13
mar
Expansión

La carta que más de sesenta diputados conservadores británicos han enviado a la primera ministra constituye, sin duda, una muestra más de la división que existe en su partido con respecto a la forma de hacer efectivo el Brexit. Pero plantea también algunas cuestiones interesantes de política económica, que van más allá del caso concreto y pueden suscitarse cada vez que un país decida abandonar una unión aduanera en la que estaba integrado. Además de presentar algunas reivindicaciones de carácter nacionalista en relación con la forma de llevar a cabo las negociaciones con la Unión Europea, los firmantes del documento insisten en un punto importante: Gran Bretaña debería tener capacidad para suscribir de forma independiente sus acuerdos comerciales internacionales, incluso en el período de transición, que se prevé que dure dos años.

Pero, al margen de lo que pueda ocurrir en tal período transitorio, lo verdaderamente relevante es lo que va a hacer Gran Bretaña con su comercio exterior una vez que recupere la autonomía a la que renunció al pasar a formar parte la unión aduanera europea en 1973. Uno de los principios básicos de la teoría de la integración económica internacional establece que los procesos de esta naturaleza tienen un doble efecto para cada uno de los países que lo llevan a cabo. El primero es un efecto de creación de comercio: al pasar a formar parte de un espacio económico más amplio, el comercio que se realiza con los nuevos socios crece, lo que es muy positivo para la economía de la nación. Pero existe un segundo efecto, esta vez negativo para el crecimiento económico: como consecuencia de la integración, el país experimenta una desviación de su comercio y pasa de poder importar de los países más eficientes del mundo a comprar en los países más eficientes de la nueva área económica. Tras su ingreso en la Comunidad Económica Europea, Gran Bretaña vio crecer su comercio con sus nuevos socios. Pero también tuvo que desviar comercio; y un buen ejemplo fueron sus importaciones de productos agrarios. Los datos indican que los efectos positivos de la creación de comercio fueron mucho más importantes que los negativos de la desviación, por lo que la economía británica resultó, en su conjunto, muy beneficiada. Pero esto no significa que los efectos negativos fueran irrelevantes.

El Brexit puede generar, lógicamente, los efectos contrarios. Es razonable pensar que las relaciones comerciales británicas con la UE se van a ver afectadas en sentido negativo. Pero es cierto también que se abren al país nuevas vías de comercio con otras regiones del mundo. Y, en este caso, el saldo neto de los efectos positivos y negativos va a depender de la vía por la que finalmente se oriente Gran Bretaña, cuestión que hoy no está resuelta en absoluto.

Intereses contrapuestos

La incertidumbre se debe, básicamente, a que en el voto favorable al Brexit coincidieron grupos con intereses muy diversos y, en algunos casos, abiertamente, contrarios. Por un lado, estaba el nacionalismo tradicional, para el cual la cuestión económica no era, seguramente, el aspecto más relevante. Por otro, los liberales críticos de los excesos regulatorios e intervencionistas de Bruselas, que desean una economía más libre y abierta al mundo. Y, por fin, no se puede olvidar que un voto decisivo a favor del Brexit fue el de los trabajadores industriales, en especial del norte de Inglaterra, cuyo principal objetivo era conseguir que dejaran de llegar inmigrantes de otros países, en especial de Europa del este, que, en su opinión, han contribuido a impedir la subida de sus salarios y la mejora de sus condiciones laborales. Lo que esta tercera pata del voto antieuropeo busca es, por tanto, incompatible con los planteamientos de los liberales; entre otras cosas, porque si se van los trabajadores extranjeros y hay libre comercio internacional, muchas fábricas se irán con ellos. Y la siguiente petición será, por tanto, restringir el comercio internacional, que es lo que abiertamente dicen hoy Le Pen, Trump y una parte significativa de la izquierda europea. Y, si tal planteamiento tuviera éxito, aunque fuera sólo parcialmente, el futuro de la economía británica sería bastante oscuro.

Como han señalado algunos economistas, la conclusión lógica del Brexit debería ser una más intensa desregulación de la economía britá- nica, acompañada por una mayor apertura internacional. Porque si los efectos perjudiciales de la salida de Europa no se ven compensados por una economía más libre y globalizada, los resultados netos de abandonar la Unión serán claramente negativos. ¿Estarán dispuestos a aceptar tal conclusión los actuales líderes laboristas? Mucho me temo que no. Paul Blomfield, el ministro en la sombra para el Brexit, ha tachado de fanáticos a los diputados conservadores rebeldes y ha afirmado que las negociaciones deben “proteger la economía y los puestos de trabajos británicos”. No sabemos muy bien cómo pretende hacerlo; pero no parece que abrir al mundo la economía del país sea precisamente su fórmula. Gran Bretaña se enfrenta, por tanto, a una decisión importante. Y pronto quienes allí viven se darán cuenta de que el problema real no era Brexit o no Brexit, sino qué hacer cuando el país esté definitivamente fuera de la UE.


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