29
jul
Expansión

Junto a la gripe de 1918 y la actual pandemia del coronavirus, el sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) ha sido, sin duda, uno de los grandes problemas sanitarios del siglo xx, cuyos efectos llegan hasta nuestros días. La enfermedad empezó a ser conocida en 1981; pero sabemos que es muy anterior. Su origen está en primates del África central que transmitieron el virus a los seres humanos en una fecha que se estima situada en las décadas iniciales del siglo. El primer caso registrado de la enfermedad se sitúa en el Congo en 1959. Y tenemos datos que demuestran que se extendió por África, pasando desde allí a Haití y dando más tarde, el salto a Estados Unidos, donde se piensa que se encontraba ya a finales de la década de 1960. En 1981 fue reconocido como una nueva entidad patológica.

La enfermedad se extendió rápidamente. El hecho de que se transmitiera -principal, aunque no únicamente- a través de la relaciones sexuales, y que el grupo en el que ha tenido mayor incidencia haya sido el de los homosexuales dio, desde el primer momento, rasgos especiales a la pandemia. Frente a ella se manifestaron, en efecto, tanto organizaciones de homosexuales como grupos religiosos, en unos casos para defender sus prácticas y, en el otro, para condenarlas y restringirlas como el mejor método para luchar contra el contagio. Si una persona ha representado al enfermo de sida en los medios ésta ha sido, seguramente, el actor norteamericano Rock Hudson, cuya homosexualidad, aunque no totalmente desconocida, había sido ocultada durante muchos años a la opinión pública.

Las investigaciones sobre la nueva patología empezaron pronto y a ellas se dedicaron amplios recursos económicos. Ya en fecha tan temprana como 1983, el virólogo francés Luc Montagnier consiguió aislar el virus, descubrimiento por el que conseguiría el premio Nobel de Medicina cinco años más tarde. Se calcula que, desde 1981, más de setenta y ocho millones de personas han sido infectadas del virus y que, aproximadamente, la mitad de esta cifra han fallecido como consecuencia de él o de enfermedades con él relacionadas. Por otra parte, cada año se realizan estimaciones internacionales sobre el número de personas que viven con el virus del sida en el mundo. Las investigaciones indican que la cifra está hoy por encima de los treinta y cinco millones, de los cuales menos de la mitad reciben tratamiento médico.

No es sorprendente. Pese a la imagen que tiene el sida de ser una enfermedad que afecta principalmente a los homosexuales de los países ricos, lo cierto es que la gran mayoría de quienes sufren la pandemia se encuentra en el África subsahariana, una de las regiones más pobres del mundo, en la que los servicios médicos son todavía muy limitados. Un ejemplo de esta disparidad de cifras lo podemos obtener de los datos españoles. Se estima que en nuestro país han fallecido por sida, desde el comienzo de la enfermedad, unas sesenta mil personas, de las cuales el 81% han sido hombres y el 19% mujeres. Esto supone, aproximadamente, el 1,5 por mil del total de fallecidos en el mundo.

Pues bien, dado que la población española supone hoy poco más del 6 por mil de la población mundial, esto significa que la incidencia de la enfermedad en nuestro país no ha sido, ciertamente baja en términos absolutos; pero sí lo ha sido en términos relativos frente al resto del mundo. Los efectos económicos de esta plaga son difíciles de estimar con precisión. Pero no cabe duda de que van mucho más allá de los estrictos costes de atención médica, especialmente en algunos países africanos, en los que, al margen del elevado número de muertos, existen muchas personas que han quedado para siempre incapacitadas para el trabajo, algo especialmente grave en naciones en las que la asistencia social es también muy precaria.

No se ha conseguido encontrar aún una vacuna eficaz para prevenir el sida. Pero los avances realizados para aumentar la esperanza de vida de los enfermos y su calidad de vida han sido muy, notables. Si bien, como se ha apuntado antes, por desgracia en muchos países tales tratamientos médicos no alcanzan a la gran mayoría de los afectados. La lucha contra el sida no está hoy, ciertamente, en las primeras páginas de los periódicos. Pero es una batalla que la humanidad todavía tiene que ganar.


Leave your comment