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Hace poco más de una semana, se aprobó en China el decimocuarto Plan de Desarrollo Quinquenal por parte de la Asamblea Nacional Popular, con 2.873 votos a favor, 12 abstenciones y 11 votos en contra. Este plan quinquenal llega en un momento en el que las grandes cifras de crecimiento del PIB quedan atrás para la economía china, y no tanto a causa de la pandemia, sino más bien por su propio desarrollo y evolución socioeconómica. El documento abandona asimismo el modelo de planificación directa y cuotas de producción heredado de la URSS y pasa a establecer “únicamente” unas líneas productivas generales y una serie de objetivos. Estos últimos sirven para mostrar las intenciones a nivel estratégico de China y las prioridades del gobierno de Xi Jinping en lo que respecta al área económica, que, en el caso del gigante asiático, suele ir estrechamente ligada a la geopolítica.

Dicho plan, como su propio nombre indica, marca la senda que debería seguir la economía nacional a lo largo de los próximos cinco años. Para medir la consecución de objetivos, se desarrollará en torno a veinte indicadores que se repartirán a su vez bajo cinco secciones: bienestar popular, innovación, desarrollo, seguridad y sostenibilidad. Si algo llama la atención de dicho plan son dos cuestiones. En primer lugar, que no se centra estrictamente en la recuperación de la crisis causada por la covid, sino en las metas de desarrollo de la economía china a medio plazo, debido a que su economía fue la única del mundo que en 2020 registró una tasa de variación del PIB positiva: un crecimiento del 2,3%. En segundo lugar, cabe resaltar que dicho plan no incorpora ningún objetivo específico en referencia al PIB ni a su tasa de crecimiento, mientras que el anterior (2016-2020) establecía claramente que la economía china debía crecer de media un 6,5% en el mencionado periodo. Debemos ser conscientes de los problemas estructurales que presenta la economía del país asiático, al menos a corto plazo. Aunque algunos de ellos (como el nivel de deuda, que alcanza ya el 280% del PIB) no deberían constituir un gran impedimento para el desarrollo, sí podrían suponer un palo en la rueda del crecimiento, ralentizando sus tasas respecto a las registradas en los últimos años. Aun así, para el año 2021, sí se ha fijado una meta de crecimiento del PIB del 6%, tal y como anunció el primer ministro chino hace unos días.


Primar lo cualitativo sobre lo cuantitativo muestra la voluntad china de mirar a las potencias occidentales cara a cara


Resulta muy llamativo el predominio de objetivos e indicadores cualitativos sobre los cuantitativos, tales como la innovación, el desarrollo o la sostenibilidad, que priman sobre una cifra concreta de crecimiento o empleo. Esto se podría interpretar como el deseo y voluntad del gigante asiático de consolidarse como una de las economías líderes del mundo a nivel de desarrollo socioeconómico, hasta convertirse en una sociedad de futuro que pudiera mirar de tú a tú a Occidente. Es de esperar que la economía china domine el mundo en la próxima década, aun cuando se redujeran enormemente sus tasas de crecimiento. Pongamos un ejemplo práctico para ver la dimensión del asunto. Imaginemos que la economía china creciera a un 4,5% de media en los próximos años (muy por debajo del aumento registrado en los últimos 40 años). Pues bien, a este ritmo, tardaría tan solo 15 años y 6 meses en doblar el tamaño de su PIB actual. Por su parte, si EE. UU. creciera a una media del 2,5% anual, le costaría 28 años doblar el tamaño de su economía. Ahí se halla la raíz del asunto.

El plan quinquenal chino pretender solidificar las bases de crecimiento y desarrollo para el futuro, asegurando así la hegemonía mundial del país a nivel tanto económico como geopolítico. Si bien es cierto que el escenario a medio plazo encierra una enorme incertidumbre para China respecto a sus relaciones comerciales y su integración en las diversas instituciones multilaterales.

Si hay algo a lo que el plan quinquenal presta especial atención es al desarrollo tecnológico. El Gobierno chino propone aumentar la inversión en I+D a un ritmo del 7% anual, una tasa no llamativamente elevada si tenemos en cuenta que, desde finales del siglo pasado, el crecimiento de esta no ha bajado del 8% anual. Actualmente, la economía china destina un 2,4% de su PIB a I+D, una cifra notablemente superior a la de muchas potencias occidentales. Aun así, el cambio relevante, y que corrobora la renovada y acrecentada apuesta de China hacia la inversión tecnológica, radica en el hecho de que esta se destinaría exclusivamente a empresas consideradas como estratégicas, es decir, las relacionadas con sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores, la neurociencia, la información cuántica o la exploración del espacio, por mencionar solo algunas.

Otro de los puntos a destacar del plan quinquenal reside en el diseño de un nuevo modelo económico, denominado como “sistema de doble circulación”, que consistiría en una sustitución de importaciones, junto a un mayor impulso de la demanda interna a través de incentivos al consumo por parte del Gobierno, y políticas proteccionistas de cara al mercado exterior. A la par, otro de los objetivos de dicho plan pasaría por potenciar la productividad para asegurar así una sólida base de cara a la expansión económica. Dicho objetivo es prácticamente esencial si se pretende lograr una tasa de crecimiento cercana al 4% de media en los próximos años, debido sobre todo a la baja natalidad del país respecto a sus estándares tradicionales junto al problema del envejecimiento poblacional.

Tal y como se puede observar a partir de la descripción del plan quinquenal del Gobierno chino, dicha estrategia de desarrollo económico busca, no solo unas bases más fuertes y sostenibles para el crecimiento del gigante asiático, sino también unas que, a la vez, garanticen estabilidad política al Gobierno de Xi Jinping, a través de una evolución socioeconómica más equitativa y perceptible para toda la sociedad china.


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