14
nov
El Economista

La Unión Europea, principal perjudicada por su alta dependencia de un mundo interconectado. China e India pueden capear el proteccionismo gracias a su elevado volumen de ahorro.

La crisis económica ha impactado de lleno en la clase media, el grueso de la población que en las urnas ha operado vuelcos clave como el Brexit, la victoria de Donald Trump y el auge de los populismos. Estos vaivenes de las urnas nos devuelven un mundo más proteccionista que ralentiza el proceso de globalización en marcha. Así, la huella de la crisis se torna más profunda.

De forma periódica, las diferentes fuentes estadísticas internacionales muestran el deterioro de las condiciones de vida de segmentos relevantes de la sociedad en comparación con la situación precrisis en 2007. Es el caso de las rentas salariales, la carga de la deuda o el acceso a los servicios públicos; todos ellos afectados por menor inversión, alza del desempleo, desánimo a la hora de buscar trabajo que se convierte en más economía sumergida y, por tanto, mayor dificultad para financiar los servicios encuadrados en el Estado del Bienestar.

Este panorama postcrisis pone un punto y seguido en el avance imparable que desde los años 50 ha tenido lo que solemos conocer como “clase media” o “clase acomodada”. Y precisamente este hecho es el motor del descontento social que se canaliza a través del voto en diversas partes del mundo. Aquellos que han conseguido un estatus aceptable en época de bonanza económica se resisten a perderlo y se rebelan contra aquellos a los que consideran “responsables” de sus problemas. Lo que parecía irreversible resulta que no es así.

Desde un primer momento, el foco de atención de este descontento se lleva hacia el poder financiero, el cual genera aún más rechazo conforme tiene que ejecutar embargos hipotecarios y recibe dinero público para evitar el colapso del sistema de pagos. Y a partir de aquí, por elevación, la protesta se eleva hasta las instancias internacionales a las que se les acusa de beneficiar a unos perjudicando a otros.

Una bajada del 10 por ciento del salario mediano (el que divide en dos partes iguales la población asalariada), aumenta entre un 0,5 y un 0,7 por ciento el descontento de los ciudadanos mostrado en las encuestas de opinión. Esta evidencia, recogida de los últimos datos de la oficina estadística europea Eurostat, es extrapolable a otros países donde las familias que ven cómo han perdido parte de su poder adquisitivo, elevan el tono de sus quejas, organizando más manifestaciones y apoyando a movimientos políticos que aprovechan para capitalizar este descontento para llegar al poder.

En estas circunstancias se da el mejor caldo de cultivo para la aparición de líderes políticos que canalizan el mensaje de los votantes empobrecidos. Son capaces de dar una respuesta simple, fácil de entender, en la que siempre culpan a alguien o a algo de los problemas económicos del electorado. Dependiendo del escenario y del momento, el “responsable” puede ser Europa en el caso del Brexit, “lo extranjero” en los partidos populistas de Francia o Alemania y el establishment o la casta en la victoria de Donald Trump y el auge de Podemos en España.

Un blanco común

Sin embargo, aunque cada país tiene un caso particular, el blanco es la globalización y, especialmente, el proceso de convergencia en niveles de renta, riqueza y desarrollo entre los diferentes países del mundo. Ahí, la dinámica de ganadores y perdedores surgió de forma rápida en los primeros compases tras la II Guerra Mundial al ver cómo amplias zonas industriales se descapitalizaban o directamente cerraban las fábricas porque estaban entrando productos mejores y más baratos de otras zonas.

En un mundo cada vez más interconectado, los sectores más ineficientes y que no consiguen innovar, se quedan en clara posición de desventaja con respecto a los que sí lo son. De ahí surge una masa de personas cuyo modo de vida depende de ello, la cual por muy ineficiente que sea su industria va a luchar por su mantenimiento aunque esto suponga invertir recursos públicos o crear excepciones regulatorias. Mucho antes de la crisis de 2007 se produjo la importante revuelta de Seattle en 1999 para intentar parar las negociaciones en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC) encaminadas a reforzar el proceso globalizador.

El peligro es, sin duda, el tamaño de dicha masa de gente que se ve perjudicada a corto plazo. Son, en cierta forma, los luditas del siglo XXI. En el siglo XIX protestaban quemando las máquinas que les “quitaban” el trabajo como señalaron los primeros economistas de la época y en el siglo XXI, depositan su voto apoyando a partidos de corte populista cuyo único objetivo es llegar al poder para frenar en seco el proceso globalizador en una clara mentalidad cortoplacista.

Ganadores y perdedores

Al igual que en el proceso de globalización, parar esta megatendencia tiene unas consecuencias nada desdeñables. Teniendo en cuenta el peso que tiene en este momento el comercio internacional y la inversión extranjera en las economías, aquellos países cuya fuente de riqueza fundamental reside en el sector exterior (capacidad tanto de exportar como de importar) van a ser los grandes perjudicados por Gobiernos cada vez más antiglobalización y con discursos populistas.

El perjudicado número uno es, sin duda, la Unión Europea. Si medimos la influencia de la globalización a través de la suma de exportaciones e importaciones en relación al PIB (grado de apertura comercial), tanto la eurozona como la UE-28 son los que más dependen de un mundo globalizado ya que más del 70 por ciento del PIB viene por el lado del sector exterior. Con datos del Fondo Monetario Internacional, casi 20 puntos porcentuales por detrás de Europa está la media mundial (50 por ciento) la cual ha experimentado un alza de dos dígitos en los últimos diez años. Siendo la parte más vulnerable Europa, el área económica que menos se vería afectada por un mayor proteccionismo comercial sería la que forma China e India. Mientras que India sí que ha aumentado la exposición de su PIB al exterior casi el doble en diez años, China la ha reducido al compás del cambio en su modelo productivo. Se trata de economías donde el potencial de crecimiento económico está más dentro que fuera de sus fronteras (especialmente en India, con un crecimiento proyectado del consumo y la inversión del 7 por ciento anual acumulativo para los próximos diez años), cuentan con los mayores volúmenes de ahorro del planeta que les permite disfrutar de una amplia independencia económica y donde el crecimiento del consumo e inversión nacionales pueden sustituir a una menor contribución de la demanda externa, sin que eso suponga entrar en recesión.

Más allá de estos dos polos (especialmente este último es el que quiere construir un nuevo orden mundial bajo sus propias reglas), otros grandes bloques económicos se colocan en una posición más o menos comprometida. Todo un bloque de “economías intermedias” -unas desarrolladas y las otras categorizadas como emergentes- tienen mucho que perder, en tanto en cuanto viven de los flujos comerciales entre las grandes zonas de intercambio. Países como Canadá, Australia, Chile, México o Sudáfrica forman parte de este grupo cuyo denominador común es el agotamiento de la demanda interna y su nula capacidad de absorber un desplome de la externa.

Estados Unidos, por su parte, con un grado de apertura comercial relativamente pequeño, puede emplear la fuerza de seguir teniendo la divisa de reserva a nivel mundial. Sin embargo, ni siquiera este punto le sirve, dado el orden alternativo que proponen países como China, donde su divisa poco a poco va adquiriendo un papel de moneda de reserva con valor estable y con una estrategia de inversiones que pasaría por encima de las fronteras y las barreras comerciales que se pudieran adoptar.

Por último, Asia Central, Oriente Medio y Rusia (incluyendo también a África) tampoco resistirían económicamente un cierre de fronteras como consecuencia de un movimiento generalizado de antiglobalización. Aunque cuentan con sectores exteriores controlados y con barreras arancelarias fuertes, un país que viva de la exportación de materias primas no puede resistir un avance del proteccionismo con nula capacidad interna de crecimiento y además lidiando con un problema que suele aparecer casi de forma instantánea: procesos generalizados de inflación. En suma, el mundo se divide en dos bloques: entre aquellos que pueden sobrevivir en un plazo razonable de tiempo una oleada proteccionista y los que no lo pueden hacer. El baremo es evidente. Con datos del Banco Mundial, sólo China y los emergentes generan menos del 1 por ciento de PIB adicional por cada punto porcentual que se incrementan las exportaciones. Sin embargo, un incremento del 1 por ciento en las exportaciones de la eurozona se convierte en un aumento del PIB de un 1,67 por ciento. Cuanto más abierta sea la economía, más daño hace el debilitamiento de la clase media.

Riesgo en espiral

Aunque partíamos de una situación difícil para buena parte de la población que ha perdido medios de vida con la crisis, un discurso político antiglobalización puede meter en un problema aún mayor a toda esta masa y arrastrar al resto de los sectores. Ya sólo el efecto frontera resta crecimiento de la zona donde se impone un arancel, con mayor fuerza si cabe cuanto más importante es la región económica. No se trata de un problema de desigualdad en renta, la cual crece por una cuestión estadística (los empleos que se han perdido durante la crisis se concentran en puestos poco cualificados y con sueldos de media más bajos), sino de una cuestión de expectativas. Si una familia piensa que las cosas van a peor, con independencia de que sea así, su reacción adversa puede ser fuerte y la tentación de echarse en brazos de un político sin escrúpulos es muy elevada.


Deja un comentario