27
oct
Expansión

Tras un largo período de precios bastante estables, la inflación ha vuelto a cobrar fuerza y se ha convertido, otra vez, en un tema muy debatido entre los economistas. Es buen momento, por tanto, para reflexionar sobre algunas cuestiones, aparentemente muy básicas, que se dejan habitualmente de lado a pesar de su indudable relevancia. Por ejemplo, ¿cómo definimos la inflación? O, ¿cómo la medimos?

La primera cuestión parece tener una respuesta trivial; pero no es así. Casi todo el mundo piensa que la inflación es el aumento de los precios, que se mide por la variación de un índice basado en una amplia cesta de productos con ponderación diferente en función de su peso relativo en el patrón de consumo general. Pero hay otra forma de definir la inflación: la pérdida del valor del dinero. ¿Es lo mismo? En parte sí, y en parte no. Parecen coincidir ambos enfoques en que si una persona tiene un saldo de X euros en su cuenta corriente, una subida del índice de precios al consumo de un 2% significa una pérdida de poder de compra de dicho saldo. Pero, ¿en la misma cuantía? No siempre, porque el valor del dinero puede reducirse a una tasa diferente de la marcada por este índice.

Tomen ustedes cualquiera de los múltiples artículos que publica la prensa estos días sobre el tema. En él encontrarán, seguramente, referencias a lo que para las tasas de inflación supone una mayor demanda de servicios de hostelería, una energía eléctrica más cara o una escasez de bienes intermedios en determinados procesos productivos. Pero, si reflexionamos un poco, veremos que lo que estos hechos deberían producir serían cambios en los precios relativos, no en los precios absolutos. Para que se produzca inflación, en el sentido de pérdida de valor del dinero, tiene que ocurrir lo que pasa en cualquier mercado: que haya un exceso de oferta sobre demanda. Dado que la demanda de dinero está ligada –principalmente– al nivel de la actividad económica y la elasticidad de demanda-renta de dinero es bastante estable –como ocurre si no existen circunstancias excepcionales–, las variaciones del nivel general de precios tienen que estar relacionadas con la evolución de la oferta monetaria y las expectativas que genere la política de los bancos centrales. No basta, por tanto, con fijarse en sectores específicos. Hay que analizar la política de creación de oferta monetaria. Y el crecimiento de la cantidad de dinero viene siendo muy elevado desde hace ya bastantes meses. En Estados Unidos, especialmente; pero también en Europa. Si la teoría monetaria sigue teniendo un mínimo de validez, es preciso relacionar el aumento de la inflación con el crecimiento de la oferta monetaria, aunque los bancos centrales hayan dejado de utilizar ésta como una variable fundamental de sus políticas. Lo importante en estos momentos no es tanto qué componentes están elevando el índice de precios como por qué las tasas de inflación no empezaron a aumentar antes y a un mayor ritmo, dado el fuerte crecimiento experimentado por la cantidad de dinero.

Pérdida de valor del dinero

Y esta cuestión nos lleva al segundo punto antes señalado: ¿será que no estamos midiendo bien la inflación? Es evidente que no es posible construir un número índice de precios con ponderaciones de validez universal. Resulta claro que un aumento del precio, por ejemplo, de las mensualidades de los colegios afecta a los padres con hijos en edad escolar, pero no a los jubilados. O que un mayor precio del gasóleo para calefacción afecta más a una persona que viva en Ávila que a otra residente en Tenerife. Pero hay algo más. Si medimos la inflación por la evolución de un índice de precios de bienes de consumo, dejamos fuera variaciones de otros precios que pueden afectar –y mucho– al valor real de nuestros saldos monetarios. Si la gente tiene un nivel de saldos monetarios por encima del que considera óptimo y piensa que la inflación va a crecer en el futuro puede gastar más en bienes de consumo; pero puede también comprar otros activos, como viviendas o acciones en Bolsa, en la confianza de que esto les permitirá conservar mejor el valor real de su patrimonio. Si estas conductas se generalizan debemos esperar un aumento de los precios de la vivienda y de las acciones. Quien mantenga su patrimonio en dinero –en una cuenta corriente, por ejemplo– verá que el valor real de sus saldos monetarios es menor, ya que puede comprar menos acciones y menos viviendas con sus fondos. Pero esto no se refleja en los índices que habitualmente se utilizan para medir la inflación. Por ello, es posible que el índice de precios al consumo no crezca en la misma cuantía que la pérdida del valor del dinero.

La diferencia entre estas dos formas de entender la inflación no es, desde luego, meramente teórica, ya que puede condicionar de forma significativa la política monetaria. Tal vez nos hemos equivocado al dejar de considerar la evolución de la cantidad de dinero como la variable fundamental de las estrategias de los bancos centrales. Y el actual alza de la inflación puede ser el precio que estamos pagando por ello.


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