18
mar
Actualidad Económica

Es lugar común lamentar las diferencias entre los salarios percibidos por los hombres y las mujeres y considerar que habría que adoptar medidas (coactivas, si fuera preciso) para lograr su total equiparación. El argumento utilizado es bastante simple: si un hombre y una mujer, que tienen empleos similares, obtienen ingresos diferentes, la razón tiene que ser que las mujeres son víctimas de la discriminación, y esta podría eliminarse con
medidas legales que forzaran a las empresas a igualar los salarios.

Tal argumento es, sin embargo, erróneo. Al margen de que sea difícil en muchos casos determinar qué son empleos “similares”, el principal problema es que las diferencias salariales no tienen por qué ser consecuencia de la discriminación. Es decir, si no hubiera discriminación alguna, los salarios no tendrían por qué ser iguales. Hay otras razones que justifican las diferencias.

Los economistas calculan la discriminación como un residuo. Supongamos que, en promedio, los salarios de los hombres son un 20% superiores a los de las mujeres. Puede haber diversos factores que expliquen, al menos parcialmente, estas diferencias: duración de la jornada laboral, formación en el puesto de trabajo, experiencia, ausencias y permisos etcétera. Y estas circunstancias muestran, en buena medida, por qué unos salarios son más elevados que otros. Supongamos que son capaces de justificar, por ejemplo, la mitad de la diferencia. En tal caso, el residuo (ese 10% que no somos
capaces de explicar) nos determinará la discriminación.

Naturalmente no resulta fácil establecer cuál es la dimensión exacta de este residuo, y los especialistas no se ponen de acuerdo en el asunto, ofreciendo con frecuencia cifras poco homogéneas. Pero esto ocurre en muchos otros ámbitos de la economía laboral. Sabemos que el factor principal a la hora de fijar un salario es la productividad del trabajador. Pero la aplicación de esta idea a situaciones concretas es siempre compleja, en especial en las estimaciones a corto plazo.

Llamar discriminación a cualquier diferencia salarial puede resultar útil desde el punto de vista de la propaganda política. Pero en ningún caso deberíamos caer en un error tan burdo. Y más importante aún, ningún gobernante debería tratar de regular el mercado de trabajo a partir de un argumento tan tosco.


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