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may
El Mundo

En la última legislatura, Navarra ha sido la avanzadilla de la política española. Si la sentencia de la Manada ha condicionado el debate en torno al consentimiento sexual (con la previsible reforma del código penal), los sucesos de Alsasua evidenciaron que pese a la derrota de ETA la violencia aún pervive latente en los sectores más radicales del nacionalismo. Por otro lado, el Gobierno de Navarra, presidido por Geroa Bai, ha demostrado la creciente influencia del PNV, que decidió la caída de Rajoy y el ascenso de Pedro Sánchez, pero también la ambigüedad respecto a los pactos de los socialistas con el nacionalismo. Las encuestas que se han publicado hasta la fecha vaticinan que el cuatripartito (así se bautizó a los partidos que apoyaron la investidura de Uxue Barkos) no sumaría esta vez los 26 escaños que lograron en 2015 y que desbancaron de la Presidencia a UPN, que ni siquiera en coalición con PP y Ciudadanos lograría apoyos suficientes para gobernar en solitario.

Los nacionalistas y Navarra Suma necesitarían entonces el apoyo de María Chivite, representante de los socialistas navarros, que pasaría de los siete escaños que logró en 2015 a ser la segunda fuerza política en Navarra, incluso –eso rezan las encuestas más optimistas– por encima de Geroa Bai. Y de momento a esa posibilidad se aferra Chivite para evitar pronunciarse sobre un futuro pacto con el nacionalismo: «En su momento dijimos que estábamos dispuestos a hablar con UPN, pero cuando ha decidido pactar con PP y Ciudadanos y presentarse con ellos en las forales ha tomado una decisión respecto a nuestro marco de acuerdos», responde evidenciando que no pactará con la coalición que lidera Javier Esparza.

FRENAR EL NACIONALISMO

Julio Pomes, presidente del think tank Civismo, suele advertir que si no hay un cambio en el Gobierno foral, Navarra seguirá pronto la senda de Cataluña. Basta recordar que Uxue Barkos, presidenta gracias al apoyo de EH Bildu, Podemos y la marca navarra de Izquierda Unida no dudó en convocar un pleno por el derecho a decidir a los pocos meses de su llegada al poder. Una cuestión que a muchos les puede parecer simbólica pero que en Navarra es sumamente grave pues la Constitución española a través de la disposición transitoria cuarta establece un procedimiento para la incorporación de la comunidad foral al País Vasco.

Y esa no ha sido la única iniciativa de corte nacionalista. Otro ejemplo es la Ley de Contratos, aprobada en 2018, que obliga a las empresas que quieran trabajar con las administraciones públicas de la comunidad a tener un Plan de Euskera de Formación a los Trabajadores. Incluso, en la zona en la que el castellano es la única lengua oficial. Los temores de los constitucionalistas respecto a Navarra no son infundados. En algunos municipios de la zona vascófona nadie espera sorpresas en las próximas elecciones municipales. Y no se debe a que el dominio nacionalista sea desoladoramente apabullante (que en efecto lo es) sino porque las únicas candidaturas que se presentan están adscritas a EHBildu: Aoiz, Goizueta, Imatz, Sumbilla, Araiz, Urdiain, Lacuntza, Echauri… tendrán un alcalde abertzale sin oposición alguna.

Echarri-Aranaz (2.500 habitantes) podría ser uno de estos pueblos en los que no existe alternativa al nacionalismo radical. Sin embargo, casi como un milagro, el Partido Popular de Navarra mantiene concejales desde 2011. Entonces, Juan Antonio Extremera logró el 8,6% de los sufragios de esta pequeña localidad. Cuatro años después, este pamplonés logró el doble de apoyos si bien se vio obligado a hacer una campaña casi clandestina. «A veces, incluso llamando por teléfono a aquellas personas que pensaba que me podían votar», recuerda. Lo normal, considerando que los radicales quemaron los carteles con los que empapeló el pueblo. «Aunque, cuando los pegué por segunda vez no se atrevieron a hacer nada y los dejaron».

PLENOS DUROS

En estas elecciones serán Manuel Leal Villadangos y Merche San Pedro los que encabecen las listas de Navarra Suma a la Alcaldía de la localidad. Por supuesto ninguno de los dos candidatos es echarriara. Residen en la zona no vascófona (en la que el castellano es la única lengua oficial), a casi una hora del pueblo en el que se presentan. Allí tienen su familia, su trabajo. Leal, por ejemplo, es perito agrícola y funcionario. Por su parte, San Pedro ha sido concejal en Tudela durante las tres últimas legislaturas.

Para ellos es una obligación moral abandonar la comodidad que la Ribera brinda al constitucionalismo para presentarse en una plaza tan hostil como Echarri-Aranaz. «Es que aquí nadie quiere estar en las listas. Somos la única oposición a Bildu», dicen mientras la lluvia cae mansa sobre sus hombros. No es cuestión de dinero (apenas cobran 650 euros anuales). O de ambición. «Se trata de defender los derechos de todos los vecinos que no pueden expresar lo que sienten. Es la libertad frente al nacionalismo. La presión social sigue siendo irrespirable en estos pueblos», se lamentan.

Esa tensión se nota en cada esquina de Echarri-Aranaz, en las paredes con pintadas a favor de los presos, en los carteles… «A los que no son de su cuerda les hacen el vacío. Les boicotean sus negocios. Es otra forma de aislarles», cuentan Leal y San Pedro. En el breve paseo, nadie se acerca a saludar a los candidatos. No hay palmaditas en la espalda ni gestos de apoyo. Tan solo miradas heladas.

Extremera se toma un café en el único bar del pueblo en el que puede hacerlo tranquilo. Pese a que en esta ocasión no se presenta, habla con una extraña nostalgia. O más bien: frustración. «Recuerdo que en el primer recuento en 2011 me miraban mal. Incluso hubo uno que me metió un golpetazo en las costillas cuando salieron los resultados». Posteriormente, relata, se fue ganando la confianza de esos vecinos que no se atreven a alzar la voz. Por eso, no dudó en continuar en una segunda legislatura pese a las miradas de odio, los insultos…

Los plenos en Echarri-Aranaz pueden llegar a ser terriblemente complicados para un concejal constitucionalista. En primer lugar se celebran en euskera, por lo que Extremera se veía obligado a acudir con un traductor para que le explicara lo que se decía. También presenció como se aprobaban resoluciones a favor de los presos de ETA o para homenajear a los familiares de los asesinos. Incluso hace unos días, el ayuntamiento organizó un viaje para visitar en la prisión de Teixeiro (La Coruña) a Luis
Mariñelarena, condenado a cien años de cárcel por el asesinato del ex parlamentario del PSE Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez.

Por eso, sorprende lo que Julio Pomes califica del dilema Chivite, que en realidad es el dilema socialista, que de cumplirse los vaticinios de las encuestas tendría en su mano no solo la gobernabilidad sino también el futuro de Navarra: «Es indudable que los resultados del 28 de abril van a influir en una convocatoria en la que el efecto recuerdo va a estar presente. Esta cercanía en el tiempo provoca que los partidos que han sido vencedores preferirán ocultar sus intenciones de pactos postelectorales tras las autonómicas y municipales, para no perder los votos de quienes discrepasen. Sin embargo, ante el riesgo de otros cuatro años más de un cuatripartito nacionalista, los electores debemos exigir a los partidos constitucionalistas que nos digan si pactarán o no con el nacionalismo, sea el de Bildu o el Geroa Bai. Que nadie se engañe. Ambas formaciones desean lo mismo: la integración de Navarra en el País Vasco, razón por la que hay que verlas como un único bloque».

En este sentido habría que asumir que los silencios de Chivite ratificarán las declaraciones de Santos Cerdán, secretario de Coordinación Territorial del PSOE y, según apuntan algunos, una de las piezas fundamentales en las negociaciones de Sánchez con el PNV. «Este dirigente ha manifestado que Geroa Bai es un partido de progreso, afirmación que considera factible un pacto de esta formación con el PSN, en el que María Chivite, si tuviera más votos que Uxue Barkos, sería presidenta», sentencia Pomes.

MOTIVOS ÉTICOS

De momento, las declaraciones de Chivite parecen dar la razón al presidente de Civismo, aunque es verdad que la política socialista ha afirmado que no entrará en ningún Gobierno con EH Bildu por motivos éticos. Navarra, suele decir la candidata socialista, es una sociedad plural que no responde a esas políticas de bloques. «Navarra no es nacionalista, por lo que si Geroa Bai está dispuesta a olvidar sus reivindicaciones más identitarias o nacionalistas, que las hemos visto esta legislatura, y se centra en cuestiones más progresistas y de izquierdas, estamos dispuestos a hablar», dice.

Esparza, por su parte, no deja de pedir a Chivite que especifique con quién pactará tras las elecciones del domingo. «Hay que decir las cosas claras. Hay dos opciones: Navarra va a tener una presidenta nacionalista o un presidente regionalista. Un gobierno nacionalista o un gobierno en torno a Navarra Suma». En Echarri-Aranaz ayer recibieron a los candidatos constitucionalistas con estiércol. En Navarra no solo está en futuro el Gobierno sino la dignidad.


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