17
mar
Panam Post

La definición más estándar de Estado es la de un pueblo organizado en torno a un territorio y sometido a un poder, quedando así caracterizada la soberanía por tres notas fundamentales: territorio, pueblo o nación (Volk) y poder. Este es, en particular, el caso del nacionalismo étnico o etnonacionalismo, por virtud del cual las naciones se definen por un legado común, cultural, histórico, lingüístico y (aunque no necesariamente) racial.

Pues bien, el movimiento de crecimiento en número y fuerza de las denominadas democracias iliberales se ha visto reforzado ante la crisis del coronavirus, que como toda amenaza internacional pone en jaque al Estado-nación como hace un lustro lo hiciera la crisis de los refugiados en Europa. Así lo ha señalado recientemente Ivan Krastev, intelectual búlgaro y presidente del Centro de Estrategias Liberales de Sofía, quien alerta de que la crisis del coronavirus va a reforzar el nacionalismo. Por un lado, esto es del todo comprensible dado que, como explicó Gellner en su obra Nations and Nationalism (1983), el nacionalismo es básicamente un principio que mantiene la necesaria congruencia entre la unidad política y la nacional. En este aspecto, la descentralización (a nivel nacional) y adaptación de la respuesta que demanda la nación por parte del poder político gobernante parece la vía de acción más efectiva y eficiente. Por otro, el fenómeno aislacionista a nivel estatal no sólo es comprensible sino necesario (dejando de lado consideraciones normativas), dado que, como señalaba en mi último artículo, la falta de respuesta a nivel comunitario e internacional ante esta crisis de dimensiones globales supone la inexistencia de alternativas viables a la intervención estatal. De nuevo, la incapacidad de las entidades supranacionales para dar respuesta a problemas globales, como lo es la emergencia climática, pone en tela de juicio su propia razón de ser.

Esto, para muchos, significa la puntilla al orden liberal internacional y a ese proceso de armonización global que es especialmente intensa en Occidente, puesto que la pandemia ha resaltado los puntos más débiles del proceso de integración internacional, dando pie a los nativistas nacionalistas, a los proteccionistas, y también a quienes velan por una solución rápida y efectiva para sus gobernados, legitimidad para imponer mayores restricciones a la circulación de personas y mercancías, que, recordemos, nunca ha sido libre. En este sentido, el coronavirus ha igualado a los razonables y a los no razonables, a los tolerantes y a los intolerantes, pues todos abogan, al margen del maquillaje discursivo empleado, por medidas muy similares.

Algunos ejemplos de esta preocupante convergencia son el hecho de que Trump haya prohibido viajar desde numerosos países europeos a Estados Unidos, que más de 62 países hayan vetado vuelos desde España a la vista del rápido contagio, y que Polonia y Hungría, arquetipos de democracias iliberales, hayan adoptado medidas drásticas de cierre de fronteras. Sin embargo, la sorpresa y preocupación se encuentra en países cuya reputación democrática se da por sentada. Así, Alemania también acaba de cerrar sus fronteras terrestres con Francia, Austria, Suiza, Dinamarca y Luxemburgo, y Francia y Alemania han prohibido la exportación de mascarillas. ¿Internacionalismo liberal? ¿Solidaridad europea? Recordemos que ha sido China, y no cualquiera de los otros 26 Estados miembros de la Unión Europea, la que ha respondido a la llamada de socorro de Italia para adquirir asistencia y material sanitario. No. Muy al contrario, lo que se observa es el reforzamiento del Estado-nación, constatando una vez más que se trata del mejor instrumento del que disponemos para la gestión (y superación) de crisis (siendo esta, por supuesto, una presunción iuris tantum).

Ante esta situación, es razonable pensar que gran parte de esta disrupción global será temporal. Sin embargo, también lo es augurar que la crisis dejará alguna secuela. Secuelas que pueden, y deben, hacer que nos replanteemos la arquitectura global y nacional, en especial a lo que se refiere a la futilidad actual de la primera cuando surge el miedo y las personas buscan desesperadas liderazgo y efectividad. Ahora es tiempo de combatir la pandemia, pero después habría de dar comienzo un periodo de reflexión tan vital como la lucha contra el virus.



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