30
jul
Expansión

En el último tercio del siglo XX, la economía rompió las barreras que delimitaban su campo tradicional de estudio, como el análisis de los mercados y los precios, el dinero y la banca, los ciclos, etc, para abordar cuestiones tan diversas como el comportamiento de los políticos, la eficiencia del derecho, la vida familiar o la adicción a las drogas. Este nuevo enfoque ha sido denominado el “imperialismo de los economistas”, aceptado por algunos como un primer paso hacia una ciencia social unificada basada en la teoría de la elección racional y criticado por otros por considerarlo una inaceptable intromisión del método económico en el estudio de conductas humanas que -se dice- nada tienen que ver con la racionalidad y la maximización de la utilidad que los economistas presuponen.

No es nuevo el interés de los economistas por los comportamientos humanos y las instituciones que gobiernan la sociedad en sus más diversos aspectos. El origen de estas preocupaciones se remonta, por el contrario, al nacimiento mismo de la economía como disciplina científica. Pero, en las décadas finales del siglo XIX a medida que la economía se iba afirmando como ciencia social independiente, desgajándose de la filosofia moral, se fue perdiendo en el mundo académico el interés por estos problemas. Habría que esperar casi un siglo para que tales cuestiones volvieran a incorporarse a su campo de estudio.

El economista que más ha hecho por extender las fronteras de nuestra disciplina en estas nuevas direcciones ha sido, sin duda, Gary Becker. Nacido en Pottsville (Pennsylvania) el año 1930, se doctoró en 1955 en la Universidad de Chicago con una tesis sobre la discriminación racial, que introdujo por primera vez la teoría microeconómica en el estudio de un problema que, hasta la fecha, había sido competencia casi exclusiva de sociólogos y juristas.

Profesor en Columbia entre 1957 y 1968, regresó a Chicago en 1970 y, a lo largo de los siguientes cuarenta años, desarrolló una obra de gran originalidad que lo convirtió en el economista más innovador de nuestra época. Hizo Becker aportaciones muy importantes al estudio de cuestiones como la teoría del capital humano, el uso del tiempo, las estrategias de los políticos, la criminalidad, la familia, la formación de gustos y preferencias o la adicción a las drogas, creando en algunos casos nuevos campos de investigación en temas que nunca antes habían sido abordados por los economistas. A nadie sorprendió, por tanto, que en 1992 le friera concedido el premio Nobel por sus trabajos sobre la aplicación de la teoría económica al estudio del comportamiento humano y, en concreto, del comportamiento en actividades no relacionadas directamente con el mercado.

En 1976 publicó su libro El enfoque económico del comportamiento humano. En él presentó una serie de trabajos, que habían aparecido anteriormente como artículos en revistas académicas. Becker fue autor de una obra extensa, con diversas monografías que se han convertido en clásicos de la literatura económica actual. Pero este libro, al tratar de cuestiones tan diversas como la discriminación, la democracia, la delincuencia, el comportamiento irracional, el matrimonio, la fecundidad o la interacción social ofrece una visión global de sus aportaciones a la nueva teoría económica.

Como es fácilmente imaginable, estos trabajos han sido objeto de no pocas críticas. ¿Es posible -se argumenta- aplicar las técnicas del análisis económico al estudio de la conducta de un delincuente o a cuestiones tan estrictamente personales como la organización de la vida familiar? No cabe duda de que, a primera vista, algunas de las conclusiones alcanzadas por los economistas en su estudio de tales asuntos pueden resultar sorprendentes. Pero, si se analiza el tema con mayor detalle, es posible concluir que esta teoría ofrece una explicación del comportamiento humano más coherente que el enfoque tradicional, ya que presenta una visión unificada de tal comportamiento, en la que la conducta de las personas responde, en todas sus actividades, a principios similares. En todo caso, no es por sus postulados por los que se debe juzgar el valor de una teoría. Si mediante este análisis es posible predecir las conductas humanas con mayor exactitud que utilizando modelos alternativos, se habrá demostrado la validez de este enfoque, aunque sus presupuestos parezcan a algunos discutibles. Y dispondremos de un instrumento potente a la hora de diseñar políticas públicas más eficientes.


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