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abr
Actualidad Económica

La Reserva Federal norteamericana decidió hace unos días suspender la subida prevista de los tipos de interés al no ver clara la evolución de la economía en los próximos meses. Y poco tiempo antes, el Banco Central Europeo había hecho lo mismo, con un argumento similar. El problema es que no estamos ante una simple medida de carácter coyuntural, sino que observamos cómo, una y otra vez, el ajuste de los tipos se deja para otro momento, y no se trata solo de determinar si hay que subirlos o bajarlos en función de la evolución del ciclo, como recomendaría cualquier manual convencional de política económica. Lo importante es que los tipos se encuentran en un nivel absurdamente bajo desde hace mucho tiempo. En el caso que más directamente nos atañe, el euríbor lleva ya más de tres años, desde febrero de 2016 concretamente, en tasas negativas.

Debo confesar que, con estos datos, a veces me da vergüenza explicar a mis alumnos que el tipo de interés es un precio que remunera a quien acepta no utilizar hoy su dinero y lo pone a disposición de un inversor y que, como todo precio, refleja la escasez relativa que establecen oferentes y demandantes, en este caso en el mercado de capitales. “Pues si los tipos son tan bajos, ¡debe haber una gran abundancia de capital!”, pensará un alumno avispado.

Pero la explicación, naturalmente, no es tan simple. Desde hace mucho tiempo los responsables de la política monetaria actúan sobre los tipos de interés para tratar de alcanzar objetivos de política económica. El problema surge cuando tales medidas acaban produciendo distorsiones en la asignación de recursos, que hacen que los inversores (y los compradores de
bienes de consumo duradero) adopten decisiones que nunca habrían tomado con tipos de interés más altos. Y un inconveniente adicional es que si los bancos centrales aplican una política monetaria demasiado laxa durante demasiado tiempo, la vuelta atrás no resulta sencilla, como estamos viendo en la actualidad. Lo que hemos observado en los últimos días muestra que, por el momento, la Reserva Federal y el Banco Central Europeo van de la mano. Lo que no tenemos muy claro es hacia dónde.


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