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Muchas veces, al analizar las circunstancias históricas que atraviesa el mundo en estas primeras décadas de la centuria —con sus particularidades continentales, regionales y locales—, se acostumbra a situar en la diana del debate a las crisis financiera y económica, la renuclearización industrial de ciertos países, la revolución tecnológica, los atentados del 11-S o la hegemonía china. Pero, ¿se puede mirar hacia otro lado mientras arde el Mare Nostrum? Los acontecimientos que se están desarrollando en la cuenca mediterránea adquieren una importancia de dimensiones globales, y, por eso, merecen ser tratados como una prioridad, ante la que hay que tomar una decisión en las elecciones europeas del domingo.

En primer lugar, conviene hacer un apunte breve de la relevancia de este mar en la configuración de la historia mundial. El Mediterráneo ha sido testigo de la eclosión de las grandes civilizaciones, de la mesopotámica a la egipcia, de los griegos a los romanos, de Bizancio al Imperio Otomano, uniendo esa multiplicada de voces. En este sentido, representa, como su propia etimología indica (Mar Medi Terraneum), un mar en medio de la tierra: símbolo de creatividad, acogida, búsqueda del saber y de encuentro del ser humano. Se trata, en definitiva, de un espacio al que la geografía ha obligado a ser puente, y también, a tenderlos.

Ello no quiere decir que este lugar haya estado exento de conflictos y violencia a lo largo de su trayectoria. Ha vivido guerras, pero las provocaban los hombres más poderosos de aquellas épocas. Por eso, cuando estas contiendas bélicas terminaban, la interconectividad de la cuenca seguía su curso. El Mediterráneo actúa como frontera entre África, Europa y Asia, pero no de separador. De hecho, contrariamente al desacertado uso que se acostumbra a hacer de la palabra frontera, esta proviene del latín “fronte” y “–ero”, que significan “puesto” y “colocado enfrente”, lo cual no implica, necesariamente, separar. Lo que está colocado enfrente es el “otro” (el africano, el europeo o el asiático), ante el cual nos identificamos. Este reconocimiento de la otredad dio lugar a dos actitudes principales. Por un lado, el rechazo de los dogmatismos referentes a fronteras culturales, lo que, a su vez, ha canalizado tanta y tan diversa riqueza cultural a lo largo de los siglos. Y por otro, la predisposición a asumir e integrar con holgura los cambios que se producían. Siguiendo esta línea, se podría decir que “cuando el Mediterráneo estornuda, el mundo se resfría”.

Desde la Revolución de los Jazmines en Túnez (2010) a la guerra de Siria en curso, pasando por la Revolución blanca de Egipto, el Frente de Liberación de Libia y la creación de su Estado fallido, la Rebelión de las Cintas en Yemen, o los movimientos acaecidos en Argelia, la estabilidad del Norte de África se ha resquebrajado. Por no hablar de la expansión y fortalecimiento del Estado islámico, o el aumento de la tensión entre Irán y Arabia Saudita. Como consecuencia de estos conflictos, el flujo migratorio se ha incrementado de manera exponencial en un tiempo récord, y sus efectos han trastocado las raíces de Europa.

Como señalan Mark Leonard, Susi Dennison y Kraster en el European Council on Foreign Relations, “la Unión Europea fue creada por sociedades que temían su pasado (dominado por las guerras). Ahora, los europeos temen su futuro”. Los grandes desafíos que arrostra Europa son defender el orden liberal internacional ante la retirada de su, hasta ahora, principal promotor, Estados Unidos; el auge de China; el radicalismo islamista; el Brexit; los grandes flujos migratorios por el Mediterráneo, etc. Unos escenarios que han agudizado el resurgir de los clásicos antagonismos en el viejo continente, además de la erupción de líderes políticos como Víktor Orban (Hungría), Matteo Salvini (Italia), Marine Le Pen (Francia), ‎Nikolaos Michaloliakos (líder del partido Amanecer Dorado en Grecia), etc.

El Mediterráneo, una vez más, vuelve a erigirse en punto de convergencia entre Europa, África Subsahariana (con sus flujos migratorios) y Oriente Medio (con la inestabilidad, los conflictos armados, el fundamentalismo islamista). Retos que no podrán resolverse mediante la construcción de muros en las fronteras europeas, pero tampoco dejándolas desprotegidas. En la misma línea, tampoco es una política diplomática seria la adopción en Occidente de eslóganes del tipo “Welcome refugees”, mientras la Unión Europea está desembolsando miles de millones de euros en Níger para la construcción allí de una frontera, y convertirlo así en el nuevo país gendarme, como lo fue la Libia de Gadafi.

Resulta innegable el principio de soberanía que ostenta cada Estado, en el que el control efectivo de sus fronteras es un elemento clave. Además, el derecho internacional sobre migraciones permite al sujeto salir de su país y entrar en él, pero no en otro. Así pues, los Estados tienen la obligación de proteger sus fronteras, pero aun así, levantar muros no se ha demostrado como la fórmula más eficaz para hacerlo. Como bien señaló el filósofo francés Régis Debray, “una frontera bien protegida es una vacuna contra la epidemia del muro”. En este sentido, la defensa del orden liberal, el cual incluye promover la actividad empresarial, y adoptar una diplomacia mucho más seria con los gobiernos del otro lado de la frontera debe tratarse de la alternativa europea para todos estos desafíos. El statu quo no puede perfilarse como una opción en la mente de los votantes europeos que se preocupan por su futuro. Estos han de apostar por el cambio.


España se trata de un actor clave a la hora de salvaguardar la vocación mediterránea: la de ser puente y la de tenderlos


España, a causa de su localización en el Mediterráneo, es, junto a Turquía, la puerta de acceso a Europa por partida doble (por tierra y por mar). Por tanto,  tiene mucho que decir. Además, como observó Julián Marías en su España Inteligible, este país se ha caracterizado por ser el más europeo de todos, al tratarse del único que decidió serlo cuando lo tenía todo en contra bajo la ocupación musulmana. Para Marías, “el resto lo son porque, qué iban a ser si no”.  España ha sido, históricamente, una nación integradora, con sólida experiencia de la “otredad”, e iniciadora de la aventura trasatlántica. Además, ha experimentado un gran cambio positivo, a raíz de su integración en la Unión Europea y de abrazar posturas liberales en su hacer político, económico y social.

Por estas razones, España se trata de un actor clave y, debe actuar en consecuencia, a fin de salvaguardar la vocación mediterránea de ser puente y de tenderlos. Para ello, ha de aportar su testimonio, de modo que la cuenca mediterránea siga reuniendo múltiples voces, permanezca abierta a los cambios y evite dogmatismos culturales. Un objetivo que hoy se materializa en la defensa del orden liberal.

Por consiguiente, sería nefasto que las elecciones parlamentarias europeas no centraran la atención en el Mediterráneo: lo que en él suceda tiene consecuencias decisivas a nivel mundial. Las próximas décadas de este siglo auguran que allí se vivirá una fortísima crisis migratoria, y una creciente inestabilidad con efecto contagio, tanto en los países situados en la cuenca como en aquellos que no lo están. Y es que, al otro lado del Mediterráneo, también han entrado en escena otros actores que cuestionan ese orden liberal que ha hecho grande a Europa en las últimas décadas. El continente no puede renunciar a él, porque equivaldría a perder su identidad. La defensa europea del orden liberal no es el problema, sino la solución, y se decide en estas elecciones.


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