03
aug
El Economista

Las tensiones entre China y Estados Unidos viven un nuevo capítulo tras la amenaza del presidente Trump de incrementar aranceles a productos importados por valor de 300.000 millones de dólares de origen chino hasta una tarifa del 10 por ciento. Mientras que a China no le preocupan los tiempos para alcanzar un pacto, a Estados Unidos sí le importa alcanzar este acuerdo lo antes posible antes de entrar en la campaña electoral de las próximas presidenciales. Por ello, eleva un poco más el grado de presión sobre el interlocutor para conseguir que este doble el brazo en un corto espacio de tiempo.

Desde 2016, Estados Unidos utiliza la política arancelaria como herramienta para presionar a sus interlocutores hasta colocarlos en una posición favorable al acuerdo. Así es como se puso en práctica primero con México y después con Canadá, con los cuales logró un nuevo marco de relaciones económicas que le ha permitido mejorar los superávits comerciales con los dos socios y también el flujo neto de inversiones y el del empleo. Los aranceles no son el fin de las políticas y por ello no se debe pensar que esto es un acercamiento progresivo hacia una nueva era de proteccionismo comercial.

La estrategia

En este sentido, bajo la óptica de un político cortoplacista como Trump –pero con una Administración largoplacista– cuyo objetivo e mantener el crecimiento de la economía americana interviniendo el déficit en la cuenta corriente sobre todo con China, la estrategia de desgaste está consiguiendo resultados positivos. Por un lado, ha logrado prolongar la fase expansiva del ciclo económico más larga de su historia gracias a la reforma fiscal (la cual supuso una repatriación de capitales cercana a los 2 billones de dólares) y, por otro lado, una reducción del déficit comercial con China de 20.000 millones de dólares en el acumulado enero-junio con respecto al año anterior, gracias a una reducción muy significativa de las importaciones, deteniendo la sangría que en 2018 alcanzó los 419.527 millones de dólares, según el Departamento de Comercio de EEUU.

Sin embargo, ¿qué impacto está teniendo en China la tensión entre las dos mayores economías del mundo? Los últimos datos apuntan a un impacto negativo, no solo en las cuentas exteriores de China sino también en los intercambios de tecnología e inversiones tanto con Estados Unidos como con el resto del mundo. En el primer trimestre del año, las exportaciones chinas a Estados Unidos cayeron un 9 por ciento interanual, mientras que las importaciones globales descienden a un ritmo interanual del 2,4 por ciento y el saldo por cuenta corriente es hoy la mitad que hace cinco años (apenas 49.000 millones de euros, un 1,5 por ciento del PIB), según la Administración china.

El deterioro de la posición comercial de China con el exterior no se debe en su integridad a la “guerra comercial”. La tensión China-USA acelera la reconversión de las cuentas exteriores chinas, pasando de ser un país con fuertes superávits comerciales a una situación cercana al déficit, debido a que los recursos que se exportaban ahora se necesitan para suministrar al consumo interno. En marzo de 2018 registró su primer déficit por cuenta corriente (-1,1 por ciento del PIB). El giro que está dando China hacia el interior, dedicando menos recursos financieros a su expansión exterior, es un giro defensivo frente al liderazgo tecnológico de Estados Unidos y, por tanto, creen prioritario dedicar más dinero a innovación tecnológica que sustituya el superávit de inversiones americanas y coloquen a la tecnología china como la más importante en campos especialmente delicados como las redes de telecomunicaciones o la inteligencia artificial, entre otros.


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