17
sep
Diario de Navarra

Resulta un hecho probado que las grandes ciudades revisten más probabilidades de tener un futuro próspero que las pequeñas. Así, la Comunidad de Madrid, en 2018, registró el mayor PIB per cápita de todas las comunidades autónomas: 34.916 euros. Quizá, el factor que más contribuye al desarrollo de esta región es que el área metropolitana de la capital concentre 7,3 millones de personas, la mayor del país. Así, se extiende orgánicamente a 330 municipios repartidos en las provincias de Madrid, Ávila, Cuenca, Guadalajara, Segovia y Toledo. La riqueza generada por una metrópoli guarda una proporción exponencial respecto a su población, porque en estos lugares las oportunidades de los sectores de mayor valor añadido se multiplican en comparación con las de las localidades pequeñas.

Siguiendo el mismo criterio de cálculo, la mayor área metropolitana de Navarra alberga a 319.208 habitantes, de los que 199.066 corresponden a Pamplona; y el resto, a los pueblos adyacentes. Presentar una concentración de población 23 veces menor que la de Madrid perjudica de forma moderada el presente navarro, pero gravemente a largo plazo. Otro hecho que lastra nuestro futuro se trata de la pésima ubicación logística de nuestra mayor aglomeración urbana. Pamplona no es una encrucijada en las comunicaciones, sino un cul de sac, que dicen los franceses. Si no fuera por los pacientes que llegan a la Clínica de la Universidad de Navarra y por sus alumnos foráneos, el número de viajeros que elegirían la capital foral como destino sería todavía más reducido.

El talento llama al talento, y cuando la densidad de capital intelectual resulta elevada, la innovación tecnológica se dispara, y con ella, el progreso. Por ello, inevitablemente, muchos jóvenes navarros deben marcharse allá donde exista una compañía que pueda rentabilizar su cualificación, porque todo profesional puntero ha de seguir creciendo si no quiere perder competitividad en su especialidad.

La fuga de los jóvenes mejor preparados no se resuelve creando más cargos públicos, sino enfrentándose a los desafíos que exige la viabilidad de Navarra en el largo plazo. El Tren de Altas Prestaciones (TAP) constituye precisamente un reto clave para favorecer nuestro bienestar. La razón es incuestionable: si Navarra tiene una comunicación rápida y confortable con
Madrid (la gran locomotora económica de España), el escaso tamaño de nuestra metrópoli foral resultará menos relevante. Si se posee un transporte veloz y cómodo, los gurús que necesitamos, esos que catalizan el progreso innovador que precisa toda región avanzada, tendrán facilidad para acudir a nuestra tierra.

En la competición para disponer pronto del TAP, Navarra va rezagada porque el nacionalismo, y en especial el más radical, ha frenado la construcción de la infraestructura ferroviaria. Que la Comunidad foral cuente con una comunicación más fluida con la capital de España no les interesa, porque adonde nos quiere acercar Bildu, que es quien manda en el Ejecutivo foral, es al País Vasco.

El TAP que está proyectado para Navarra, que servirá tanto para el transporte de viajeros como el de mercancías, en cuanto esté unido a la Y vasca, tendrá un gran impacto económico directo. Esto lo hará rentable, porque cumplirá el criterio de la Comisión Europea: cubrir los costes de operación. Constituye una buena noticia, sin duda, pero que no debería obstar para que, además, se tiendan lazos con el centro de España. El futuro de Navarra no pasa por que el Ejecutivo foral exija a sus funcionarios el dominio del euskera, sino por que nuestra comunidad aumente su capital intelectual mediante una mejor accesibilidad a la circulación del talento con Madrid, el lugar que en mayor medida lo posee.


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