28
jun
Actualidad Económica

Es un hecho irrefutable que, en 2008, estábamos mejor preparados para afrontar la crisis de lo que lo estamos ante la de 2020. El drama que se avecina resultará tan grave como inexorable si intentamos resolverlo a base de paliar las consecuencias, en lugar de incidir en las causas. Hay mucho empeñado en encontrar la tranquilidad a base de negar la evidencia. Mentalizarse de que no pasa nada porque es mal de muchos, además de una ficción, no deja de ser consuelo de tontos. Engañarse no solventa el problema, sino que lo agrava, al paralizar la ejecución de medidas encaminadas a ponerle solución. Máxime cuando España presenta, en conjunto, las peores condiciones para combatir el desplome económico. Lo demuestra la situación de la deuda a partir de dos indicadores generales entre 2008 y 2019, que permiten valorar las consecuencias de la pandemia. Unas que, en España, han resultado las más lesivas de Europa, provocadas en gran parte por la torpe gestión del Ejecutivo.

La deuda pública sobre PIB en 2008 se cifraba en un 39,7%, mientras que en 2019 lo cerramos con un 95,5%, lo que supone un aumento del 140,6%, el cuarto valor mas alto de los 28 países de la UE. Eslovenia, con un 203,2%, protagoniza la subida más elevada. Le siguen Rumania (186,2%) y Lituania (148,6%), con el agravante de que esas tres economías son más débiles que la nuestra, al tener un PIB per cápita mucho más bajo.

Fuente: Actualidad Económica

Las naciones que parten de mejor posición respecto a la anterior crisis son las siete que, además de contar con una deuda muy inferior a la media europea, la han reducido entre 2008 y 2019. Se trata de Malta (-31,2%), Países Bajos (-11,2%), Alemania (-8,7%), Hungría (-7,7%), Suecia (-6,9%), Polonia (-1,5%) y Dinamarca (-0,3). Según la última proyección de la OCDE para el bienio 2020-2021, España aumentará su gigantesca deuda actual en un 34,3% del PIB, lo que convertiría a nuestro país en el más endeudado de los miembros de esta organización. La deuda soberana reviste tanta importancia porque el Gobierno de España no solo está perdiendo la confianza de los inversores nacionales, sino también la de los internacionales. Podría acabar en catástrofe un aumento de la prima de riesgo en la colocación de nuestra deuda, algo que ya pasó en julio de 2012, cuando el diferencial del bono español frente al alemán llegó a la desorbitante cifra del 5,55%.

Otro dato negativo para España es que tuviera un 13,7% de desempleo en el primer trimestre de 2020, lo que convierte a nuestro país en el peor situado de la OCDE, cuando la media de la eurozona se ha situado en el 7,2%. Por último, habría que añadir la estimación del FMI sobre el crecimiento de PIB español: este, en 2020, será de un -8%. Este abultado valor negativo representa un hito en la historia de nuestra economía.

Ante esta delicada situación, constituiría un error que el dinero que nos va a dar o prestar Europa no se dirija a restablecer y modernizar el tejido productivo, sino a pagar gasto corriente. Esto implicaría que, cuando se agotasen esos fondos, la situación volvería a desplomarse. La austeridad del gasto público debiera tratarse de una prioridad, porque es más sano seguir una dieta hoy que padecer hambre mañana.


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