16
oct
Expansión

La frontera Irlanda del Norte y la República de Irlanda se ha convertido en el principal obstáculo para un divorcio amistoso entre el Reino Unido y la Unión Europea. Es fácil entender por qué y difícil encontrar modo de superarlo. Empezando por lo más inmediato, es comprensible que los británicos se nieguen a dejar una parte de su territorio dentro de la Unión Aduanera europea mientras el resto se independiza. Yendo hacia atrás en la historia, la lucha armada entre el IRA y las milicias protestantes se cerró con el acuerdo de Viernes Santo; la desaparición de la frontera al entrar ambos países en la UE contribuyó sin duda al acuerdo de paz. Hay miedo de que la reaparición de puestos fronterizos reabra las heridas. Más atrás en el tiempo, está la sublevación de los republicanos contra la Monarquía en 1917, en plena guerra mundial. Sigue en la memoria irlandesa la conquista de la Isla en el siglo XVII por los ingleses al mando de Cromwell, conquista que David Hume calificó como “la más bárbara crueldad que, se sepa, haya cometido nación alguna”.

Recuerdo con cierta angustia mis tres visitas a Belfast para pronunciar sendas conferencias en la Queen’s University. Las calles estaban tomadas por el ejército. En los checkpoints (que me recordaban los de Berlín) los soldados abrían el maletero para ver si llevábamos explosivos o algún secuestrado. En la Universidad no se podía hablar de la situación si no era con riesgo de la vida. Las enemistades estaban a flor de piel en familias y seminarios. Quedé inoculado para siempre de toda tentación nacionalista.

Ahora vuelve a oírse “la llamada de la tribu” que denuncia Vargas Llosa. Creo que ambas partes tienen culpa en el conflicto del Brexit. Por un lado, hay en el Reino Unido brotes de nacionalismo rechazables. Mas por otro, los europeístas (tanto británicos como continentales) buscan una unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa, como dice el preámbulo del Tratado de Roma. Son nacionalistas en proyecto. El mercado único europeo no es más que política por otros medios. La Unión Europea, tan amante de la libertad económica, obtiene la mayor parte de sus ingresos del arancel exterior. Si tanto importa a los bruselenses la libertad comercial, ¿por qué no ir directamente a ella, desmantelando los aranceles y las reglamentaciones proteccionistas? Es que buscan crear un Estado europeo poderoso en el que disolver las tradicionales naciones europeas para poder mirar de tú a tú a EEUU, China y Rusia.

Incluso quienes crean que soy un soñador que no tiene los pies en la tierra admitirán que el problema planteado por el Brexit en Irlanda que Irlanda del Norte pueda quedar fuera del Mercado Único nace también del nacionalismo europeo. Si la UE no hubiese construido una muralla exterior no habría necesidad de pensar en aduanas que afearan la proverbial isla verde.

El tráfico de personas y de servicios no es cuestión, sólo pretexto. Desde 1921 los irlandeses se desplazan libremente a Gran Bretaña para trabajar e incluso votar allí –lo mismo que los británicos en Irlanda–. Si se trata de controlar la inmigración europea, baste recordar que en el Reino Unido no se puede trabajar sin tener un número de la Seguridad Social. La moderna tecnología podría gestionar las medidas proteccionistas contra mercancías extranjeras sin montar una cadena de puestos de aduana físicos para cobrar el arancel o vigilar la aplicación de los reglamentos.

Aquí es donde vengo a parar con el Blockchain de mi título. Con la cadena de bloques y los contratos inteligentes ya es posible pagar los aranceles y aplicar los reglamentos del comercio internacional sin ningún control físico intermedio. Imaginen que quiero enviar un contenedor de flores de Mombasa a Ámsterdam para subastarlas, operación incierta si las hay, digamos que con el sistema Tadelens, creado por IBM y Maersk. Se registran indeleblemente los detalles financieros, físicos, sanitarios, administrativos, fiscales del envío en aproximadamente 9000 nodos que hay en el mundo.

Unos llamados mineros comprueban si la operación es compatible con lo registrado y la fijan en un bloque inmodificable por los hackers. El fletador ha registrado un contrato llamado inteligente, por el que se realiza automáticamente cada paso (documentos portuarios, pagos parciales, permisos de aduana, entrega y comprobación de la mercancía). El transportista se ocupa de todo, reduce el número de gestiones e intermediarios, y ello sin necesidad de comprobación intermedia en aduana alguna. Aun en una Europa reglamentista, la frontera física entre las dos Irlandas no tiene que reaparecer.

Este es otro caso de hostilidad inicial en un divorcio. No creo que el Reino Unido vaya a sufrir los males catastróficos que se pronostican con el Brexit ni que la Unión Europea haga bien en imponer condiciones severas a un país con el que al final tendrá que comerciar para beneficio de ambos.


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