08
jul
Expansión

Devolver un préstamo resulta a menudo difícil. Con mucha frecuencia se pidió ese dinero para realizar alguna operación que puede no haber salido todo lo bien que deseábamos; o para realizar alguna compra en la confianza de que, pasado un tiempo, estaríamos en mejores condiciones para realizar el pago, lo que a menudo no sucede. Algo similar ocurre con la devolución de la deuda emitida por las administraciones públicas de muchos países. En especial si se trata de naciones con un bajo nivel de desarrollo, que tienen serios problemas para devolver lo que en su día pidieron prestado. Por ello son frecuentes las peticiones de una condonación de su deuda. El argumento parece claro. Si estas naciones devuelven lo que en su día les prestaron quienes compraron sus títulos, tendrán que reducir de forma significativa los fondos que dedican a financiar programas relacionados con la educación, la sanidad, la asistencia a las personas necesitadas o incluso al suministro de una alimentación básica a quienes más lo necesitan. La pregunta que se plantea es: ¿no es esto mucho más importante que cumplir los compromisos que en su día adquirieron los gobiernos de estos países, en algunos casos corruptos, que pudieron utilizar este dinero en su propio beneficio?

La cuestión no es novedosa, ciertamente. Las quitas de deuda son casi tan antiguas como el crédito y siguen presentándose con frecuencia como una solución parcial a problemas de exceso de endeudamiento. Por poner sólo un ejemplo, en el Club de París se ha reestructurado la deuda pública de más de ochenta países desde la constitución de este foro en 1956, con quitas parciales en muchos casos. Si nuestro razonamiento no friera más lejos y se limitara a considerar estos efectos negativos, cabría concluir que la condonación o el repudio de la deuda pública son medidas sensatas; y no sólo para los países más pobres, sino también para muchos otros. En España, por ejemplo, se han hecho propuestas de este tipo tanto para la deuda emitida por el Estado como para la emitida por las comunidades autónomas, con la misma argumentación.

Pero, si analizamos el problema con una perspectiva un poco más amplia, veremos que los efectos no buscados de estas políticas en el meU En el Club de París se ha reestructurado la deuda pública de más de 80 países. Si se hiciera borrón y cuenta nueva con la deuda de algunos países, se podría producir un “riesgo moral” El problema no es que los países o las regiones se endeuden, sino que usen mal los fondos recibidos dio y largo plazo pueden ser muy perjudiciales; y no sólo para los presta mistas, sino también para quienes han recibido los créditos.

Si se decidiera hacer borrón y cuenta nueva con la deuda de aquellos países que tienen hoy problemas para devolverla se produciría lo que en economía se denomina un problema de “riesgo moral”. Con este término se hace referencia al hecho de que una persona, una empresa o un organismo público tienden a asumir riesgos mayores si confían en que, al final, serán otros los que acaben soportando los costes de su conducta. En nuestro caso, si se premiara con una quita a determinados países -o, en España, a determinadas Comunidades Autónomas que tienen una deuda pública muy elevada- se crearía un incentivo para que todos gastaran y se endeudaran en mayor grado, sabiendo que, en algún momento, podrían traspasar a terceros una parte de su carga financiera.

Pero ante esta estrategia de los prestatarios, la reacción de los prestamistas sería, evidentemente, restringir de forma radical su financiación a los países o regiones que hubieran dejado de pagar; o prestarles dinero a unos tipos de interés muy elevados. Sería difícil, por tanto, encontrar entidades financieras dispuestas a ofrecerles créditos a un coste razonable para sus proyectos de inversión. Y poca duda cabe de que los costes de un cierre del mercado financiero internacional a un determinado país serían, en el largo plazo, muy superiores a los beneficios que éste pudiera haber obtenido del repudio o la condonación de sus préstamos.

El problema no es que los países o las regiones se endeuden, sino que hagan mal uso de los fondos recibidos. Si éstos se invirtieran de forma eficiente, contribuirían al desarrollo del país. Pero no tendrían este efecto ciertamente si se gastaran en proyectos disparatados o pasaran directamente a los bolsillos de los gobernantes. Hay mucha gente -y sobre todo muchos políticos- a los que no les gusta asumir sus propias responsabilidades y reconocer que las deudas hay que pagarlas, hayan salido bien o mal las operaciones financiadas con los préstamos solicitados en su día. Y la mejor forma de evitar comportamientos negligentes o abiertamente irresponsables es exigir que quien pague sea quien ha realizado el gasto y no otro. Guste o no al político de turno.


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