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Expansión

Menos de veintiún años habían transcurrido desde la firma del armisticio de noviembre de 1918 con el que terminó la Primera Guerra Mundial cuando Europa se vio envuelta en un nuevo conflicto, que acabaría extendiéndose por todo el mundo, y cuyos efectos serían aún peores que los de la anterior contienda. Aunque la ruptura de hostilidades se venía pronosticando desde hacía algún tiempo, la causa inmediata fue el ataque de Alemania a Polonia, tras haber llegado a un acuerdo con la Unión Soviética para repartirse su territorio. Gran Bretaña y Francia declararon pocos días después la guerra a Alemania.

Las operaciones empezaron de forma muy favorable para los alemanes. Tras una rápida y exitosa intervención en Polonia, el frente occidental se estabilizó durante algún tiempo, período que los franceses denominarían con la curiosa expresión drôle de guerre (la guerra de broma o ilusoria). Pero en marzo de 1940 Alemania lanzó su ofensiva en el oeste, que tuvo como resultado la ocupación de Bélgica y Holanda y la derrota de Francia en el mes de junio. Gran Bretaña, sin embargo, resistió bien. En 1941, las cosas empezaron a cambiar. En primer lugar, porque Alemania atacó a la Unión Soviética, abriendo un frente que duraría varios años y que terminaría en desastre para los germanos. Y, además, porque en diciembre Japón atacó a los EEUU, lo que llevó la contienda a Asia y al Pacífico y, sobre todo, significó la entrada en la guerra del que ya era el país más poderoso del mundo.

Los contendientes se organizaron en dos bandos. El primero, el denominado Eje, formado por Alemania, Italia y Japón; y el segundo, los denominados Aliados, con EEUU, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia como países más importantes. El conflicto se iría tornando cada vez más favorable a éstos últimos, con un potencial muy superior en hombres y recursos materiales. En 1945 terminó la contienda con la derrota de las potencias del Eje.

Causas de las bajas

La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto bélico más sangriento de la historia. Se calcula que más de sesenta millones de personas murieron en ella. Todos los países beligerantes tuvieron que lamentar muchas bajas; pero no en la misma medida, siendo la Unión Soviética, China y Alemania los países con mayor número de víctimas. Y la población civil sufrió especialmente. Por una parte, los campos de exterminio incidieron en buena medida en los no combatientes. Y, por otra, el uso sistemático de nuevas armas afectó de forma notable a estas personas. El empleo de la aviación para bombardear ciudades que no eran objetivo militar en sentido estricto fue una de las decisiones más lamentables que se tomaron en aquellos años. Fueron los alemanes los que empezaron realizando bombardeos masivos en las ciudades británicas; pero el número de bajas que causaron fue relativamente pequeño, al menos si se lo compara con los resultados de los bombardeos norteamericanos y británicos en Japón y Alemania. Uno de los actos más crueles de la guerra fue, sin duda, el lanzamiento de las dos primeras bombas atómicas de la historia sobre Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades sin interés estratégico. El propósito del bombardeo no fue destruir objetivos militares, sino presionar al gobierno japonés para una inmediata capitulación. La bomba de Hiroshima mató a más de ciento sesenta mil personas y la de Nagasaki a más de ochenta mil. Nunca en la historia se había visto una catástrofe semejante en solo dos acciones militares. Pero también en Europa hubo bombardeos terribles. Un solo ejemplo: pocas semanas antes del final de la contienda, los bombarderos norteamericanos y británicos arrasaron la ciudad alemana de Dresde, que estaba prácticamente indefensa. Se calcula que en tres días de febrero de 1945 murieron en la ciudad unas veinticinco mil personas, la gran mayoría civiles y refugiados.

Los daños no terminaron en Europa con la capitulación de Alemania en mayo de 1945 y la de Japón en agosto del mismo año. El replanteamiento de las fronteras obligó al desplazamiento forzoso de millones de personas con unos costes humanos muy altos. Y pronto la guerra fría volvería a dividir el mundo en dos bandos irreconciliables. Hubo suerte y la Tercera Guerra Mundial no llegó a producirse. Tal vez el miedo a los efectos de las armas nucleares impidió lo que habría sido una nueva tragedia de dimensiones inimaginables. No se consiguió, ciertamente, algo que pudiera denominarse una paz estable. Pero, al menos, no se llegó a la catástrofe total. 


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