26
may

¿No os pasa que al sacar el tema de Hacienda, al verbalizar “la tarea de La Agencia Tributaria” o, como buenos ciudadanos de a pie, al hacer —en la mayoría de las ocasiones— la condenada Declaración de la Renta, os entra por el cuerpo un no sé qué? En plena marcha de campaña, enmascarada con evidentes características recaudatorias, por desgracia, tenemos que destacar lo siguiente: España cuenta con tres millones y pico de parados, el paro juvenil está por las nubes y, para más INRI, el empleo público, cuyo coste aumenta los impuestos y frena la generación de actividad, también al alza. Estos tres datos, a la vista nada alentadores, hacen que pensemos que la sonada reforma laboral de la ministra Yolanda Díaz sea, para la desgracia de muchos, el alivio de unos pocos. En cuanto a los jóvenes, esta reforma no les ayuda nada: sólo entorpece la incorporación de bisoñas ilusiones a una empresa que mira con estricto detalle las consecuencias de contratar a personas con una formación intachable, pero con apenas experiencia.

Quien realmente sufre esta decisión, desde luego, no es la ministra de Trabajo y Economía Social. Los únicos perjudicados son tanto el empleado como el empleador. Por un lado, el empresario privado por despedir, perder dinero y coste de oportunidad; por otro, el empleado, que se lleva un sinsabor existencial importante y no porque no sea válido, sino porque las expectativas profesionales se colocan indirectamente en un nivel muy alto para la situación laboral que se espera—repito— sin experiencia y en ocasiones, con dinero de por medio.

Y ahora. Lo que realmente preocupa es que el paro juvenil lleva muchos años muy alto y que parece imposible que baje. Y lo que también da lástima es que este Gobierno lo sabe. Lo sabe muy bien, porque la ciudadanía juvenil tiene que subsistir. ¿Y quién se ofrece a mantenerles? Nuestra ministra y compañía. El Gobierno engorda a sus jóvenes para que no destaquen por sí solos, para crear vagones y no máquinas, para comprar su talento a costa de un conformismo que da paso a la mediocridad y que así, con poco o mucho, pero que nunca falte el caramelo. Lo más importante, que jamás se independicen de papá Estado porque si no, el engorde deja de ser mutuo: sus inocentes votos son exquisitos. Menos mal que seguimos trabajando para abordar el tema de las pensiones. ¿Nos atrevemos o mejor para otro momento? ¿Podrán los jóvenes cotizar lo suficiente hasta los 75 años de empleabilidad?

Ya con años cotizados, vamos a pagar las pensiones de nuestros mayores, pero ¿qué pasará con las futuras pensiones de la juventud actual? ¿Y con las nuevas generaciones que están por llegar? A este paso no existirán trabajos dignos mientras el Gobierno siga haciendo de las suyas.

No olvidemos que el 39% del sueldo medio de un trabajador va directamente al pago de impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social. Del resto, un porcentaje importante también va destinado al pago del impuesto por excelencia, el IVA, ¡y mientras los jóvenes en paro o sin trabajar! Así, el tejido productivo de nuestro país no avanza, no crece, no se desarrolla. No es rentable. ¿Llegará el momento donde Europa se harte y nos corte el grifo? Puede ser. Teniendo en cuenta que la mayoría cuenta con una económica propia de la clase media, habrá que cuidarla para motivarla, no dormirla, y que así aumente el consumo, ¿no? Aumenta el consumo, aumenta el gasto, el país se hace rico y por ende, llega la recaudación de impuestos, pero de esta forma, sin ese pestiño abusivo que en este momento y por desgracia, percibimos en el ambiente. Señora Yolanda Díaz, ministra de Empleo y Economía Social, que no populista: ¿y si aborda usted, junto a su colega María Jesús Montero, la bajada de impuestos y trabas fiscales y legales? Por ahí va una pista. Pruébelo. A lo mejor da resultado y crece el empleo, disminuye el indeseable paro juvenil y se potencia la economía de la clase media y emprendedora. No pierde nada en intentarlo, ¿o sí?


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