26
dic
El Español

Hace unos meses, durante la disputa del Gran Premio de Italia de Formula 1, Carlos Sainz lograba un magnífico segundo puesto que sabía a poco teniendo en cuenta que tenía mucho más ritmo que el ganador, Pierre Gasly. Durante las últimas vueltas en modo persecución, el ingeniero de pista del piloto madrileño, Tom Stallard, le pidió que no cometiera errores, que fuese clínico, porque al final eran mejor los 18 puntos en el bolsillo y un nuevo podio que perderlo todo arriesgando por lograr la tan ansiada victoria.

Esta situación puede trasladarse al estado actual del sistema de pensiones en nuestro país. Está claro que todos queremos ganar, a saber, tener un sistema de pensiones sostenible y a la vez generoso —la tasa de reemplazo en España es de las más elevadas del mundo desarrollado, llegando al 72% del último salario en términos brutos, y del 83,4% una vez tenido en cuenta los impuestos—, pero al igual que Carlos Sainz, debemos evaluar de manera correcta nuestras posibilidades para evitar posibles errores que lastren el futuro de las próximas generaciones. Es decir, debemos ser clínicos y honestos con nuestro presente y futuro.

Comencemos con el análisis financiero actual. El mejor indicador existente para valorar la sostenibilidad presente del sistema de pensiones no es otro que el Índice de Revalorización de las Pensiones (IRP) aprobado en 2013, pero que se ha dejado de aplicar desde 2018. Este indicador ha sido criticado desde varios sectores de la sociedad civil y del mundo de la política por suponer el deterioro del poder adquisitivo de los pensionistas, aunque en realidad, lo que implica es que la revalorización de las pensiones vendrá determinada por el ajuste entre los gastos e ingresos del sistema. Para ello se toman los ingresos previstos, el número de pensionistas, la pensión media y el déficit estructural del sistema a 11 años.

De acuerdo con un trabajo realizado por investigadores de la Universidad de Valencia y Extremadura, el resultado para este año se situaría en el -1,65% y en el 2021 en el -2,36%. Aplicando el porcentaje mínimo de crecimiento, hubiera implicado una revalorización del 0,25%. El factor más relevante para explicar el porqué de estos valores negativos es el déficit estructural del sistema, que supera los 20.000 millones de euros anuales. Es decir, la situación de partida no es buena.

El factor demográfico jugará un papel clave en la evolución de la sostenibilidad del sistema durante los próximos años, por lo que es el siguiente elemento que debe considerarse. Con el objetivo de no aburrir el lector citando proyecciones demográficas de numerosas instituciones, usaremos como referencia las realizadas por la AIReF, las cuales suelen destacar por ser las más optimistas, aunque han sido revisadas a la baja recientemente.

Por un lado, se espera que la esperanza de vida al nacer crezca de manera considerable, pasando de los 83,2 actuales a los 86,8 de 2050, y como consecuencia de esto, y sumando la entrada de inmigrantes y al ligero incremento en la tasa de natalidad, la tasa de dependencia se situaría en el 53%, es decir, doblaría su valor en 30 años.

El envejecimiento de la población tendría como consecuencia un aumento del gasto en pensiones de 8,9 puntos porcentuales del PIB para 2050%. La evolución del mercado laboral y la introducción de la reforma del sistema de 2011 y del factor de sostenibilidad para 2023 rebajarían esta cifra a 3,3 puntos porcentuales.

Recientemente, el Pacto de Toledo aprobó las recomendaciones en materia de pensiones, siendo famosa la foto de todos los grupos parlamentarios que votaron a favor de tal cuestión delante del Congreso. Sin embargo, estas recomendaciones eran la parte fácil: revalorizar pensiones según el IPC, permitir seleccionar los mejores años de la carrera laboral para el cómputo de la base reguladora e incentivar la prolongación de la vida laboral. Además, se financiará con transferencias y no con préstamo los gastos impropios del sistema, cuestión que se tratará más adelante. Es como si en la carrera de Monza Tom Stallard le hubiera dicho a Carlos Sainz que tirara con todo para ganar, olvidándose de cuidar el motor, las ruedas o evitar un accidente. Debemos ser clínicos también a la hora de evaluar y proponer las reformas que garanticen la sostenibilidad del sistema.

Actualmente está sobre la mesa la introducción dos reformas adicionales: 1) aumentar la edad efectiva de jubilación en 2 años, la cual se encuentra en los 62,9 años —el 40% de la población se jubila antes de los 65 años—, lo que aliviaría el gasto en los próximos 30 años en 0,8 puntos porcentuales. 2) Elevar el número de años cotizados para el cálculo de la base reguladora a los 35 ayudaría en rebajar el gasto en otros 0,6 puntos porcentuales. Con estas medidas se lograría cierta sostenibilidad del sistema, a cambio, la relación entre el salario y la pensión medias pasaría del 59,4% al 52,7%. Es un buen paso, pero insuficiente.

En un informe publicado por los think tanks Instituto Juan de Mariana, Fundación Civismo y Fundación Friedrich Naumann precisamente se enumeran una serie de reformas que, además, deberían formar parte de un ámbito mucho más amplio de transformación económica, incluyendo la reforma laboral, la mejora del sistema educativo, o el atractivo al ahorro y a la inversión.

Además de profundizar en las reformas de 2011 y 2013 y aplicar las propuestas del ministro Escrivá, proponen dotar de una mayor libertad a los pensionistas a través de una edad de jubilación flexible entre los 60 y los 75 años (quienes se jubilen antes recibirán una menor pensión), e incentivar el ahorro como complemento a las pensiones públicas, a través de planes de empresa como los vigentes en Reino Unido, y la creación de una cuenta de ahorro a largo plazo para todos los mayores de edad que tributaría solo en caso de retirada con beneficios al estilo de las Sicav.

Por último, me parece conveniente destacar dos cuestiones que se han planteado en el debate como forma de solucionar los problemas de sostenibilidad y suficiencia del sistema sin tocar su generosidad sin aparente coste. Por un lado, el traslado de los gastos impropios de la Seguridad Social a la cuenta del Estado parece algo atractivo para lograr titulares sobre la mejora de la posición financiera del sistema, sin embargo, solo traslada la cuenta de un bolsillo del pantalón al otro, es decir, el coste sigue ahí, por lo que siguen siendo necesarios o recortes de gasto o subidas de impuestos para cubrir ese agujero.

Además, hay que tener en cuenta que ese gasto impropio asumido por la Seguridad Social solo explica un cuarto de su déficit. Por otro lado, como destaca Juan F. Jimeno, la imposición sobre los robots como mecanismo de financiación no parece viable debido a la dificultad de definir las bases imponibles, la alta movilidad del capital y por razones de eficiencia económica.

En definitiva, la situación actual y futura del sistema de pensiones merece un debate serio y riguroso sobre la forma de actuar y reformas a aplicar que no carguen sobre una generación u otra todos los costes. Muchos pensarán que es un paso atrás que Carlos Sainz se vaya a Ferrari vista la temporada de la escudería italiana y lo bien que funcionaba en Mclaren, con una tendencia claramente ascendente. A veces, para ganar, hay que tomar decisiones dolorosas, ampliando la mirada a un horizonte de más largo plazo, con las pensiones debemos hacer lo mismo.


Deja un comentario