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Expansión

Los altibajos financieros y económicos han desconcertado y fascinado a los pensadores económicos desde los primeros días del capitalismo. Por tanto, no debe desconcertarnos que ahora la mayor crisis económica y financiera desde la Segunda Guerra Mundial, provocada por el Covid- 19, reciba diferentes explicaciones.

Antes, cada crisis aportaba un nuevo matiz a la interpretación de esos desequilibrios, lo que siempre contribuía a dificultar su predicción. Las causas eran siempre distintas (insuficiencia de demanda, guerras, inestabilidad política en las zonas usualmente más calientes del planeta, la estanflación de los setenta, las crisis financieras, la aparición de una revolución tecnológica, etc.), pero con consecuencias análogas: aumento del paro, estancamiento económico y, en muchos casos, cambio en el modelo productivo.

¿Qué tiene de diferente la actual crisis de la pandemia? Cambios profundos en las formas de trabajar y producir, y fuertes restricciones de la demanda y de la oferta. Una ciudad con la densidad de población de Nueva York no parece que vaya a volver a la normalidad que tenía antes de la pandemia. Según la consultora CBE Richard Ellis, solamente un tercio de los trabajadores de la Gran Manzana volverán a su puesto de trabajo. En Alemania, la mayor economía de Europa, las zonas comerciales están prácticamente vacías desde mediados de diciembre.

Esta situación de parálisis comercial y económica contrasta con el comportamiento de los inversores, que siguen acudiendo de compras a los mercados bursátiles de forma alocada. Desde abril de 2020, las Bolsas de las principales plazas financieras del mundo han sido una montaña rusa ascendente, sorprendiendo que se hayan batido ampliamente los máximos absolutos acaecidos antes de la pandemia, especialmente en los índices Dow Jones, Nasdaq y DAX. Estos récords, tan espectaculares como inesperados, parecen evidenciar la divergencia entre la economía real y la financiera.

A pesar de que las incertidumbres en la economía mundial se mantienen, resulta asombrosa la velocidad de recuperación de los mercados bursátiles. Este despegue sucede a pesar de los daños causados por el brutal impacto del virus en la economía y que van a ser persistentes a corto y medio plazo. Sectores como el turismo, transporte, comercio, restauración, educación e industrias como el textil y el lujo, van a sufrir profundas transformaciones, hasta el punto de que cambiarán lo que hasta ahora se consideraba normal en el funcionamiento del aparato productivo. Además, otros cambios estructurales que vienen acaeciendo en el mundo (básicamente, digitalización y descarbonización) se han acelerado con la pandemia.

¿Qué conjunto de factores originan la enorme disparidad entre las bolsas y la economía real?

Se podrían dar varias explicaciones, pero nos vamos a referir a las dos más aceptadas: 1. La Bolsa como indicador adelantado. La Bolsa no refleja correctamente las condiciones en la economía actual, sino que se comporta como un indicador adelantado. Los compradores de acciones estarían votando a favor de que, superada la crisis, se conseguirán mayores rentabilidades ya sea vía dividendos o mediante las plusvalías generadas en la posible venta de estos activos financieros. Estos períodos convulsos en los que la Bolsa despega fundamentan la improbabilidad de una nueva recesión de las economías de los países desarrollados. Las Bolsas señalarían que estaríamos ante un escenario futuro relativamente favorable. Es más, el objetivo principal de cualquier sistema financiero es vincular las decisiones que se adoptan hoy con los sucesos que pasarán dentro de varios años. Inversores y empresarios podrían estar sopesando ahora cuánto ahorrar y gastar, si construir o no nuevas fábricas y qué tecnologías usar, decisiones que dependen de sus perspectivas del futuro.

2. La descomunal política de estímulos. Una segunda explicación es que los índices bursátiles se han disparado a consecuencia de las políticas monetarias expansivas de los bancos centrales, especialmente, y por su relevancia, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. La diferencia cuantitativa en la magnitud de los estímulos monetarios a favor de EEUU ha provocado una notable depreciación del dólar con el euro. A lo largo de 2020, la relación causa- efecto en la relación de estímulos financieros en EEUU y la explosión bursátil ha sido casi proporcional. Estas subidas de las Bolsas también han venido acompañadas por los estímulos que han supuesto las expansivas políticas fiscales. La última, el plan de 900.000 millones de dólares del Congreso de EEUU, que ha situado el Dow Jones por encima de 30.000 puntos. El retraso de la Bolsa española se explica por su elevado componente de los sectores más castigados por la pandemia, como el bancario y los servicios.

Las dos explicaciones tienen parte de verdad, si bien el peso de la segunda encierra menos incertidumbre, porque a corto plazo las subidas de las Bolsas han estado muy correlacionadas con los estímulos. Por ejemplo, la futura Secretaria del Tesoro de EEUU señaló que le parecía bien que la Fed compre activos de renta variable. Lo que mueve a ser crédulos respecto a que queda recorrido al alza en las Bolsas.

La consecuencia inmediata: tipos de interés negativos

Además, estos estímulos están provocando una enorme acumulación de deuda que va a repercutir en las variables macroeconómicas. Para financiar este festival expansivo de la demanda agregada está haciendo falta que los gobiernos de Japón, EEUU y Europa estén cobrando a sus acreedores un canon adicional, que son los tipos de interés negativos en las monedas de referencia, y que, a la larga podrían estar cerca del – 2%.

Algo así supone el quebrantamiento en la lógica existente del sistema financiero al que estamos acostumbrados: los inversores tienen que pagar por prestar su ahorro a los gobiernos o el que depositan en las entidades financieras: un interés negativo que rompe el fundamento del negocio bancario.

Esta bajada histórica de la rentabilidad sin riesgo, como puedan ser los bonos soberanos de los países con mayor solvencia (Alemania, Estados Unidos y Japón) está empujando consigo a solicitar menores exigencias de los inversores en los mercados bursátiles, a la par que sube el precio de las acciones respecto a valores históricos de referencia.

Desarrollo a medio plazo del proceso

De momento, para los mercados financieros, especialmente para los de mayor liquidez, parece que no existe otra alternativa de inversión que la compra de acciones de empresas, generalmente las de alta capitalización, que sean capaces de sobrevivir a esta la situación de incertidumbre que padecemos. La tenencia de acciones de estas empresas garantizará, por lo menos, el mantenimiento del capital.

Con estas condiciones sería de esperar que se produjera en el futuro un crecimiento de los principales índices bursátiles, siempre con oscilaciones en torno a una tendencia alcista. Podrá haber correcciones, pero no parece que se vaya a producir un descalabro bursátil. El mantenimiento de la política monetaria altamente expansiva garantizará este comportamiento alcista.


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