19
mar
Actualidad Económica

El populismo se ha convertido en una amenaza para la buena gobernanza en un número cada vez mayor de países de Europa. Muchos líderes pretenden combatirlo con sus mismas armas, pero la única forma de ganar en el largo plazo es a través de un mayor crecimiento, y esto se consigue con reformas que, si se hace pedagogía, no suponen un impacto electoral negativo. 

Habitualmente, el margen para adoptar medidas responsables es amplio porque el desarrollo del populismo exige un desarrollo en el medio-largo plazo. En España, la crisis estalló en 2008, pero el fenómeno de la demagogia política no cogió fuerza hasta 2014, con Podemos. Además, cuando los estados muestran una base económica más sólida, el populismo tarda más en surgir y, normalmente, se necesita alguna otra circunstancia coyuntural que lo avive, caso de la crisis de refugiados en Alemania y en Centroeuropa.

Los datos avalan que un crecimiento económico estable y sostenido durante años puede frenar estos movimientos de carácter emocional, que encuentran su caldo de cultivo en el descontento y la precariedad. Si se relaciona el crecimiento medio del PIB per cápita de los países europeos en los últimos 25 años con el porcentaje de voto a los partidos populistas en las últimas elecciones legislativas, se constata que en aquellos lugares donde la riqueza nacional ha aumentado más, el apoyo a las formaciones que hacen de la demagogia su bandera es mucho más limitado que en aquellos otros en los que el PIB se ha estancado.

A menor dinamismo, mayor demagogia
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Casos paradigmáticos son los de Grecia e Italia, que cuentan con las tasas de crecimiento del PIB más reducidas (0,36% y 0,64% respectivamente) y donde el respaldo a los partidos o coaliciones populistas asciende a más del 50% en términos de voto. En España, este porcentaje, aunque también importante, desciende hasta el 21,8%, y es que el incremento del PIB ha sido mayor (1,46%). Eso sí, lejos del espectacular despegue de Irlanda (4,57% de crecimiento en 25 años), y donde el sufragio al populismo apenas sobrepasa el 4%, una de las tasas más bajas de Europa.

Por otro lado, una fuerte estructura institucional puede rebajar la capacidad de actuación de este fenó- meno político y, progresivamente, irlo integrando en el sistema. Esto ha sucedido con Syriza en Grecia, gracias a las instituciones europeas, y también en otros países del norte de Europa.

No obstante, conviene recordar que el crecimiento económico como solución no tiene un efecto inmediato. Para que el populismo se pueda revertir, es preciso que la prosperidad se vaya filtrando a las distintas capas sociales. Por eso, entre otras razones, en España se ha empezado a frenar su auge en las encuestas cuatro años después de que comenzara la recuperación, mientras que Italia no ha sido capaz de contrarrestar su expansión. En conclusión, La demagogia se derrumba sola cuando los políticos consiguen que la economía se mantenga eficiente en el largo plazo. 


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