01
jun
Expansión

Mi viejo diccionario Larousse define la expresión “à la mode” como una forma de actuar o pensar que, en un momento dado, se considera de buen tono en un medio social concreto. Es muy probable que, en pocos días, tengamos en Madrid y en Barcelona un par de alcaldesas “à la mode”, a las que habrá que observar con interés porque, seguramente, veremos en ellas cosas a las que no estamos acostumbrados. Llevo muchos años estudiando las políticas públicas y podría decir que, en este tema, lo he visto casi todo. Pero soy consciente de que siempre hay algún político capaz de sorprender con sus ocurrencias al analista económico más avezado. Y parece que tal momento ha llegado otra vez.

Si algo caracteriza a estas dos personas es que representan muy bien las ideas de aceptación más generalizada hoy en el mundo de la izquierda española. Es importante señalar que nuestra izquierda no es marxista. No sé si alguna vez lo fue realmente, pero en la actualidad bebe claramente en las fuentes de Rousseau; no en las de Marx o en las de Lenin. Tal vez no lo saben –nunca la izquierda española ha sido muy ilustrada–, pero cuando oigo hablar a Colau o a Carmena me parece escuchar al viejo ginebrino clamando contra los males de la sociedad del momento. Que este momento sea la segunda mitad del siglo XVIII o la primera mitad del siglo XXI no es especialmente relevante. En ambos casos, el pensamiento a la moda cree que el hombre es bueno y las instituciones sociales son malas; que la propiedad privada es el origen de todas las desdichas de la humanidad; y que, si terminamos con el afán de lucro y el deseo de la gente de consumir más bienes y vivir mejor, todos seremos más felices.

Frente a nuestro triste mundo actual, la nueva izquierda quiere crear comunidades felices cuyos habitantes compartan lo que tienen, piensen que todo lo privado es malo y lo público es bueno y, en sus ratos libres, cultiven huertos ecológicos creados a partir de un plan de bancos de tierras públicas. De todas las reformas que las dos candidatas a sus alcaldías han presentado a sus votantes, la que más me gusta es la de convertir la galería de cristal del Palacio de Cibeles en un jardín en el que los vecinos tengan un espacio para pasear y hablar con los concejales, bella imagen en la que Rousseau se mezcla esta vez con el socialismo utópico y bucólico de William Morris. Y nada tengo que objetar, desde luego, a esta forma de entender el mundo… mientras no me obliguen a pagar con mi dinero los caprichos de los demás.

Carmena y Colau comparten muchas ideas. Ambas han emprendido una santa cruzada contra los desahucios; las dos quieren que todos los servicios urbanos sean controlados por los funcionarios municipales; y una y otra están dispuestas a paralizar operaciones urbanísticas que son consideradas “especulativas”, entre las que se incluyen desde la construcción de hoteles al desarrollo de zonas enteras de la ciudad.

Cuando se va profundizando en las ideas económicas de sus programas, se observa con mayor claridad el poco sentido de muchas de sus propuestas. Carmena parece decidida a que Madrid se convierta en una “ciudad del comercio justo”, objetivo bastante sorprendente que a muchos nos gustaría saber en qué consiste. A Colau no le gusta que lleguen tantos cruceros a Barcelona, aunque cada barco sea una fuente de ingresos importante para la ciudad. Pero, al mismo tiempo, quiere crear empleo para reducir el paro. En pocas palabras, a las dos les gustaría que hubiera más personas que encontraran puestos de trabajo; pero parecen decididas a hacer la vida imposible a empresas que podrían crearlos.

PALABRAS VACÍAS

Muchas de las propuestas de estas señoras van mucho más allá de lo que un alcalde puede hacer en España, por lo que buena parte de ellas quedarán en palabras vacías o en acusaciones a quienes realmente tienen las competencias (el Estado y las comunidades autónomas) por no querer colaborar en tan hermosos programas. Afortunadamente, los ayuntamientos tienen una capacidad limitada para crear impuestos. Las alcaldesas podrán subir aún más la tributación sobre bienes inmuebles, las plusvalías municipales o los impuestos sobre actividades económicas. Pero poco más. Como necesitan elevar el gasto público para ofrecer más rebajas en los transportes públicos, rehabilitar viviendas o crear más plazas de funcionarios, intentarán acudir al endeudamiento. Pero no les va a resultar fácil encontrar a alguien dispuesto a comprar su nueva deuda, especialmente cuando han planteado “reestructurar” la que actualmente existe, sin que sepamos muy bien cómo.

Parece que los inversores internacionales nos miran ya con bastante menos confianza que hace sólo una semana. De momento, los proyectos rompedores de la nueva izquierda han creado incertidumbre, a la espera de lo que pueda pasar dentro de unos meses. Pero si en las próximas elecciones generales se confirmara la evolución del voto que se puso de manifiesto el día 24, las cosas podrían ponerse bastante feas. ¿Será sólo una cuestión de tiempo?


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