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jul
Expansión

Uno de los hechos más notables de la historia del siglo XX es, sin duda, la recuperación de las economías de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. En 1945 Europa era un continente devastado y poca gente podía imaginar los niveles de prosperidad que se alcanzarían años más tarde. Especialmente llamativo es el caso de la economía alemana. A diferencia de Gran Bretaña o Francia, Alemania era un país derrotado y sometido a la ocupación militar de las cuatro potencias vencedoras, con una economía en una situación mucho peor que la de sus antiguos rivales. Además, sus fronteras habían sido modificadas de forma arbitraria y millones de personas habían sido expulsadas de sus pueblos y ciudades de origen. Esta masa de emigrantes se unía a otros muchos millones de hombres y mujeres que, además de haber sufrido la pérdida de numerosos parientes y amigos, se habían quedado sin casa y no tenían, materialmente, nada. Sin embargo, algunos años más tarde, la nación se había puesto de nuevo en pie, su economía crecía a tasas envidiables y había sentado las bases para convertirse en el país más importante de Europa. El diario inglés The Times denominó este increíble cambio “el milagro alemán”. Era el año 1950 y el término pasaría a formar parte de la historia de la economía de nuestros tiempos.

¿Por qué se produjo este “milagro”? Podemos hablar, ciertamente, de que el pueblo alemán es trabajador y disciplinado; de que el plan Marshall ayudó a la reconstrucción del país, o de que, como se apuntó en el artículo anterior, los aliados no repitieron la nefasta política que se aplicó a la Alemania derrotada en 1918. Pero es evidente que a estas explicaciones les falta algo. Los alemanes del este, que vivieron muchos años bajo la ocupación soviética, también eran trabajadores y disciplinados y nunca lograron nada parecido a lo que consiguió la República Federal; y muchos países recibieron ayudas del Plan Marshall -en cuantías muy superiores en algunos casos- y obtuvieron, sin embargo, resultados muchos menos brillantes. La política económica también fue importante para explicar el éxito; muy importante. Y el protagonista de esta historia fue Ludwig Erhard.

Erhard había nacido en Baviera en 1897. Estudió comercio y economía; y nunca se había dedicado a la política antes de la guerra. En 1945 era catedrático en Múnich y consejero del gobierno militar norteamericano de ocupación. El mismo año fue nombrado ministro de Comercio e Industria de Baviera. En 1948 se hizo cargo de la economía de lo que entonces se denominaba la “trizona”, es decir, toda la Alemania no ocupada por las tropas soviéticas, que en 1949 constituiría la nueva República Federal Alemana. Fue en 1948 precisamente cuando se sentaron las bases del “milagro” económico. En muy poco tiempo, Erhard realizó la reforma monetaria que creó el nuevo marco alemán; y además, de un día para otro, suprimió la mayor parte de los numerosos controles de precios y regulaciones que existían en la economía alemana y eliminó las cartillas de racionamiento. Es conocida la anécdota del general Clan, jefe de las fuerzas de ocupación norteamericanas, quien, preocupado por lo que estaba ocurriendo, le dijo a Erhard con respecto a estas políticas: “Todos mis asesores me dicen que sus medidas son desaconsejables en estos momentos”. Y éste le respondió: “Es curioso. Los míos me dicen lo mismo”.

Pero la reforma salió adelante y el resultado fue espectacular. La economía empezó a funcionar y el crecimiento fue tan rápido que, a finales de la década de 1950, Alemania tenía ya una renta per cápita mayor que la de Francia. Y en 1965 había superado a Gran Bretaña, el país que había ganado la guerra y que más ayudas de todo tipo había recibido de los Estados Unidos.

Keynes afirmó que las ideas de los economistas, tanto cuando son correctas como cuando son erróneas, tienen más importancia de lo que la mayoría de la gente cree. La política económica alemana de la posguerra no fue definida ni ejecutada por intereses de grupo sino por la fuerza de una idea: reconstruir el país desde la economía de mercado. Seguramente el auténtico milagro no fue el éxito de las reformas sino conseguir aplicar principios económicos liberales en una situación tan difícil. La prosperidad fue la consecuencia.


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