27
mar
El Mundo

La palabra declive se conjuga abundantemente en nuestros días en diversas latitudes.

Los franceses se preguntan  si los valores que han conformado su sociedad están en crisis y, desde luego, reconocen ya con frecuencia que su papel en la escena internacional ha bajado bastantes enteros. Francia ya no pisa con la fuerza de antaño ni en Europa ni el mundo. Curioso es que igualmente en Estados Unidos aflore la duda internacional. El mundo unipolar, de hegemonía yanqui que emergió con el desplome de la Unión soviética ha comenzado a diluirse y numerosos comentaristas estadounidenses opinan que la primacía absoluta del imperio americano va camino de pasar a la historia.

En España nos planteamos algo menos la cuestión de nuestro protagonismo internacional, aunque el grupo político en la oposición, sociatas o peperos, enarbola con frecuencia la acusación de que nuestro país pinta menos en el exterior que cuando ellos estaban en el poder.

No voy a entrar en esa polémica. Quiero simplemente reseñar ciertas cosas que observo han decaído en nuestro país. Cualquier persona que regrese a España después de una estancia en el extranjero de una decena de años, es mi caso, ve declives obvios y otros no tan obvios pero crecientes en diversos campos: en  la lectura de la prensa impresa, en la influencia de la Iglesia, en la presencia de la cultura francesa, en la afición a los toros, por citar sólo algunos ejemplos. Este declive es especialmente notorio entre la nuevas generaciones.

Que la gente, los jóvenes en especial,  no compran periódicos es algo conocido y no privativo de España, la crisis es universal y acusada incluso en países como Estados Unidos. Lo malo es que aquí parece más profunda. Es paradójico que nuestro país tenga mediocres índices de lectura,  muy  pobres los de consumo de prensa y, sin embargo, sea campeón en la piratería de todo tipo, películas, discos, libros etc…Inimaginable hace años.

La Iglesia católica tampoco está en alza. Su peso en la sociedad ha bajado considerablemente en una generación, sus directrices tienen menos influencia y la práctica religiosa también se zambulló. El porcentaje de matrimonios religiosos experimenta un abrupto descenso desde el inicio de la transición y  la asistencia a la misa dominical sufre asimismo una enorme merma. Hay pueblos de España en que en los clareados bancos de los domingos en el templo es problemático encontrar un par de asistentes que estén entre los doce y los cuarenta años. Algo también impensable antaño.

Francia pasó claramente de moda en momentos en,  que,  sin embargo, las relaciones son muy buenas y no hay nubes gordas en el horizonte entre los dos países. Los franceses siguen viniendo afortunadamente en masa en la vacaciones pero la impronta de su cultura se desvanece entre los españoles. Poca gente, muy poca gente estudia o habla el francés(el inglés lo ha mandado a  las tinieblas), la prensa francesa no se vende casi ni en la comunidad diplomática, la literatura gala, con su reconocida calidad, no vende aquí y sus actores o cantantes son desconocidos. En nuestra época conocíamos a Belmondo, Delon, Fernandel, la explosiva Brigitte B. Ahora, pocos pueden mencionar un astro francés. Algo poco imaginable hace tiempo.

Entramos en la fiesta nacional. El cambio es igualmente palmario. Los dirigentes catalanes le han dado, -tenían que marcar ostentóreamente, en la tierra de Mario Cabré y que encumbró a Chamaco y  a tantos otros, que eso era un espectáculo “de los españoles”-, un rejonazo bajo. Con todo, no nos engañemos. El declive de la fiesta empezó antes y es más generalizado. También ahí las plazas muestran demasiado cemente vacío en los tendidos. Hay en España casi 600 cosos taurinos en los que el pasado año se han celebrado unas 1, 190 corridas, novilladas con picadores …El descenso de espectáculos en cuatro años ha significado un alarmante 46%. La puntilla: en las últimas fallas valencianas sólo el día en que El Soro reapareció heroicamente ante sus paisanos se puso el cartel de no hay billetes.

En este tema, como en los otros, la ausencia de los jóvenes es decisiva y llamativa. Sin su iniciación, los toros están condenados. Para luchar contra su extinción un joven universitario Sergio Saro ha creado una asociación en la Universidad Rey Juan Carlos(aulataurinaurjc.wordpress.com) destinada a fomentar la investigación y el interés de los jóvenes por el espectáculo. Como aficionado, le deseo sinceramente suerte y que corte más de un  trofeo en su defensa de la fiesta.


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