecto de los nuevos vínculos creados por colectivos que emergen del individuo. Uno que queda, como recoge la filosofía existencialista, absolutamente arrojado al mundo, apartado de los suyos en una dimensión horizontal-social y vertical-histórica, carente de todo tipo de protección, a la intemperie, por lo que resulta fácilmente manipulable por ideologías que, a menudo, vienen impulsadas por el aparato estatal.

El individuo, como señalaba Marx, encuentra su razón de ser en la cooperación orgánica con otros. El problema reside en que lo que propone esta nefasta filosofía no es cooperación, sino coacción, de lo que da fe el castigo a los detractores y desertores de estos colectivos. Y tampoco es orgánica, sino del todo artificial.

El resultado de todo este proceso se cifra, por tanto, en la sustitución de unos grupos sociales naturales y de la cooperación voluntaria por otros manufacturados y de naturaleza coactiva, indiferentemente de que esta coacción sea percibida o no por sus integrantes. En cuanto a las ramificaciones de este nuevo escenario, el horizonte no parece nada halagüeño, dado que todo ello contribuye a la fragmentación social en tribus que persiguen intereses, no ya individuales, sino colectivos. Todo ello aporta también las claves del porqué de la fractura intergeneracional, de la oposición (del todo clásica) entre trabajadores y empresarios, entre sexos y razas, entre el presente y el pasado de un pueblo o una nación… Combustible de sobra que alimenta también el barriobajero enfrentamiento en el que se ha transformado el debate parlamentario.

Conviene que seamos conscientes de esta tensión, que conozcamos su trayectoria, sepamos navegarla y, si es posible, combatirla. De lo contrario, nuestra capacidad de resiliencia como país y de superar crisis como la que nos asola se verá muy mermada. Más tiempo y energía derrochados se trata de un lujo que no nos podemos permitir.


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