17
dec
Expansión

Entre las muchas consignas y lugares comunes repetidos una y otra vez con motivo de la reunión sobre el cambio climático celebrada en Madrid, me ha llamado especialmente la atención la que relaciona el deterioro del medio ambiente con el capitalismo. “El capitalismo mata el medio ambiente” se leía en una pancarta. “El capitalismo neoliberal es el responsable del cambio climático” era frase habitual en numerosos discursos y declaraciones. Y se concluía, en muchos casos, que “la economía de mercado no puede ser la solución porque el capitalismo es el problema”. Son sólo algunos ejemplos de una visión del tema que parece haber convencido a buena parte de la opinión pública. ¿Puede haber alguien que se atreva a pensar otra cosa?

Creo que sí. Y hay muchos motivos para ello. Entre otros, la experiencia de numerosos países que en su día fueron socialistas, como la Unión Soviética, China o las naciones de Europa del Este. Lo que allí sucedió con la protección –o la falta de protección– del medio natural muestra de forma convincente que el deterioro experimentado por el aire o las aguas fluviales fue muy superior en los países de la órbita soviética que en los de economía capitalista. Cualquiera que haya viajado, por ejemplo, por China y haya visto la forma en que el régimen de Mao llevó a cabo sus proyectos de industrialización; o cualquiera que compare los niveles de contaminación que existían en Europa Occidental y en Europa Oriental antes de la caída del muro de Berlín tiene que aceptar que si hay algo que la lucha contra el cambio climático no necesita hoy es un modelo económico socialista.

Dos son, al menos las causas de esta realidad que en estos días de debate muchos intentan ocultar. La primera que en los países de economía de mercado la opinión pública tiene una influencia mucho mayor que en los sistemas socialistas cuando se trata de tomar decisiones que afectan al medio ambiente. Y la segunda, que la gente suele empezar a preocuparse por la contaminación sólo cuando ha resuelto sus necesidades básicas de alimentación y confort. Por ello, las cuestiones medioambientales son percibidas de una forma mucho más acusada en los países ricos; y tienen mucha menos relevancia en naciones en las que lo más urgente es garantizar un nivel de vida digno a sus habitantes. Y los hechos muestran de forma clara que los países socialistas nunca han sido capaces de lograr ese mínimo nivel de desarrollo que hace que la gente vea la lucha contra la contaminación como una cuestión realmente importante y la considere prioritaria frente a los problemas tradicionales del crecimiento como la industrialización o el desarrollo del transporte.

Derechos de propiedad

¿Significa esto que el modelo económico capitalista es, por sí mismo, una garantía para la conservación del medio ambiente? No, evidentemente. Y los ejemplos de ello son también abundantes. Pero la causa no está tanto en el sistema de mercado como en el hecho de que este sistema no funciona bien cuando no existe una definición clara de los derechos de propiedad sobre los recursos naturales, entendido este término en un sentido muy amplio, que incluya el aire puro, las aguas limpias, etc. Y esto es algo característico de muchas cuestiones medioambientales, ya que no está claro cuál es nuestro derecho a respirar aire puro o a mantener vivos los mares. La definición de tales derechos y la creación de nuevos instrumentos que generen incentivos a conductas eficientes es, por tanto, fundamental en la lucha contra el deterioro ambiental. Soluciones características de los modelos de mercado como la compraventa de cuotas de utilización de recursos naturales o derechos de emisión de gases pueden ayudar en gran medida a resolver muchos de los problemas actuales.

La idea de que la economía capitalista no puede ofrecer soluciones a la contaminación o al cambio climático porque ella misma es el problema es, por tanto, absurda. Lo que necesitamos es un marco de instituciones que permitan realizar de forma eficiente la asignación de recursos, entre los que se encuentran, ciertamente, aquellos que a lo largo de la historia fueron bienes comunales. Cuando no hay escasez, el acceso libre a tales recursos es inocuo. Pero cuando hay exceso de demanda y no se controla el acceso, los bienes comunales necesariamente se deterioran, como está ocurriendo en la actualidad en muchos casos directamente relacionados con el medio ambiente. El desarrollo de los derechos de propiedad ha ido ligado siempre a los cambios en las condiciones económicas de cada época y ha permitido encontrar soluciones a problemas nuevos, que en economías menos desarrolladas eran inexistentes. Vemos que la cuestión vuelve a suscitarse en nuestros días.

Pensar que un mayor control público de la actividad económica es la única forma de solucionar los problemas que hoy plantean la contaminación o el cambio climático es un gran error. Y olvidar lo que los sistemas socialistas han hecho al medio ambiente allí donde se han aplicado sería suicida.


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