04
sep
El Mundo

Que nadie se engañe, mostrarse indiferente con las noticias que escuchamos sobre Hong Kong no desvanece la amenaza que supone para nuestra libertad. El ataque a los derechos civiles de los hongkoneses afectará a largo plazo a los países occidentales. La propuesta de una ley de extradición que permitiría que se les juzgara en el continente chino constituye una grave agresión, porque los criterios de la Justicia resultan muy distintos a cada lado de la frontera. Esta violencia de Estado pasará factura a las naciones libres, ya que ese despotismo acabará expandiéndose por técnicas más sutiles que las armas, aparte que éstas cuenten siempre como un elemento disuasorio tácito (China posee el segundo ejército más fuerte del mundo).

Hong Kong, una isla de solo 80 kilómetros cuadrados (el tamaño de Formentera), alberga el cuarto mercado bursátil mayor del mundo, tras Nueva York, Tokio y Londres. Su población es de 7,4 millones, y su PIB per cápita, cinco veces mayor que el de China continental. Sin embargo, la importancia relativa de esta Región Administrativa Especial ha ido descendiendo desde que, en 1997, se desvinculó de Reino Unido. En 1993, Hong Kong suponía el 27% del PIB chino, mientras que ahora no alcanza el 3%. Sin embargo, el peso económico de la ex colonia británica continúa resultando considerable: más del 60% de la inversión extranjera en China entra por la isla.

Por tanto, no es la economía de Hong Kong lo que debiera preocuparnos, sino la transcendencia a futuro que reviste la vulneración de la cláusula del acuerdo firmado por Zhao Ziyang y Margaret Thatcher, que dice así: «Los actuales sistemas sociales y económicos permanecerán inalterados, así como su estilo de vida». El compromiso del Gobierno chino fue que respetaría el principio de yiguo liangzhi, esto es, un país, dos sistemas.

Si Pekín traspasa su legislación a Hong Kong, sus métodos de alienación colectiva harán que los ciudadanos de esta isla dejen de ser libres. En caso de que los hongkoneses se les resistieran, el Gobierno aplicaría el sistema que ha dado resultado en Macao. Esta ex colonia portuguesa se muestra sumisa a los deseos de Pekín, pues, si no lo fuera, al depender del continente, el Ejecutivo chino los condenaría a la miseria. Este tiene tanto poder porque las cifras económicas (segundo mayor PIB del mundo y un crecimiento en 2018 del 6,6%) les ha permitido mejorar el bienestar de su gente, y son demasiados quienes prefieren ceder libertad a cambio de poseer un mayor confort material.

Si hasta hace unos lustros China copiaba tecnología a Occidente, ahora, en muchas áreas cruciales, como la inteligencia artificial, va por delante. Lo peor de esta eficiencia cibernética radica en la capacidad de influir que otorga a quien la pone a su servicio. Las herramientas de que dispone el Gobierno chino analizan sistemáticamente la información personal de sus ciudadanos, lo que le permite clasificarlos y tratarlos de acuerdo a su sintonía con la ideología oficial del régimen.

Uno de estos tenebrosos instrumentos son los sistemas de vigilancia basados en el reconocimiento facial. El gigante asiático aspira a convertirse en el país con más cámaras por habitante (se estima que, en 2020, alcanzarán una por cada siete). Esto implica que, en las principales ciudades, las autoridades tienen capacidad para registrar el 100% de los rostros, bajo la coartada de identificar a individuos peligrosos o a quienes quebrantan las normas. Sin embargo, la tecnología ha avanzado hasta un inquietante punto en el que permite detectar, no a infractores de tráfico, sino emociones o intenciones a través de los rictus de la cara. Conscientes de ello, los hongkoneses están aderezando su insurrección con punteros láser y linternas intermitentes. Sintomático que estos artilugios se hayan convertido en las armas más valiosas. Con ellas intentan despistar a las cámaras y escamotear sus rostros al ojo avizor del Gran Hermano. Un ojo que lo ve todo pero que ciega a los de los demás es la Gran Muralla Digital, otra de las medidas estrella de represión, pues impide el acceso a la información exterior que no agrade al Partido Comunista.

Lamentablemente, cuanto más fuerte es una dictadura, más invierte en marketing a fin de que el acoso a la privacidad sea percibido por los ciudadanos como una ayuda para protegerlos. ¡Papá Estado nos quiere tanto que hace bien en decirnos cómo debemos pensar, para que el país vaya mejor! Si hasta hace tres decenios el poder de un país crecía con la anexión de otros territorios (tal como pasó con el Tíbet) y, también, mediante el dominio económico, hoy ya no se necesita la ocupación física o la inversión financiera. Basta el control cibernético.

Puede parecernos que los que vivimos en un país supuestamente libre no estamos sometidos a ese control del Gran Hermano, pero no es cierto. La intromisión del Estado en nuestras vidas ha ido creciendo en los últimos años, a medida que se han rebajado los umbrales del uso del dinero en efectivo, y se ha obligado a realizar las transacciones financieras por medios electrónicos, de manera que pueden ser vistas por otros. ¿Se ha preguntado por qué el Estado tiene que saber tanto de nosotros? En España, como en Hong Kong, no habrá libertad si no se garantiza la privacidad.

Cuando el sometimiento ideológico se instala en un lugar, los ciudadanos acaban convertidos en individuos clónicos. La manipulación consiguiente conduce a un sistema totalitario perfecto, donde impera la homogeneidad del pensamiento único, y al disidente se le recluye en un campo de adoctrinamiento, donde, si quiere sobrevivir, deberá renunciar a su personalidad. Desconfíe de todo gobierno que secuestre su libertad a cambio de un óptimo Estado de Bienestar material. Una persona solo puede alcanzar la felicidad plena, esa a la que por su naturaleza humana ha sido llamada, si es plenamente libre y, por serlo, dirige su vida desde lo más noble que encierra: una conciencia conforme a su singular identidad distintiva. Si aprecia su libertad, tenga en cuenta que, en la de Hong Kong, nos jugamos la nuestra.


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