02
abr
Actualidad Económica

Por lo que a mí se refiere, veo que uso robots continuamente, sobre todo si incluyo las comunicaciones digitales. Empiezo con el teléfono que me despierta por la mañana y que cambió la hora la semana pasada sin yo decirle nada; luego leo el correo que ha llegado a mi laptop, persigo la información que necesito para escribir mi columna (después de todo, Wikipedia funciona con ayuda de máquinas), dejo que mi ordenador corrija la ortografía, almaceno lo que he escrito en la nube y lo envío a través del éter, por así decir, y leo también a distancia el periódico en el que aparecerá. Bien recuerdo cómo solía tener que dictar mis artículos por teléfono a un paciente taquígrafo, al que pagarían más o menos lo que mi colaboración. A pesar de tanta ayuda, siento una vaga inquietud ante la aún benigna invasión de los robots en nuestra vida.

No hay duda de que todas estas máquinas más o menos independientes de mi voluntad aumentan lo que produzco por unidad de esfuerzo. Si el artículo es leído con gusto por los lectores, habrá aumentado, aunque sea en una pequeñísima parte, la productividad de la economía… pero lo habrá hecho a costa de desplazar el trabajo de los taquígrafos. Se sorprenderán ustedes si les digo que Joseph Schumpeter (1883-1950) fue uno de los enemigos más temibles de la idea de capitalismo liberal. Basta con abrir su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1943), publicado cuando aún no había acabado la Segunda Guerra Mundial ni por ende la lucha para restaurar la democracia en Europa. En ese libro señaló una contradicción entre el deseo del pueblo de asegurarse una vida tranquila y el efecto subversivo del progreso técnico y empresarial sobre el bienestar de la gente. La frase con la que resumió esta idea es que los capitalistas y sus empresas “vivían en una tormenta perenne de destrucción creadora” (capítulo 7). Añadió que el impulso que pone en marcha el motor capitalista es la innovación traída por “nuevos bienes de consumo, nuevos métodos de producción o transporte, nuevas formas de organización industrial”. Dichas innovaciones expulsan del mercado a las empresas que se aferran a los antiguos procedimientos. Las innovaciones capitalistas fomentan el progreso a costa de subvertir y destruir formas de vida y trabajo acostumbradas. No necesito insistir en la inmediata aplicación de este modelo schumpeteriano a la invasión digital y robótica con que nos enfrentamos hoy. El paso siguiente del razonamiento de Schumpeter fue el de contrastar los efectos de estas fuerzas subversivas de progreso económico con la resistencia democráticamente expresada por las fuerzas conservadoras, tanto sindicales como empresariales. Los votantes no tienen ni la capacidad ni la paciencia para desentrañar las razones por as que la innovación capitalista resulta ser una fuerza de progreso en el largo plazo. Solo en Estados Unidos (y quizá ni siquiera allí, si nos fijamos en el proteccionismo del presidente Trump) pervive el “sueño americano”, que hace que el pobre defienda el capitalismo porque cree que puede colmar sus esperanza en subir en la escala social.. Todo esto le lleva a hacer dos predicciones que se han hecho famosas por lo erradas: “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No, no creo que pueda. […] ¿Puede funcionar el socialismo? Claro que puede.” Para Schumpeter, sin embargo, el éxito del socialismo dependerá de su capacidad de imponer la dura disciplina de la destrucción creadora. “La gestión de una economía socialista significa la dictadura, no del proletariado, sino sobre el proletariado”, al que todo lo más se le permita votar cada cuatro años. El progreso de nuestras sociedades depende de que el sistema político parezca democrático pero en realidad imponga la disciplina del progreso como si fuera esa la voluntad del pueblo.

ASCENSORISTAS. Cuando oigo que un motor tiene una potencia de tantos o cuantos caballos, busco consuelo en la historia de los caballos de carne y hueso. Lejos de mí el despreciar la inocente contribución de los equinos (burros, mulas, caballos) a los esfuerzos productivos o destructivos de la humanidad. No solo han servido para el transporte pacífico, sino que hasta la mitad del siglo XX se les usó y sacrificó en los campos de batalla de sus crueles dueños.

Al enlazar la historia de los caballos desplazados por el motor de combustión interna con la de los robots quiero decir que tenemos que subrayar que los caballos no eran capaces de conducir automóviles ni camiones. Nosotros los humanos sí que podemos aprender nuevas capacidades y conocimientos, aunque más dificultad cuando somos mayores.

Diversos estudios subrayan que los trabajos en los que los robots nos sustituirán primero son los mecánicos y repetitivos del nivel medio de producción. El ejemplo que siempre se aduce de profesión desaparecida con el progreso técnico es la de ascensorista. Pronto pasará lo mismo con los taxistas y con los conductores de camiones. Lo contrario ocurre con las profesiones más creativas, en un extremo de la escala, y las de servicio personal menos cualificado, en el otro extremo: serán más difíciles de sustituir (a menos que inventen androides de protocolo como el C3PO de La guerra de las galaxias).

Por propia experiencia quiero subrayar que muchos desarrollos técnicos ofrecidos en el mercado tienen como objeto que los usen personas poco expertas a quienes así se ayuda a realizar tareas sin preguntarse qué es lo que llevan los robots en la tripa: ayudan a quienes somos bastante inútiles para la técnica. Por término medio, mejorará la productividad de toda la economía en su conjunto. La mejora de la productividad de todos los factores, no solo del trabajo, nos permite a los humanos no solo consumir más bienes y servicios ofrecidos en el mercado, sino el bien más caro de todos, que es el ocio. Así hemos ido reduciendo la jornada de trabajo, cuando se nos ofrecía la posibilidad de producir objetos casi sin límite. La historia del capitalismo es una saga de triunfo sobre la pobreza, la muerte prematura, la discriminación de las mujeres, el trabajo esclavo, sobre todo comparado con otros sistemas. Lo que queda por hacer, que sin duda es mucho, está por fin a nuestro alcance, gracias al aumento de la productividad que señalo.

CÓMO PODEMOS ADAPTARNOS. Sigue presente, sin embargo, el miedo de cada uno de nosotros a perder nuestro empleo por mucho que el avance técnico haga progresar la sociedad en su conjunto. Y ese temor es el que llevó a Schumpeter a pensar en la necesidad de una dictadura sobre el proletariado para que el voto democrático no impidiera la destrucción creadora y el progreso que conlleva.

No es la primera vez en la historia que las personas en trance de verse desplazados por las máquinas intentan detener el progreso mecánico que les amenaza con dejarles sin modo de vida. Ocurrió en el siglo XIX, cuando los trabajadores del textil rompían las máquinas que les hacían dolorosa competencia, tanto en Inglaterra como en España.

Ante la creciente competencia de los robots frente al trabajo humano son muy variadas las propuestas en liza. Así, el profesor Robert J. Shiller, laureado con el Nobel de Economía en 2013, ha sugerido gravar con un impuesto los robots para moderar la adopción de técnicas rompedoras. Otros proponen establecer un ingreso mínimo vital, para que los desplazados puedan vivir sin trabajar. Algo más sensato es el ejemplo de los países escandinavos, que incentivan la formación permanente de las personas en peligro de sucumbir ante el avance técnico representado por los robots.

Lo importante para conseguir el apoyo de los votantes a las fórmulas de progreso es dar alas al avance técnico y empresarial, de tal forma que sean más prontamente visibles los beneficios que reporta —por ejemplo, una drástica reducción del impuesto sobre los beneficios empresariales para bajarlo por lo menos al nivel de Irlanda. 


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