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abr

Pocos son los gobernantes que, en algún momento de su carrera política, no intentan dirigir desde el poder algún sector de la economía que, por una razón u otra, escapa a su control. Son innumerable los ejemplos que reflejan este tipo de comportamientos. Y son innumerables también los casos en los que tales políticas intervencionistas terminan en fracaso.

Podríamos pensar que, con una experiencia tan dilatada de errores, los políticos reflexionarían hoy dos veces antes de proponer nuevas regulaciones. Pero me temo que esto no es así y son numerosas las promesas electorales de las últimas semanas que inciden en las viejas equivocaciones del pasado. Es muy posible que, en un momento determinado y con una regulación concreta, haya un exceso de demanda sobre oferta en algún sector y, en consecuencia, los precios tiendan a subir. La cuestión que habría que plantear entonces es qué ha hecho mal la política económica para que las principales variables tarden en ajustarse. Pero, en vez de tratar de encontrar la causa del problema, lo que se propone a menudo es manipular los precios. Lo hemos visto en algún programa disparatado de control de rentas en el sector de arrendamientos urbanos, cuyo resultado solo podría ser dejar las cosas mucho peor de lo que están.

¿Por qué se presentan una y otra vez propuestas intervencionistas absurdas? Creo que la respuesta a esta cuestión es compleja. En unos casos, su objetivo es, evidentemente, dar influencia y dinero al gobernante. Un ejemplo claro lo tenemos en los proyectos para crear una banca pública, que otorgaría un gran poder a quien la dirigiera… ayudándole, de paso, a enriquecer a sus amigos, como vimos claramente, por desgracia, en muchas cajas de ahorros. Pero hay otros casos en los que las medidas regulatorias son, seguramente, planteadas de buena fe y reflejan simplemente la ignorancia de quienes las formulan. No quiero parecer antiguo, pero pienso que la vieja idea republicana de que lo que necesita España es más y mejor educación sigue plenamente vigente. Tal vez una propuesta de crear escuelas benéficas para enseñar economía a los podemitas (y afines) resulte un poco extraña. Pero no deberíamos dejarla caer en saco roto.


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