24
mar
Expansión

Estamos ya en campaña electoral, y me temo que vamos a estarlo durante bastante tiempo. A lo largo de los próximos meses –muchos y largos meses- escucharemos, sin duda, ofertas y promesas de todo tipo. Pero ningún partido nacional – hay excepciones, afortunadamente, en algunos ayuntamientos y Comunidades Autónomas- plantea hoy una rebaja generalizada de impuestos como un elemento importante de su programa económico. Y esto ocurre en un país en el que el sistema tributario es tan oneroso como ineficiente: abruma al que no puede defenderse y, encima, recauda relativamente poco.

Es cierto que, desde algunos partidos –Ciudadanos, por ejemplo- se reconoce que los tipos que pagan las rentas altas en el IRPF son muy elevados y que un mínimo de sensatez y de conocimientos de economía obligaría a reducirlos. Pero el mismo partido plantea “armonizar” los impuestos de sucesiones; lo que, en lenguaje más claro, significa subirlos en aquellas Comunidades Autónomas que los han rebajado sustancialmente. Y el candidato de Ciudadanos a la presidencia de la Comunidad de Madrid ha anunciado ya tal propósito de forma explícita; eso sí, sin presentar un solo argumento serio que justifique su propuesta. Parece que, como la tendencia va por ahí, el candidato se sube al autobús, como podría coger el tranvía en dirección contraria si los demás lo hicieran.

Es curiosa la obsesión que tiene mucha gente, que reside fuera de Madrid, de que nos suban los impuestos a los que vivimos aquí. No me extrañaría que, en el futuro, los libros de Historia, tras cantar la gloriosa lucha de los cántabros y los numantinos contra el invasor, incluyan en el mismo capítulo a los heroicos madrileños que defendieron la supresión de los impuestos de patrimonio y sucesiones. Lo malo es que, al paso que vamos, los defensores podemos acabar tan mal parados como nuestros bravos antepasados.

Lo que dicen sobre los impuestos partidos como Izquierda Unida o Podemos es bien conocido y creo que no merece la pena prestarles mayor atención. Más me inquieta, sin embargo, el borrador de programa económico, muy escorado a la izquierda, que ha presentado recientemente el PSOE en las páginas de este periódico. Y lo considero realmente preocupante porque el PSOE, aunque no se encuentre ciertamente en su mejor momento, sigue siendo un partido muy importante en este país y puede desempeñar un papel relevante en la formación del próximo gobierno nacional y, a más corto plazo, en la elección de muchos alcaldes y algunos presidentes de Comunidades Autónomas.

Cajas de ahorro

Junto a la propuesta ya habitual de crear una banca pública potente, procurando –supongo- olvidarse de lo que en España han hecho muchas cajas de ahorro, en las que los partidos, sindicatos y demás fuerzas vivas de la nación estaban representados y gestionaban como todos sabemos, el PSOE sigue con la idea de modificar el artículo 135 de la Constitución –es decir, el artículo que, con mayor o menor fortuna, intenta que las finanzas públicas estén equilibradas- y que, por cierto fue propuesto por el propio PSOE, aunque ahora digan los contrario. Pero lo más interesante, en mi opinión del programa son sus propuestas fiscales. Lo que, en este tema, el portavoz de economía ha presentado es un ataque en toda regla al contribuyente. Además de realizar las consabidas críticas a la política fiscal de la Comunidad de Madrid por bajar impuestos, el PSOE plantea aumentar sustancialmente la presión fiscal no sólo sobre los patrimonios, sino también sobre las rentas; y, para ello, pretende incluso inventar rentas imputadas – a los propietarios de participaciones en fondos de inversión- aunque éstos no hayan generado renta alguna ni el inversor haya ingresado ninguna ganancia de capital. No es preciso decir que tal persecución al ahorrador puede tener como efecto no sólo una caída significativa de las tasas de ahorro en un país muy endeudado y que necesita recursos financieros; sino también la salida de muchos capitales del país y la deslocalización de actividades económicas.

Es cierto que, por estas tierras, no se pueden tomar muy en serio los programas electorales de los partidos políticos –de uno y otro bando- que, con frecuencia son incumplidos cuando el partido en cuestión gana unas elecciones. Y en el caso del PSOE puede mencionarse un precedente interesante. Quienes tenemos ya algunos años recordamos bien el programa con el que este partido se presentó a las elecciones del año 1982, que ganó con una fuerte mayoría. Era un programa radical, socialista de verdad. Pero gran parte de lo que allí se proponía, afortunadamente, nunca fue llevado a la práctica. Algo similar podría ocurrir ahora, en el caso de que el PSOE ganara las elecciones o, al menos, aunque no fuera el partido más votado, de que fuera capaz de formar alianzas que le permitieran gobernar en coalición con los partidos de la izquierda; con Podemos en concreto, que parece que va a convertir a Izquierda Unida en un partido marginal. Si así fuera, el PSOE tendría muchas dificultades para retroceder y no aplicar sus propuestas, aunque muchos de sus dirigentes quisieran hacerlo. Y esto sería un problema serio. Para el partido, en primer lugar; pero también para la economía española.


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