20
mar
El Mundo

 La atrocidad de Túnez vuelve a replantear esta pregunta y bastantes bien pensantes responden por la negativa. El ‘no’ es la contestación políticamente correcta. Obama es un buen ejemplo. Subraya que las masacres, las decapitaciones, el secuestro de menores, la quema de un piloto sirio “carecen de la menor relación con el Islam”. Los críticos del presidente yanqui, tiene muchos, sostienen que está tan ansioso por no mencionar en la misma frase las palabras Islam y terrorismo que hace escasas semanas, en la conferencia que él mismo había convocado para luchar contra el Estado Islámico (ISIS), guerra para la que va a pedir autorización al Congreso, definió la batalla utilizando el eufemismo:  “Enfrentarse al extremismo violento”.  

Dado que en el horizonte mundial actual el Isis, Al Queda, Boro Haram…. monopolizan las barbaridades terroristas, los remilgos linguísticos de Obama han desatado la cólera de sus enemigos y han alimentado la réplica virulenta de que las dos cosas van juntas y que el problema es lisa y llanamente el Islam.  La conclusión sin embargo es erróneamente precipitada, unas decenas de miles de canallas no pueden representar a centenares de millones que profesan la fe de Mahoma, y puede ser contraproducente. Dean Obeidallah comenta en TheDailyBeast.com que remachar sin tregua que los terroristas son islámicos ofenderá a vastas franjas de la población musulmana. Etiquetarlos así puede ayudar al Estado Islámico o Al Queda que  presentarán el conflicto como “una guerra religiosa entre Occidente y el Islam”. Otro tanto sostiene Fareed Zakaria en el Washington Post: “Si Obama usa la palabra islámico cada vez que hable del Isis logrará que muchos musulmanes crean que su religión está siendo insultada, mancillada”.    

 La aprensión de Obama es comprensible. Cualquier persona mínimamente culta percibe que la guerra contra el Isis no es una guerra contra el Islam. El problema está en saber cuanta gente lo percibirá así en el mundo árabe y musulmán. Probablemente, no toda, ni allá cerca. La razón principal no es que el mundo musulmán esté más atrasado que el occidental, lo está claramente según abundantes e imparciales índices, ni que allí haya florecido una rama, aunque sea pequeña, de un extremismo totalitario más raro en occidente. La razón principal es que quien tiene que abrirle los ojos a las masas musulmanas no acaba de hacerlo o lo hace con un considerable atraso con los acontecimientos.    

 Obama u Hollande o Rajoy pueden, al condenar fuertemente los atentados, desgañitarse afirmando que esos cafres no representan al Islam. Su aseveración, sin embargo no llega al musulmán de la calle. Quien tiene que desgañitarse, indignarse, rebelarse, quien tiene que gritar con cólera son los imanes de las mezquitas del mundo islámico, los políticos, los creadores de opinión en televisiones y diarios, las figuras populares del cine o la canción. Son ellos los que tienen que denunciar sin excusas ni circunloquios ni matizaciones que los terroristas aunque mencionen a Alá y se crean sus herederos no son buenos musulmanes, no representan al profeta, están totalmente equivocados, son unos canallas, son, en definitiva, unos asesinos que sacrifican bestialmente a inocentes.   Son ellos los que han de dar ese paso rotundo e inequívoco al frente. Lo malo es que no lo han venido dando, las voces eran aisladas,  lo han hecho con la boca chica o hasta hace poco con demoras incomprensibles.


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