21
may

Al final, 15 días más. ¿Será la última vez que se prorrogue el estado de alarma? Quién sabe. Lo de este gobierno es pura improvisación. Lo malo es que eventualmente acabas tirando por tierra tus anteriores afirmaciones.

Primero, llamaron racistas a los diputados de la “extrema extrema derecha” por proponer vigilar a los pasajeros de China e Italia y, más tarde, por sugerir la prohibición de los viajes procedentes de tales países, antiguos focos de infección. Más tarde, se vieron obligados a hacer lo propio. Algo parecido ha ocurrido con las mascarillas, de las que al principio aseguraban que no eran necesarias y que ahora imponen como obligatorias. Sus seguidores lo van a tener difícil para defender estas idas y venidas. Debe de resultar complicado abogar por una idea un día y, al siguiente, por la contraria. Sin embargo, la mezcla de oportunismo y ceguera de los acérrimos cheerleaders de este Ejecutivo no les impide andar en este vaivén continuamente. Haga lo que haga el Gobierno, estará bien, de ahí que algunos crean el CIS de Tezanos… Al final, va a resultar cierto que la tiranía más severa es la pasión.

Nuestro espectacular Gobierno se ha tomado la licencia de extralimitarse en el ejercicio de los poderes que el estado de alarma le concede, adoptando la dura decisión, por ejemplo, de prohibir la libre circulación de personas en áreas comunes de un mismo edificio. También han creído oportuno, por ejemplo, aprovechar la oportunidad para dar 15 millones de euros a medios de comunicación afines, no responder a la prensa sobre aquello que no les resulta conveniente, y un largo etcétera acerca del que se podría hablar largo y tendido. Y, por supuesto, siguen en sus trece quienes afirman que la pandemia “no se podía prever”. No, no se podía. ¿Para qué mirar a Italia o Corea del Sur? ¿Por qué creer los datos de una de las dictaduras más represivas del mundo (y de la que este Gobierno empieza a tomar nota)? Una de las desgracias de nuestro tiempo es que a la mayoría le importa más lo que se siente – o se aparenta sentir -, aun con palabras vacías, que lo que se hace. La victoria de la intención contra los resultados: un suicidio.


Se ha utilizado el estado de alarma para pactar, nada menos que con Bildu, la derogación de la reforma laboral


Lo que al inicio parecía una caída libre sin frenos se ha visto interrumpido por la espontánea manifestación de los españoles, empezando por Núñez de Balboa hasta llegar a barrios de todas las clases, aunque algunos prefieran atribuir las protestas solo a los ricos (que tienen tanto derecho a manifestarse como los demás). El Gobierno de España, formado por una mezcla de socialistas y comunistas apoyados por separatistas que en ningún momento han buscado el bien para los españoles en su conjunto, ha llamado a investigar a los promotores de las caceroladas y de las protestas. Es de manual, de primero de autoritarismo. La oposición no se respeta. No se dialoga con ella, solo se la combate. Y con ventaja, por supuesto. Además (sí, aún quedan hazañas que remarcar), se ha utilizado el estado de alarma para pactar, nada menos que con Bildu, la derogación inminente de la reforma laboral. Si esta idea ya es pésima de por sí, lo es más en plena crisis económica, en la que España va a convertirse en uno de los países más afectados, probablemente el que más de la zona euro. 

Sin embargo, este Gobierno no se va a detener ante nada. El problema no radica solo en Sánchez e Iglesias, sino en toda la camarilla que les ha seguido el juego por beneficio propio y que ha permitido brutales atropellos a las libertades de los españoles, así como la muerte, según varios estudios, de más de 40.000 compatriotas. Entre tales abusos, se encuadra la campaña antidisidencia propia de cualquier tirano. 

Entre tanto, un ciudadano de Madrid que participaba en una cacerolada ha sido agredido y, según apuntan varias fuentes, apuñalado por autodenominados “antifascistas” dispuestos a “plantar cara”. El fanatismo se abre paso, sobre todo en momentos de crisis como los que vivimos. Y eso siempre resulta peligroso. Solo la unidad de los españoles que se resisten a la destrucción de aquello que aman, de su vida, de su patria y de su libertad, podrá detener lo que ya ha acabado con no pocas naciones. Nadie está exento de peligro y no se puede aupar ni lo más mínimo a quienes creen, como dice la famosa contracampaña, que encerrados sois libres.


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