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jul
Expansión

Uno de los aspectos más importantes del programa de reestructuración de la economía internacional emprendido al finalizar la Segunda Guerra Mundial fue el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio, más conocido como GATT por sus siglas en inglés (General Agreement on Tariffs and Trade). Su origen está en la conferencia que, sobre empleo y comercio, se celebró en La Habana el año 1947; y unos meses después el tratado constitutivo había sido firmado por los 23 países que fueron sus miembros fundadores.

El GATT no es, por tanto, una organización internacional, sino un “acuerdo”. Habría que esperar a 1994 para que se creara una organización internacional en sentido estricto -la Organización Mundial de Comercio (OMC)-, que asumió los principios del GATT para su funcionamiento. La idea inicial era evitar situaciones como la que había vivido el mundo en la década de los años 30, en la que los países occidentales, buscando vías para escapar de la depresión y de los altos niveles de paro, habían creado todo tipo de restricciones al comercio internacional. Y esto tuvo como efecto que, lejos de evitar la recesión, casi todas las naciones vieron cómo su situación empeoraba.

El GATT adoptó en su día como principio fundamental la denominada cláusula de la nación más favorecida, por la cual cualquier ventaja comercial que un país otorga a otro debe extenderla a los demás miembros del Acuerdo. Y no es difícil ver que este principio es contrario a los procesos de integración regional, que tanta importancia han tenido en el mundo en las últimas décadas y de los que la Unión Europea es, sin duda, el de mayor éxito. Es cierto que las reglas del GATT permiten expresamente este tipo de acuerdos. Pero esto no soluciona la principal disyuntiva que la integración económica internacional plantea: ¿deberíamos diseñar desde el primer momento un gran proceso de integración multilateral o mantener los procesos regionales como segundo óptimo hasta que podamos llegar a la multilateralidad plena?

No cabe duda de que esta última debe ser el objetivo final; pero su propia ambición y complejidad hacen que sea dificil de llevar hoy a la práctica. Por ello, la solución más razonable es, seguramente, seguir desarrollando modelos regionales, pero siempre con la expectativa de que puedan abrirse al exterior y no se conviertan en “fortalezas” aisladas del resto del mundo. A lo largo de los años, tanto el GATT como la OMC ampliaron notablemente no sólo el número de sus miembros, sino también sus objetivos.

De la preocupación inicial de reducir la protección arancelaria de mercancías convencionales se ha pasado a considerar un mayor número de actividades -como el comercio de servicios- y a tratar de combatir las múltiples formas de protección no arancelaria que se utilizan en la actualidad. El gran desarrollo económico experimentado por la mayor parte del mundo en las últimas décadas debe mucho a la extensión del comercio internacional, al que el GATT y, la OMC han contribuido de forma destacada.

Es cierto que la última crisis, como todas las crisis económicas, no ha favorecido la liberalización multilateral del comercio. Y la Ronda Doha -el último de sus grandes proyectos- no ha conseguido los ambiciosos objetivos que se fijaron en sus inicios, el año 2001. Pero la mejora de la situación económica debería permitir dar ya nuevos pasos adelante; y no ceder a las presiones contrarias a la internacionalización de la economía, que están cobrando fuerza gracias a los movimientos populistas, tanto de izquierdas como de derechas.


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