22
jun

Fascistas, traidores, rojos, nazis, comunistas. Todas esas lindezas se gritan los unos a los otros cada día, como si la política tratase de eso y no de lograr el entendimiento mediante la discusión argumentada, respetando al rival y exigiendo el mismo respeto hacia uno mismo.

Hace ya tiempo que sustituimos el debate de las ideas por la embestida para demostrar que podemos gritar más que el rival. El futuro del país depende, en definitiva, de las bravuconadas de los modelos de turno y de su vanidad. Cuanto más se vocifere, más se conecta con aquellos más desesperados por las circunstancias (en este caso, por los más afectados por el coronavirus, como los trabajadores de sectores con una mayor caída). Hemos normalizado que el que más alto habla, el que más histérico parece por el contexto, es el que más oposición demuestra. 

Es lógico. Cuando nos sentimos desesperados, no pensamos con claridad y, a menudo, decimos cosas que en situaciones normales (a menos que el estrés absoluto sea nuestra situación normal) no diríamos. El problema radica en que quienes alientan a la verdadera destrucción de nuestra sociedad, con la cabeza bien alta, no se sienten en absoluto desesperados. De hecho, más bien se sienten pletóricos de emoción, sabiendo todo lo que tienen que ganar (y por nuestra conformista culpa, lo poco que tienen que perder). Eso fomenta la peligrosa polarización hacia la que nos dirigimos sin freno alguno.

Parece que, en no mucho tiempo, lo verdaderamente revolucionario consistirá en afirmar que si uno es de derechas, no tiene por qué detestar a su vecino de izquierdas, y que si uno se siente más próximo a esta ideología, no tiene por qué tratar como si fuera Franco a su vecino de derechas. Esto no significa que debamos mostrarnos siempre equidistantes. Uno puede, y en ocasiones debe, posicionarse de parte de uno u otro lado (que no han de ser necesariamente izquierda o derecha). Pero, desde luego, la criminalización del adversario por el hecho de disentir constituye una enorme amenaza a la democracia y a la libertad.


En la mano de los votantes está detener esta escalada de rabia irracional y de odio


La política se basa, como casi todo, en un sistema de incentivos movido por el potente motor del interés propio. Y no resulta en absoluto inmoral guiarse por él, siempre y cuando con ello no dañemos a otros, algo que sucede cuando personas vacías intelectualmente pero llenas de ego y ansias de poder (sus motivos tendrán) se apoderan de las instituciones. La ausencia de una desescalada de este irracional enfrentamiento se debe a la falta de crítica y de castigo por parte de los votantes ante las prácticas divisorias. Esas que consideran que lo más destacable del ciudadano reside en la papeleta que introduce en una urna cada cuatro años. 

Esta espiral de irracionalidad tiene cura, claro está. Se halla en que, por una parte, los votantes, y sobre todo los afiliados, dejen de creer ciegamente en lo que dicen sus líderes, así como de defender unas siglas para pasar a defender unas ideas de forma coherente. Por otra, los votantes no han de permitir más las mentiras de sus políticos favoritos, sino, antes bien, comenzar a penalizar prácticas que, en ausencia de castigo (como dejar de votar a quien utiliza esta antidemocrática herramienta o la crítica pública), quedarán sin consecuencia. 

Vivimos en tiempos de enfrentamiento. Los votantes de uno y otro lado, jaleados para beneficio de personas muy concretas, se detestan cada vez más entre ellos. Se acusan, por tanto, de terribles falsedades sin rigor alguno, movidos por la desesperación que produce cualquier crisis, una que, como siempre, aprovechan aquellos que no se mueven por ideales, sino por servidumbre al poder. La solución no es tan difícil como pudiera parecer a primera vista. En la mano de los propios votantes está detener esta escalada de rabia irracional y de odio, pues, como en cualquier mercado, la última palabra la tiene el cliente. No lo dejemos para otro momento, mañana será tarde.


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