30
jul

Casi ochenta años después del hundimiento de la Bolsa de Nueva York en 1929 y de la Gran Depresión de los años 30, el mundo se vio afectado por una nueva grave recesión, la más importante en tiempos de paz desde aquellas fechas. Aunque la crisis tuviera su origen inmediato en el sector financiero de Estados Unidos, la caída de la actividad económica se extendió por todo el mundo. Y en muchos países -entre ellos el nuestro- puede hablarse de una década perdida para el crecimiento, ya que se tardaría bastantes años en recuperar los niveles de producción y renta anteriores a 2007.

¿Cuál fue la causa de la crisis? Como siempre ocurre en estos casos, las opiniones son muy diversas. Algunos vieron en ella lo mismo que sus abuelos habían visto mucho antes en la Gran Depresión: un síntoma claro del agotamiento del capitalismo y la necesidad de sustituirlo por un nuevo modelo basado en el socialismo y el control estatal de la economía. Sin llegar a una visión tan radical del problema, muchos consideraron culpable de la crisis a la falta de regulación del sector privado, especialmente en el mundo financiero y reivindicaron un mayor nivel de control público. La derogación de la ley Glass-Steagall -que había sido aprobada en 1933, en los peores momentos de la depresión- fue considerada por algunos como un gran error, que había permitido la especulación sin límites que habría generado la crisis. Los datos, sin embargo, no confirman esta teoría, ya que la crisis comenzó en el mercado de préstamos hipotecarios, un sector fuertemente regulado, que habíaseguido políticas irresponsables con el apoyo explícito del gobierno norteamericano. Un último tipo de explicaciones culpan a las políticas públicas, y en especial a las políticas monetarias, que fueron demasiado expansivas durante demasiados años, fomentando la creación de burbujas en la Bolsa y en el mercado inmobiliario que, en un momento determinado estallaron y hundieron la economía.

Como casi siempre ocurre también, la política y la opinión pública se orientaron a una mayor intervención del Estado para resolver el problema. La regulación del mercado financiero se incrementó de forma significativa; y la sombra de Keynes, que había permanecido oculta durante muchos años, pasóa desempeñar de nuevo un papel protagonista inspirando aumentos del gasto público y déficits presupuestarios muy elevados. Si algo caracteriza a la política económica es el cambio de paradigma cada vez que se desencadena una crisis; lo que lleva a considerar que lo que se había hecho en los años inmediatamente anteriores era un error; es decir, exactamente lo mismo que se había dicho años antes cuando se rechazaron esas políticas cuyas virtudes ahora se redescubren.

España fue uno de los países europeos más afectados por la recesión. No tendría sentido, sin embargo, utilizar la crisis para defender una supuesta singularidad económica española, que llevaría a rechazar las políticas que otros países europeos aplicaron con éxito; es decir, las tan denostadas medidas de “austeridad”, que en realidad fueron mínimas aquí. Si analizamos las principales variables macroeconómicas, vemos que, en muchas de ellas -disminución de la renta nacional, caída de los índices bursátiles o bajadas de precios en el sector inmobiliario- los datos de nuestro país en los años de crisis se parecen bastante a los de las otras naciones europeas. Pero es cierto que estas semejanzas se debilitan cuando consideramos dos cuestiones de gran importancia: el paro y el déficit público. En lo que al desempleo hace referencia, pasamos en España de un nivel cercano al 8% en 2007 a una tasa que superó el 26% en 2012. Y lo que es aún más llamativo: mientras la economía se recuperaba a buen ritmo a partir de los años 2014-2015, la tasa de paro caía de forma muy insatisfactoria y en 2019 se mantenía en el 14%, la segunda más alta de Europa, en una economía que llevaba creciendo cinco años de forma sostenida. Algo similar podríamos decir del déficit público. Nuestro déficit alcanzó su punto más alto en 2009, año en el que llegó a ser del 11% del PIB. Y luego se redujo con muchas dificultades. Hasta el punto de que en 2019 era todavía del 2,7% del PIB, mientras Alemania y otros países europeos con menores tasas de crecimiento que nosotros llevaban ya varios años de superávit en sus cuentas públicas. La recuperación, por desgracia, duró poco. La crisis del coronavirus amenaza con una nueva gran depresión… y vemos que España ha entrado en ella sin haber resuelto ninguno de los dos grandes problemas que dejó pendientes en la anterior recesión.


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