21
mar

Durante estas últimas semanas, hemos podido comprobar cómo tantos autodenominados “demócratas” no han dudado un ápice en posicionarse a la vanguardia del mundo occidental, para gritar a viva voz, como si de un brillante descubrimiento se tratase, que Nicolás Maduro es un dictador, y Juan Guaidó, el presidente encargado de convocar elecciones lo antes posible.

Convendremos en que Maduro no sólo ha abocado a Venezuela a la más deplorable miseria, sino que no parece tener ningún interés en abandonar el poder para ofrecer a sus ciudadanos un grato porvenir. Por otro lado, Guaidó personifica las carencias de su oponente: es un hombre justo y preocupado por el bien común de la nación.

En España —y no es de extrañar—, los líderes de dos partidos políticos —los autodenominados demócratas, mencionados anteriormente— se han abalanzado sobre el conflicto, y no han perdido tiempo en declarar su apoyo a Guaidó. No queda tan claro si este comportamiento se debe a que, espontáneamente, han comprendido que el advenimiento de la justicia no admite dilaciones, o si no se trata más que de una herramienta de precampaña para presentarse como auténticos demócratas (y eso que, cuando se posicionaron, las elecciones no habían sido anunciadas todavía). Con algo más de parsimonia se lo tomó el Gobierno de Pedro Sánchez; aunque, al final, sucumbió a las presiones de la oposición. Al cabo de unos días, el Ejecutivo se pronunció, y ofreció una prórroga de ocho días para que Maduro convocara elecciones. Si eso no ocurría, España reconocería inmediatamente a Guaidó como presidente encargado de convocarlas. Las palabras de Sánchez sonaron como un ultimátum que, efectivamente, acabó por hacerse realidad cuando expiró el plazo sin que Maduro moviera ficha.

Sin embargo, y pese a que goza de soporte internacional, incluso económico, Guaidó no tiene los medios necesarios ni, por tanto, las competencias, para llevar a cabo sus justas y generosas pretensiones. El único resultado que se ha derivado del rechazo explícito a Maduro ha sido que éste adopte una posición más agresiva ­si cabe, lo que actúa directamente contra los intereses de Guaidó, que, parece, son los mismos de Venezuela, que no de Estados Unidos. ¿De verdad alguien cree que a EEUU le importa Venezuela, más allá de los potenciales intereses económicos que vea en ella, tras castigar a los países hispanoamericanos con impuestos y barreras?

Sabiendo que Maduro es un dictador, no resultaba muy difícil prever que se opondría a todo aquello que pusiera en duda su poder. Sabiendo que aborrece a EEUU, a parte de Europa y a la política española, ¿a quién se le ocurrió que Occidente comenzara con estos reconocimientos y que transfiriera, de forma oral, como por arte de magia, todas las potestades a Guaidó? Esto es lo que ha provocado que Maduro haya prohibido la entrada de ayuda humanitaria para cubrir las necesidades básicas de la población, que las ciudades permanezcan a oscuras por el corte eléctrico, e, incluso, la posible detención de Guaidó. Llegado este punto, lo único que, desde una acción nacional, puede salvar a Venezuela de una catástrofe aún mayor es que la fuerza militar abandone a Maduro, o que el pueblo se levante en armas. Por otro lado, desde una dimensión internacional, cabe una intervención militar, pero que quebrantaría los principios y derechos internacionales.

La política de hoy dista de la reflexión profunda, y actúa a través de una inmediatez en la que fluyen las resoluciones. Tal comportamiento atenta directamente contra la justicia del hábitat, por muy justa que sea la medida adoptada. La toma de decisión ha resultado poco sosegada en este caso: se han buscado resultados inmediatos, a través de ideas espontáneas e intempestivas. Escribía R. J. Palacio en su obra Wonder que «cuando puedas elegir entre tener razón o ser amable, elige ser amable». En una situación de hambruna, injusticias y muchas muertes, es difícil optar por la segunda alternativa. Pero se ha comprobado que, buscando tener razón, por honesto que sea el propósito, la crisis no ha mejorado, sino todo lo contrario. Quizá —aunque tal vez no—, un acercamiento amable amansase la situación, y ayudara al pueblo venezolano a recuperar aquello que le ha sido arrebatado durante tanto tiempo. No se trata de negar o afirmar la verdad —porque tarde o temprano llegará—, sino de cómo llegamos a ella. No es el cuándo será libre Venezuela, sino cómo.


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