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ago
Expansión

En su boletín del mes de agosto, el Bundesbank ha planteado la conveniencia de un nuevo retraso en la edad de jubilación, idea que ha sido objeto de todo tipo de comentarios y análisis. La propuesta, en concreto, consiste en fijar la edad del retiro a los 69 años en 2060. La verdad es que tengo muy poca fe en estimaciones a tan largo plazo, ya que resulta imposible saber hoy con precisión có- mo serán la economía y la sociedad de la segunda mitad del siglo XXI. Pero la iniciativa me parece interesante, ya que ha puesto sobre la mesa una cuestión importante a la que no sabemos qué respuesta se dará en el futuro.

El primer país que estableció un programa de seguridad social con pensiones de jubilación fue precisamente Alemania. En 1889 se puso en marcha el sistema, con la idea de garantizar un medio de vida a aquellas personas que no pudieran trabajar a causa de su edad o su invalidez. Inicialmente, la edad de jubilación se estableció a los 70 años y, algún tiempo después, se redujo a 65, edad que –con algunas peque- ñas diferencias– se ha mantenido como norma general en la mayor parte del mundo occidental hasta la fecha. Si tenemos en cuenta que la esperanza de vida al nacer en los países más avanzados era, a finales del siglo XIX, de 40 ó 45 años, resulta que la edad de jubilación que Bismarck estableció en Alemania era muy superior a dicha cifra. Hay que señalar, ciertamente, que la esperanza de vida al nacer no es la variable relevante a la hora de fijar una edad de jubilación, aunque sea la que se mencione en la mayor parte de los comentarios sobre el tema que publican los medios de comunicación. Más interesante es fijarse en la esperanza de vida al cumplir los 60 ó 70 años de edad. Sabemos que, por ejemplo, en Estados Unidos la esperanza de vida de un hombre –blanco– de 60 años era, a principios del siglo XX, de unos 15 años; y la de un hombre de 70, de unos nueve años y medio. Hoy, en los países occidentales, una persona que alcanza los 60 tiene una expectativa de vida de 24 ó 25 años; y al cumplir los 70, de algo más de 15 años. Las cifras son más elevadas que las de hace un siglo, ciertamente, pero la diferencia no es tan grande como la referida a la esperanza de vida al nacer. El número de personas que hoy alcanzan estas edades es, naturalmente, mucho mayor que en 1900.

Derecho reconocido

No cabe duda de que, cualquiera que sea el tipo de datos empleados, la actual edad de jubilación resulta, de acuerdo con estos criterios, extraordinariamente baja. Pero hay que tener en cuenta que el objetivo de las pensiones de jubilación ha cambiado en buena medida. Hoy la clave no es que una persona no pueda trabajar a causa de su edad o invalidez, sino el derecho que se le reconoce a disfrutar de la última parte de la vida con comodidad y medios económicos suficientes al margen de que, física o mentalmente, pueda continuar o no con su actividad laboral.

Pero todo esto tiene, además, unas implicaciones financieras importantes, que son el origen de casi todas las propuestas de reforma de nuestros días. Y no se trata sólo de déficits a corto plazo. El problema de fondo es que hay un amplio acuerdo en que el sistema de reparto no es sostenible a largo plazo con el modelo actual de cotizaciones y pagos. No se supo –ni se quiso– capitalizar el sistema cuando era posible. Y hoy es mucho más difícil solucionar el desequilibrio financiero; en Alemania y en muchos otros países, entre ellos España, desde luego. Una edad superior para la jubilación puede justificarse, ciertamente, por la mayor esperanza de vida al cumplir los 60 ó 70 años; pero la razón importante es que, con los presupuestos actuales, las cifras no encajan. O se eleva la edad de retiro, o se aumenta la presión fiscal a los trabajadores en activo para pagar una parte de las pensiones de los jubilados… o se hacen ambas cosas; que es lo que, seguramente, ocurrirá en los próximos años.

Cabe, desde luego, la posibilidad de desarrollar otras estrategias. Una ya ampliamente utilizada es la existencia de planes complementarios privados basados en el principio de capitalización. Otra sería flexibilizar el sistema, de modo que cada persona pueda jubilarse cuando quiera y que la pensión a percibir sea en función de la cuantía de las cotizaciones y del número de años elegido. Pero de lo que no cabe duda es de que el problema no tiene una solución sencilla.

La edad de jubilación tendrá, seguramente, que aumentar. Que la cifra sea 67, 69 o cualquier otra va a depender de la solvencia de cada sistema, que hoy sólo podemos estimar de forma imperfecta. En todo caso, no estaría de más que empezáramos a pensar que los 65 años han dejado de ser la edad de referencia para establecer el momento del retiro.


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